Caminé rápido, casi corriendo, sin importar la mirada de los demás. Sentía la presión en el pecho, el peso de la humillación, la sensación de que algo dentro de mí se había roto de una manera irreparable.
El auto de Nick se detuvo de golpe frente a la universidad. Un convertible celeste, sin capote y demasiado lujoso para ser discreto. Pero no me importó.
Apenas lo vi, apuré el paso, corriendo como si mi vida dependiera de ello.
-A la casa- ordené entre sollozos ahogados, mientras subía al auto y Nick pisaba el acelerador.
A lo lejos, escuché los gritos de Eros llamándome.
-¡MARITZA, ESPERA!
Pero no volteé. No esta vez.
Subí mis gafas de sol a mi cabeza y, sin mirar atrás, marqué el número de Douglas.
-¿Dígame?- respondió al segundo tono.
-¿Ya tienes los papeles de Trixie?- pregunté, mi voz aún temblorosa.
-Sí, señorita- dijo con cautela, notando mi estado de ánimo.
Inspiré hondo, tratando de recomponerme.
-Perfecto. Prepara el jet. Nos iremos a Nueva York esta misma tarde.
Douglas dudó un momento, pero finalmente respondió:
-Como desee, señorita.
Colgué y dejé caer el teléfono sobre mi regazo.
El camino a casa fue un desastre. Lloré demasiado. Me odiaba por ser tan ingenua, por haber caído en una trampa tan vil, por haber creído en Eros. Me odiaba por haberle dado la llave de mi corazón y haberle permitido destrozarlo sin piedad.
Al llegar, subí corriendo las escaleras y me encerré en mi cuarto, ahogando los sollozos en una almohada. No quería que Trixie me viera así. No quería que mi bebé fuera testigo de mi debilidad.
Tocaron la puerta.
-¿Mami, estás bien?
Su vocecita dulce me partió el alma.
Respiré hondo y me sequé las lágrimas. No podía dejar que ella me viera así. Abrí la puerta con la mejor sonrisa que pude fingir.
-Claro, bebé- le dije, acariciando su cabello.
-Adivina qué- agregué, tratando de sonar emocionada.
-¿Qué?- preguntó ella con ojos brillantes.
-Nos vamos a Nueva York.
Trixie saltó emocionada.
-¡SÍII!
Me abrazó fuerte antes de salir corriendo.
-Ve con la sirvienta a empacar, ¿sí?- le pedí, besando su mejilla.
Ella asintió con entusiasmo y se alejó, dejándome sola con mis pensamientos.
Cuando bajé, llamé a Moisés.
-Si viene Snif, tiene la entrada totalmente prohibida. No quiero que se acerque a mi hija- dije con frialdad.
-Entendido, señorita- asintió sin dudar.
No podía dejar rastros de Eros en mi vida. Subí al cuarto que le había dado y, sin pensarlo dos veces, comencé a tirar todas sus cosas por la ventana. La ropa, las sábanas, las toallas, sus perfumes, sus malditas pertenencias... Todo.
-¡ALGUIEN PRÉNDALE FUEGO A ESA BASURA, AHORA MISMO!- grité desde la ventana, sin importarme nada más.
Uno de los guardias obedeció, arrojando combustible sobre las cosas amontonadas en el suelo antes de encender un cerillo.
El fuego rugió con fuerza, consumiendo todo lo que quedaba de él en mi vida.
-¡NO QUIERO RASTRO ALGUNO DE QUE EROS SNIF ESTUVO EN ESTE CUARTO! ¡LO QUIERO TODO NUEVO!- ordené con un nudo en la garganta, mientras las lágrimas volvían a caer sin control.
Cuando ya no quedaba nada más que tirar, me dejé caer al suelo, abrazando mis rodillas.
Algo dentro de mí estaba roto.
Algo ardía más que esa fogata en el jardín.
Me sentía vacía.
Me sentía usada.
Me sentía un maldito juguete.
Me sentía estúpida.
Cerré los ojos con fuerza, secando mis lágrimas con rabia.
-No mereces ninguna de mis lágrimas, Eros Snif- susurré con la voz hecha pedazos-. Ya no. Ni una más.
Me levanté con la determinación de alguien que ha perdido demasiado, pero que se niega a caer.
El señor William Ferrer crió a una guerrera.
Y las guerreras no se dejan vencer por una simple tormenta.
Abrí el clóset y metí en la maleta lo primero que encontré. No me importaba qué ropa llevaba, solo quería salir de ahí.
Solo necesitaba a Trixie.
Salí de la casa con mi maleta en la mano.
Afuera, mi hija miraba la fogata con curiosidad.
Me acerqué y tomé su manita.
-Vamos, mi amor. Es hora de irnos.
Ella me sonrió, sin saber que yo acababa de dejar atrás todo lo que alguna vez creí que era amor.
-¿Mami, está todo bien? -La vocecita de Trixie me sacó del trance en el que estaba sumida.
Parpadeé varias veces, obligándome a aterrizar en el presente. Me agaché hasta quedar a su altura y acaricié su cabello con ternura, buscando refugio en su inocencia.
-Lo estará, bebé -respondí, aunque la opresión en mi pecho decía lo contrario.
Le besé la frente y aspiré su aroma a vainilla y jabón, como si ese simple gesto pudiera coser los pedazos rotos dentro de mí.
-Solo iremos a Nueva York por un tiempo...
Trixie ladeó la cabeza con curiosidad, sus grandes ojos reflejaban un brillo de incertidumbre.
-¿Volveremos?
Sentí que el aire se atascaba en mi garganta. Mi niña no merecía dudas ni miedos. Con todas mis fuerzas, esbocé una sonrisa firme y asentí.
-Lo prometo.
Ella sonrió, dándome una confianza que ni yo misma tenía en ese momento. La tomé de la manita y la subí a la limosina con cuidado. Mis piernas temblaban, pero me obligué a mantenerme firme. No podía quebrarme, no frente a ella.
Mientras los trabajadores terminaban de cargar las maletas en la parte trasera del coche, mis ojos se posaron en las llamas que devoraban las cosas de Eros. El fuego crepitaba con furia, convirtiendo en cenizas cada rastro de él en mi vida. Pero, ¿por qué yo aún me sentía en ruinas?
Mi corazón latía de forma irregular. Era una mezcla de rabia, dolor y una humillación que me devoraba por dentro. Él lo había arruinado todo. Me había hecho creer en algo hermoso, en algo real... y luego lo había destrozado sin el menor remordimiento.
Los golpes en la reja interrumpieron mis pensamientos.
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amor secretos poder dolor, familia apuesta resilencia, luego de un tiempo triologia
Editado: 15.07.2026