Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

18 - Maritza

-¡Me encantó! -le digo a Eros, con una sonrisa amplia, aún sin poder creer lo increíble que fue la velada. Mi corazón sigue latiendo rápido, pero esta vez no es por los nervios, sino por la felicidad de haber vivido ese momento a su lado.

Eros sonríe, y con esa expresión traviesa que siempre lleva en el rostro, me pregunta:

-¿Quieres hacer algo más simple ahora?

Asiento sin pensarlo dos veces. La noche ha sido mágica, llena de momentos inolvidables, pero ahora solo quiero algo más íntimo, sin grandes expectativas ni preparativos. Solo quiero estar con él, en la tranquilidad de su casa, disfrutando de su compañía sin interrupciones.

Me toma de la mano con suavidad, entrelazando sus dedos con los míos, y juntos caminamos hacia la entrada de la mansión. Esta vez, entramos por la puerta principal. La luz cálida que emana del interior ilumina el camino con una tonalidad acogedora, envolviéndonos en una sensación de paz y familiaridad.

No hay nada ostentoso, solo un ambiente tranquilo que invita a relajarse, a dejar atrás la agitación de la velada y a entregarse al simple placer de compartir el momento.

Atravesamos el vestíbulo y nos adentramos en el pasillo que conduce a la parte posterior de la casa, donde se encuentra su cuarto. La decoración es elegante pero sin excesos; algunos cuadros adornan las paredes, y los tonos neutros de la iluminación crean un efecto relajante. Es un espacio que se siente vivo, habitado, pero también perfectamente organizado.

Cuando llegamos a su habitación, me detengo por un momento para admirar su disposición. Es aún más grande de lo que imaginaba, dividida en dos áreas bien definidas.

En la parte baja, una mini sala de estar perfectamente organizada se extiende ante nosotros. Tres sofás de color gris claro contrastan con las paredes cremosas, creando una armonía visual reconfortante. En el centro, una mesa de cristal parece flotar sobre la alfombra beige, reflejando la tenue luz que emanan las lámparas de pie. La televisión, una pantalla de 55 pulgadas, cuelga de una pared de cristal que separa la sala del área más privada. Todo en este lugar invita al descanso, a olvidarse del mundo exterior y simplemente disfrutar del momento.

Para llegar a la parte superior, donde está la cama, hay unas pequeñas escaleras que subimos con tranquilidad. A medida que ascendemos, la sensación de privacidad se vuelve más evidente, como si estuviéramos entrando en un refugio exclusivo solo para nosotros.

La cama, amplia y mullida, está cubierta con cobertores en tonos crema y negro, que combinan con la estética general del cuarto. La suavidad de los tejidos y la disposición de los muebles crean un ambiente que transmite calma y seguridad.

Eros me observa en silencio mientras yo recorro la habitación con la mirada, maravillada por la calidez que transmite.

-¿Qué haremos? -pregunto, con una mezcla de curiosidad y expectación, mientras me siento en uno de los sofás cercanos a la cama.

Me quito los tacones lentamente, disfrutando de la liberación que eso me provoca. Mis pies, cansados después de la velada, agradecen el descanso. Dejo los zapatos a un lado sin prestarles demasiada atención, permitiéndome disfrutar del momento sin preocupaciones.

Eros, por su parte, se deja caer en el sofá frente a la televisión y me muestra el control remoto con una sonrisa cómplice.

-Veamos películas -dice, con esa voz tranquila pero llena de esa energía que siempre lo caracteriza.

Sonrío y asiento con entusiasmo. No necesito nada más en este momento. La idea de acurrucarme a su lado, viendo una película sin prisa, me parece perfecta.

Me acomodo junto a él en el sofá, permitiéndome relajarme completamente. La pantalla de la televisión empieza a iluminar la habitación con su resplandor suave, pero la verdadera luz la siento en sus ojos, que me observan con una mezcla de ternura y complicidad.

Nos acomodamos lentamente. Mis piernas descansan sobre las suyas, y Eros me envuelve con un brazo, atrayéndome hacia él con naturalidad. El calor de su cuerpo contra el mío me reconforta, haciéndome sentir protegida.

Eros cambia de canal una vez, dos veces, hasta que finalmente encontramos una película que nos atrae a ambos. No importa realmente cuál sea, lo que importa es la sensación de calma, de bienestar, de estar en el lugar correcto, en el momento correcto.

El tiempo parece perder sentido mientras la película avanza. A ratos, nos reímos de alguna escena absurda, en otros momentos nos quedamos en silencio, simplemente disfrutando de la cercanía del otro. Hay algo increíblemente especial en la simplicidad de este instante.

Me giro ligeramente, apoyando la cabeza en su hombro, y siento su respiración acompasada. Su mano dibuja pequeños círculos en mi brazo, un gesto inconsciente pero lleno de ternura.

-Esto es perfecto -susurro, cerrando los ojos por un instante.

Eros no responde de inmediato. En su lugar, aprieta un poco más su abrazo, dejándome claro que siente lo mismo.

Permanecemos así, inmersos en nuestra propia burbuja de tranquilidad, hasta que la película termina. Pero incluso cuando la pantalla se queda en negro y los créditos comienzan a rodar, ninguno de los dos se mueve.

No queremos que el momento acabe.

Porque en noches como esta, donde no hay grandes discursos ni promesas exageradas, sino simplemente dos personas disfrutando la compañía del otro, es donde se construyen los recuerdos más valiosos.

Y este, sin duda, es uno de ellos.




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