No encontré una buena nana para mi bebé, así que hoy Moisés será quien la cuide mientras estoy en la universidad. No me gusta dejarla con cualquiera, pero confío en Moisés; ha estado con nosotros desde hace años y sé que la tratará con el cariño y la paciencia que merece. Aun así, siento un pequeño vacío en el pecho al salir de casa sin ella.
Llego a la universidad con Eros, quien conduce con una mano en el volante y la otra descansando en mi muslo. A pesar del nudo en mi pecho por dejar a Trixie, su presencia me tranquiliza.
Hoy llevo puesta una camisa blanca metida dentro de una falda roja que llega a la mitad de mis muslos. Para completar el look, llevo una chaqueta negra de cuero que me da esa seguridad extra que necesito para enfrentar el día. Mi cabello está recogido en una coleta alta, dejando algunos mechones sueltos que enmarcan mi rostro. Sobre mi cabeza descansan unas gafas de sol, más como un accesorio que por necesidad.
Apenas bajamos del coche y entramos a la universidad, siento las miradas clavadas en nosotros. No me sorprende, pero sigue siendo molesto. Algunas miradas están llenas de envidia, otras de asombro, y unas cuantas con evidente desprecio. Pero, como siempre, decido ignorarlas. Eros hace lo mismo.
Él me abraza por los hombros con su típico aire despreocupado mientras avanzamos por los pasillos hasta llegar a mi casillero. Saco un libro y, justo cuando cierro la puerta del casillero, Eros me besa. Es un beso posesivo, uno que parece querer dejar claro que soy suya. Cierro los ojos, disfrutándolo, hasta que el sonido de aplausos rompe el momento.
Frunzo el ceño y miro en dirección al ruido. Allí, apoyado contra la pared con su sonrisa burlona, está Henry Cooper. A su lado está Amy y su séquito de lamebotas, como siempre disfrutando de hacer espectáculos innecesarios.
-Me sorprendes, Eros Snif -dice Henry con un tono irónico, haciendo una exagerada reverencia-. Dudé de ti...
Aprieto la mandíbula. Algo en su tono no me gusta.
-¿De qué hablas, Cooper? -pregunto con frialdad.
-¿No lo sabes? -finge sorpresa, como si estuviera a punto de revelar el chisme del siglo-. Eros Snif, todo un casanova, cumplió la apuesta...
El aire se me atora en la garganta.
-Hoy acaba el mes para conquistarte y míralo, cumplidito... Felicidades... -continúa Henry, su sonrisa se ensancha con malicia-. Lamento haber dudado de ti, Snif.
Mi mente se queda en blanco. Siento que el suelo se abre bajo mis pies. Mis oídos zumban y mi corazón late con fuerza, pero no de amor... sino de traición.
Lentamente, mis ojos buscan a Eros, esperando que lo niegue, que diga que es una broma estúpida, que me asegure que Henry está mintiendo. Pero Eros solo se queda en silencio. Su mirada está perdida, su postura tensa.
Mi pecho se contrae dolorosamente.
-¿E... Eros? -mi voz sale más débil de lo que me gustaría.
Él parpadea rápidamente y parece entrar en pánico.
-Yo puedo explicarlo -dice apresurado.
Una risa amarga escapa de mis labios.
-Entonces es cierto... -murmuro, mirando el suelo, sintiendo cómo algo dentro de mí se quiebra por completo.
Mis dedos se cierran en puños, y alzo la mirada hacia Cooper con una expresión de absoluta frialdad.
-Con más razón, Cooper... Incluso te mereces un Óscar por buen actor.
Él solo se encoge de hombros, disfrutando de la escena.
-Dios... Y yo de estúpida me lo creí todo... -mi voz se quiebra al final de la frase.
Siento un ardor en los ojos. No quiero llorar aquí, no quiero darles el gusto de verme débil. Bajo mis gafas de sol para cubrir mis ojos enrojecidos.
-Maritza, yo... -intenta hablar Eros, pero lo interrumpo levantando una mano.
-No sigas, Snif -digo con una calma peligrosa, una que solo disfraza el torbellino de emociones que tengo dentro-. Lograste lo que querías... ganaste la apuesta.
Él da un paso hacia mí, pero yo retrocedo.
-Bueno, creo que ya puedes dejar tu papelito de niño enamorado... -suspiro con pesadez, sacando mi teléfono del bolso y dejando todo lo demás dentro.
Cierro el casillero de golpe.
-No te acerques de nuevo a mí, Snif.
Intento pasar de largo, pero entonces su voz me detiene.
-Pero... ¿y Trixie?
Mi corazón se estruja de dolor, pero no me volteo. Me quedo de espaldas a él y respiro hondo antes de responder.
-Aléjate de mi hija... No quiero que te acerques nunca más a ella ni a mí, Snif.
Empiezo a caminar sin mirar atrás.
-Ay, pobre ilusa -la voz de Amy me hace detenerme en seco.
Apreto los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavan en la palma de mi mano.
-Lástima que fueras solo una estúpida apuesta que hizo el mismo día que te dio tu porquería de audífonos -ríe con malicia.
Oh... cierto.
Me giro de inmediato, esquivando a Eros con facilidad, y sin pensarlo dos veces, mi puño conecta con el rostro de Amy.
El golpe resuena en el pasillo. Amy se tambalea y se lleva la mano a la mejilla, con los ojos abiertos como platos.
-Con todo el caos de la empresa, lo había olvidado... Pero gracias por recordármelo, zorra -digo con una sonrisa de falsa amabilidad-. Hoy mismo tendrás a mi abogado en tu casa.
Amy rompe en llanto y se aferra a Henry, quien me mira con furia, pero no dice nada.
Yo finjo revisar mi teléfono.
-Bueno... -suelto con indiferencia-. Personas importantes solicitan mi presencia. Me voy.
Sin darles otra mirada, me alejo de ahí con la cabeza en alto, aunque por dentro, mi mundo se está derrumbando.
-¡MARITZA, ESPERA! ¡DÉJAME EXPLICARTE, POR FAVOR!- La voz de Eros me alcanzó, pero yo no me detuve.
Las lágrimas se acumulaban en mis ojos, amenazando con caer, pero me las tragué con todas mis fuerzas. No le daría el placer de verme romperme frente a él, no después de lo que acababa de descubrir. Sentí su presencia acercarse, su desesperación palpable en el aire, pero yo ya no quería escucharlo.
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Editado: 15.07.2026