La adrenalina me impulsaba, sin importar las consecuencias. Dejé el auto frente al aeropuerto, sin preocuparme siquiera por las multas o el posible remolque. Lo único que importaba era llegar a ella, pedirle perdón, rogarle por una oportunidad para explicarme.
Corrí hacia la zona de vuelos privados, mis pies pisando el suelo con urgencia, como si el tiempo se estuviera agotando. Mi vida se sentía vacía sin ella, sin su amor, sin Trixie.
La vi. Ahí estaba, Maritza.
Estaba de pie junto a un hombre, conversando. Sus ojos, tan fríos como hielo, no me miraron ni un segundo. Ella le dijo algo al hombre, y él, al igual que los guardias, me ignoró, como si ni siquiera estuviera allí.
- ¡Maritza!
Grité su nombre con toda la fuerza que tenía, el corazón retumbando en mi pecho. Ella me miró un segundo, tan lejana, tan distante, y luego, sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se subió al jet privado.
- ¡No, Maritza!.
Las palabras se me quedaron atoradas en la garganta, pero la desesperación las empujó fuera. Vi cómo la puerta del jet se cerraba y, con ella, toda la esperanza que había tenido.
Mis piernas cedieron y caí al suelo, sin fuerzas, mientras las lágrimas caían como torrentes. ¿Qué había hecho?
Este dolor, esta sensación de no poder hacer nada... todo era mi culpa. Nunca debí haber aceptado esa estúpida apuesta.
Vi cómo el jet comenzaba a despegar, cada segundo era un puñal más en mi pecho. Estaba perdiéndola.
¿Cómo pude ser tan ciego?
Todo lo que había hecho, todo lo que había dicho, había conducido a esto. A perderla.
Me desplomé en el suelo, mi rostro cubierto por el dolor de haber fallado de la peor manera posible. Los guardias finalmente me soltaron, pero ya no me importaba. Solo podía llorar, llorar por todo lo que había perdido.
Maritza, Trixie...
Mi vida ya no tenía sentido sin ellas.
(...)
Las horas se arrastraron lentamente mientras mi cuerpo y mi alma seguían consumidos por el dolor. Cada lágrima que caía parecía vaciarme un poco más, dejándome como una cáscara rota, un ser incapaz de encontrar consuelo. Había perdido a Maritza, había perdido a Trixie, y todo por una estúpida apuesta. El peso de mi error me aplastaba, y me sentía como si no hubiera nada en este mundo que pudiera arreglar lo que había destruido.
Mi cabeza pulsaba de tanto llorar, mis ojos estaban hinchados, rojos y doloridos, pero seguía adelante, como un zombie arrastrando los pies hacia el vacío. Lo peor de todo es que comprendía perfectamente lo que había hecho. Sabía que Maritza nunca me perdonaría, que las palabras de esos malditos que me rodeaban se clavaron en su corazón y ya no había vuelta atrás. Ni siquiera yo me escucharía.
¿Cómo podía explicarle? Ya no importaba. Ya lo había perdido todo.
El auto rugió mientras lo encendía, pero mi mente estaba vacía, perdida en un mar de confusión y desesperación. No sabía adónde iba, solo conducía porque no quería estar más en mi casa, ni en mis pensamientos, ni en mi propia piel.
Al final, el destino me llevó hasta el bar, y sin pensarlo dos veces, entré como un espectro. El cantinero me miró de reojo, pero no dijo nada. Sabía lo que venía, lo sabía porque ya lo había visto tantas veces en hombres rotos como yo.
-¿Mal de amores? -preguntó, su voz baja y apagada, como si ya estuviera acostumbrado a esta clase de tragedias.
-¿Hay alguno para eso? -respondí, mi tono cargado de amargura. La copa se vació en un suspiro, y no me importó lo que estaba haciendo. No había nada que me importara ya.
El cantinero rellenó la copa sin decir más. Miró mi rostro y entendió lo que necesitaba, o al menos lo que pensaba que necesitaba. No importaba si era una solución, lo único que buscaba era apagar este dolor, aunque fuera por unos minutos.
-Solo para olvidar por momentos -dijo, y eso fue todo. La copa volvió a vaciarse.
¿Olvidar? ¿Realmente se puede olvidar algo así? Tomé el tequila de un solo trago, la quemazón del licor me hizo sentir algo, aunque no podía decir que fuera alivio. Se fue al estante y volvió con una botella distinta. Más fuerte. Más caro. Más doloroso.
-Tequila añejado, el más fuerte que hay, y por ende, el más caro -dijo, y me entregó la botella con la misma indiferencia con la que trataba a los demás.
Saqué mi tarjeta y la pasé con un gesto automático. No me importaba lo que costara. Nada me importaba. Solo quería sentir que podía desaparecer, que el vacío se tragara todo lo que sentía.
-Págate la botella y dámela -dije, mi voz vacía de emoción, y el cantinero asintió sin decir nada más. Mientras me servía, mis pensamientos seguían atormentándome, pero ahora, al menos, podía ahogar ese dolor.
La botella se vació rápidamente. El alcohol me estaba invadiendo, pero seguía tomando, porque si no lo hacía, me rompía por completo. El dolor de la pérdida de Maritza, el sentir que la había dejado ir por mi propia culpa, me estaba matando lentamente.
Me levanté del taburete y salí del bar tambaleándome, la noche oscura envolviéndome como una manta fría. La botella en mis manos era mi único consuelo, mi único escape. La abrí de nuevo y me la tomé directamente, sin pensar, como un intento desesperado de olvidar lo que ya no podía cambiar.
Mi auto estaba allí, esperándome, estacionado en medio de la nada, como un reflejo de mi vida. Me subí al capó del coche, sintiendo que todo se me escapaba de las manos. El frío de la noche no me alcanzaba. Solo podía ver las estrellas mientras lloraba, y todo lo que podía pensar era que las había perdido.
Las perdí.
Esa frase se repetía una y otra vez en mi mente, como un mantra que no podía detener. Maritza, Trixie... las perdí.
Las lágrimas no se detenían. La botella vacía estaba junto a mí, pero eso no aliviaba el dolor. Estaba tan mareado que me sentí como si el mundo entero se estuviera desmoronando a mi alrededor, y yo, yo solo podía quedarme allí, mirando al cielo, repitiendo una y otra vez que las había perdido.
#3918 en Novela romántica
#210 en Joven Adulto
amor secretos poder dolor, familia apuesta resilencia, luego de un tiempo triologia
Editado: 15.07.2026