-¡MARITZA, ESPERA! ¡DÉJAME EXPLICARTE! -grité con desesperación, sintiendo que el mundo se me venía abajo.
Ella se detuvo, pero no para escucharme. Me miró con esos ojos llenos de rabia, de dolor, de algo que me destrozó el alma. Decepción.
-No te molestes, Snif. -Su voz tembló, quebrada, y cada palabra que pronunció fue como un cuchillo clavándose en mi pecho-. Presume, anda. Presume que te acostaste con la maldita dueña de G.A. Es más, deberías hacer un trofeo con eso, ¿no crees?
Su tono estaba cargado de sarcasmo, pero sus lágrimas la traicionaban. Se apresuró a secarlas con la manga de su suéter, como si no quisiera que yo las viera, como si no quisiera que supiera cuánto le dolía todo esto.
Yo lo sabía.
Sabía cuánto le dolía porque a mí me estaba desgarrando por dentro.
-Maritza... -intenté dar un paso hacia ella, pero retrocedió al instante.
No me dejó hablar. No me dio la oportunidad de explicarle que lo que empezó como una estúpida apuesta dejó de serlo hace mucho. Que me enamoré de ella sin darme cuenta, sin remedio, sin salvación. Que en algún punto, sin saber cuándo ni cómo, se convirtió en mi todo.
Maritza y Trixie eran mi hogar, y yo lo había destruido.
Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas y, por un momento, vi en ellos todo lo que pudo haber sido, todo lo que soñamos juntos, todo lo que ahora se desmoronaba frente a nosotros.
-Solo... no te acerques a mí ni a Trixie. -Su voz se quebró en la última palabra, y eso fue lo que me mató-. Adiós, Snif.
Se giró y se alejó de mí, casi corriendo.
La vi irse y sentí que me arrancaban el corazón con las manos desnudas.
El aire se me hizo pesado, los latidos de mi corazón golpeaban contra mi pecho como si quisieran desgarrarlo. ¿Qué he hecho?
-¡ERES UN IMBÉCIL! -grité con furia, girándome hacia Henry, que solo bajó la mirada mientras abrazaba a Amy. Ella lloraba, pero yo no podía sentir ni un poco de compasión por ellos.
Ellos sabían.
Ellos lo sabían todo y nunca me dijeron nada.
Mi respiración se agitó y mi cabeza daba vueltas. No podía quedarme ahí. No podía perderla así.
Corrí fuera de la universidad, mis pasos pesados, mi cuerpo temblando por la desesperación. Solo necesitaba alcanzarla, detenerla, hacerla entender que la amo y que no puedo vivir sin ella.
Pero justo cuando llegué a la calle, la vi subirse a un auto celeste.
-¡MARITZA! ¡MARITZA, ESPERA! -grité, sin importarme la gente que me rodeaba, sin importarme nada más que ella.
Mis piernas se movieron solas, impulsadas por el miedo, pero el auto arrancó.
La vi alejarse, la vi perderse entre las calles. La vi irse de mi vida.
Mi cuerpo se sintió pesado, mi garganta ardía y mi corazón... mi corazón estaba hecho pedazos.
Me quedé ahí, de pie, paralizado por la angustia, el remordimiento, el dolor. El vacío.
Porque en ese instante supe que lo había perdido todo.
Sin pensarlo, sin dudarlo, corrí al estacionamiento. Mis manos temblaban al buscar las llaves de mi auto. No me iba a rendir.
No podía perderla.
No podía dejar que me dejara.
(...)
Pisaba el acelerador con una desesperación ciega, esquivando autos sin importarme las bocinas furiosas ni las luces rojas que dejaba atrás. Tenía que llegar a su casa.
La imagen de Maritza alejándose aún me atormentaba. Sus lágrimas, su voz rota, su mirada llena de dolor.
Me ardía el pecho. ¿Cómo pude ser tan idiota?
Cuando finalmente llegué, detuve el auto de golpe, dejándolo mal estacionado frente a la gran reja de la mansión. Bajé de un salto, ignorando el latido frenético en mis sienes.
-¡MARITZA! ¡ÁBREME, POR FAVOR! -grité con toda la fuerza que tenía.
Mi voz rebotó en el silencio de la noche, pero no hubo respuesta.
Fue entonces cuando vi la gran fogata frente a la mansión.
Mi ropa, mis cosas, mis recuerdos con ella... todo ardiendo en llamas.
El fuego crepitaba con fuerza, consumiéndolo todo, como si intentara borrar cualquier rastro de que alguna vez existí en su vida.
¿Tanto daño te hice?
Las palabras escaparon de mis labios en un susurro quebrado, dirigidas a la nada, a las cenizas, a la única prueba tangible de que todo lo que tuvimos estaba muerto.
Me giré con desesperación hacia Nick, que estaba en la puerta, con la mirada algo triste, pero firme.
-Por favor, déjame hablar con ella. Díganle que estoy aquí. -Mi voz ya no tenía rabia, solo súplica.
Nick bajó la mirada.
-Lo siento, señor Snif. La señorita Ferrer dijo que tiene prohibido el acceso a la mansión.
Mi estómago se revolvió.
¿Tan lejos me estaba dejando?
-Pero... -añadió Nick tras una pausa- le diré que está aquí.
Y se alejó hacia el interior de la mansión.
Esperé.
Segundos. Minutos. Toda una eternidad.
Llamé a Maritza una, dos, cinco veces. Buzón.
Volví a golpear la reja, volví a gritar su nombre, pero solo el eco me respondió.
Y entonces, la limosina apareció.
El portón se abrió y la limosina salió lentamente de la mansión. Y ahí estaba ella.
Maritza iba en el asiento trasero. Seria. Distante. Al otro lado, Trixie estaba concentrada en su tableta, ajena al infierno en el que me estaba hundiendo.
Mi corazón golpeó contra mi pecho con fuerza.
Me lancé hacia el auto, casi tropezando, gritando su nombre con la garganta desgarrada.
-¡MARITZA! ¡MARITZA, POR FAVOR!
Nuestros ojos se cruzaron por un breve instante.
Y en ese momento supe que no había vuelta atrás.
Ella no gritó. No lloró. No titubeó.
Simplemente subió la ventanilla con una frialdad aterradora.
La limosina se alejó.
Y con ella, mi última oportunidad.
Un nudo denso y caliente se formó en mi garganta. No podía respirar.
La perdí.
Las palabras apenas salieron de mis labios, ahogadas en el peso insoportable de la realidad.
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Editado: 15.07.2026