-¡Mami, vamos al Gusanito! -exclama Trixie con emoción, jalando a Maritza del brazo mientras señala el juego con un entusiasmo contagioso.
Maritza y yo intercambiamos una mirada y sonreímos al verla brincar de un lado a otro, impaciente por subirse. Su energía es inagotable, y su alegría tan pura que resulta imposible no dejarse llevar por ella.
-Nosotros no podemos subirnos a ese, es solo para niños -le explica Maritza con dulzura, inclinándose un poco para quedar a su altura.
Pero Trixie frunce los labios y entrecierra los ojos, claramente no satisfecha con esa respuesta. Mira el juego, luego nos mira a nosotros y de repente su expresión cambia: ha tenido una idea.
-Pueden esperarme abajo, ¿porfis? -dice, inclinando la cabeza y parpadeando con sus enormes ojitos brillantes, como si fuera un cachorrito pidiendo un premio.
Maritza suspira con dramatismo, llevándose una mano a la frente como si estuviera a punto de tomar la decisión más difícil de su vida.
-¿Cómo decirte que no? -se queja, fingiendo rendirse.
-¡SÍÍÍ! -grita Trixie emocionada, dando pequeños saltitos antes de correr hacia la fila del juego.
Nosotros la seguimos y esperamos a que tome su lugar. Aún con la barra de seguridad bajada, sigue moviendo los pies con impaciencia, mirando a su alrededor con emoción mientras el operador del juego revisa todo.
Cuando finalmente arranca, su risa resuena en el aire, ligera y contagiosa. Sus manitas se aferran a la barra y sus ojos brillan con pura felicidad. Maritza y yo nos quedamos observándola, compartiendo una sonrisa.
-Tiene más energía que tú cuando tomas café -comento en tono divertido.
-Y más que tú cuando intentas impresionarme -responde Maritza con una ceja alzada, haciéndome reír.
En la segunda vuelta del juego, Trixie levanta ambas manos y nos saluda con energía.
-¡MAMI, PAPI! -grita con entusiasmo.
Maritza se queda completamente helada, y luego, como si su cerebro tardara en procesarlo, sus mejillas se tornan de un rojo intenso. Yo, en cambio, suelto una carcajada amplia, disfrutando el momento sin siquiera cuestionarlo.
"Ahora tengo una hija", pienso sin darle más vueltas, y la idea se instala en mi pecho con una calidez inesperada.
Cuando el juego termina, Trixie baja corriendo, pero al llegar a nosotros se detiene de golpe. Su carita, antes radiante, ahora está algo sonrojada y su mirada baja al suelo. Parece avergonzada.
-Lo siento... No debí llamarte así... -dice con voz baja, balanceándose sobre la punta de sus zapatos.
Me agacho hasta quedar a su altura y le sonrío con ternura, levantándole el rostro con delicadeza.
-A mí no me molesta, linda. Pero mejor pregúntale a ella si puedes decirme así.
Le doy un beso en la mejilla y ella parpadea sorprendida antes de girarse hacia Maritza con la esperanza reflejada en cada palabra.
-Mami, ¿puedo? -pregunta ansiosa, mordiendo ligeramente su labio inferior.
Maritza la observa en silencio por un momento, como si quisiera prolongar la expectativa. Finalmente, su expresión se suaviza y asiente con una sonrisa tierna.
-Claro.
Apenas escucha esa confirmación, Trixie deja escapar un grito de felicidad y se lanza a mis brazos sin dudarlo.
-¡SÍ, TENGO PAPI NUEVO! -anuncia con entusiasmo mientras me abraza con fuerza.
La atrapo en el aire, envolviéndola en mis brazos y girando ligeramente con ella en un gesto juguetón. Su risa cristalina llena el aire y, por un momento, siento que el mundo entero se reduce a este instante.
Cuando miro a Maritza, veo que está roja hasta las orejas, y eso solo me hace sonreír más.
-Vamos por algodón de azúcar mejor -dice de repente, dándose la vuelta apresurada y caminando hacia el puesto de dulces, claramente buscando distraerse de la situación.
-Parece que alguien se puso nerviosa -comento divertido mientras la sigo, con Trixie aún en mis brazos.
-¡No es cierto! -protesta sin girarse, pero su voz traiciona su incomodidad.
Trixie y yo nos miramos y reímos juntos.
Caminamos entre los puestos de comida y luces brillantes, disfrutando del ambiente festivo del parque. Las risas de los niños, el aroma dulce del algodón de azúcar y la música de fondo crean una atmósfera perfecta.
Cuando llegamos al puesto de dulces, Maritza se inclina ligeramente para hablar con el vendedor.
-Uno de fresa para mí, por favor.
-¿Y ustedes? -pregunta el vendedor con una sonrisa.
-Yo quiero el de colores -dice Trixie con emoción.
-El mismo para mí -añado.
Cuando nos entregan los algodones de azúcar, Maritza se apresura a darle un gran mordisco al suyo, como si con eso pudiera ocultar su sonrojo.
-Te ves adorable cuando intentas disimular -susurro en su oído, y ella me da un codazo suave en las costillas.
Trixie, sin darse cuenta de nuestra pequeña interacción, sigue disfrutando de su algodón de azúcar, con parte del dulce ya pegado en su nariz y mejillas.
-Creo que alguien necesita una servilleta -comento con una sonrisa.
Maritza niega con la cabeza, pero sonríe con ternura mientras toma una servilleta y limpia suavemente la carita de Trixie.
Nos quedamos allí un rato, comiendo nuestro algodón de azúcar y disfrutando del momento, como si el tiempo se hubiera detenido. Por primera vez en mucho tiempo, todo se siente... perfecto.
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Editado: 15.07.2026