Bajé del jet con el corazón pesado, el dolor tan profundo que casi no podía respirar. Mi bebé, Trixie, seguía dormida en mis brazos, ajena a todo el caos que había dejado atrás, a la mentira, a la traición. La cargué con cuidado, cada movimiento era un recordatorio de lo que había perdido y de lo que había tenido que abandonar. La vida que había soñado con Eros, la familia que habíamos imaginado... todo se desmoronó como un castillo de naipes.
Subí a la limusina sin mirar atrás, mis pasos vacíos, como si el peso del mundo estuviera sobre mis hombros. Colocando a Trixie en mi regazo, traté de calmarme, pero no podía. ¿Cómo podía él hacerme esto? ¿Cómo podía haberme mentido de esa manera? Lo que sentía no era solo tristeza, era una traición desgarradora. Mi alma se sentía vacía, rota, como si ya no pudiera volver a juntar las piezas. Sentí como si hubiera sido usada, como si nunca hubiera significado nada para él más que un juego, una apuesta. Me sentía estúpida, completamente ingenua al haber creído en él, al haber permitido que mi corazón se entregara tan completamente.
La limusina arrancó, y mientras el vehículo avanzaba por las calles, me recosté contra la ventana, sintiendo el frío vidrio contra mi piel. ¿Por qué no lo vi antes? ¿Por qué no supe escuchar las señales, los susurros de duda que siempre estuvieron ahí, pero que me negué a aceptar? Las lágrimas amenazaban con escapar, pero me negué a dejar que salieran. No merecía llorar por él, no después de lo que había hecho.
Mi mente no dejaba de repetirse que todo había sido una mentira, cada palabra que me dijo, cada promesa rota. Me sentía como si hubiera sido un títere, una marioneta manipulada por sus palabras dulces y sus gestos de amor. Pero no era amor. No podía serlo si me había dejado caer en esa estúpida apuesta, si había puesto todo lo que tenía en riesgo por algo tan insignificante. Él no me amaba, me repetía a mí misma, aunque no podía evitar preguntarme si alguna vez lo había hecho.
Mantuve la vista fija en el paisaje que pasaba frente a la ventana, tratando de calmar mi respiración entrecortada, pero el dolor no se iba. Me sentía como una tonta por haber creído en él, por haberme entregado por completo. Las piezas de mi corazón, ahora destrozadas, no sabían cómo volver a unirse. Todo lo que habíamos compartido se deshizo como si nunca hubiera existido. Y lo peor de todo, lo que más me destrozaba, era que sentía que ya no podía confiar en nadie más. Me había entregado tanto a él, y ahora me encontraba completamente sola, con una hija en mis brazos, un futuro incierto y un corazón devastado.
Al llegar a la casa, me quedé allí, mirando el lugar vacío que debía ser mi refugio, pero que ahora solo me recordaba lo que había perdido. Sin saber si alguna vez podría sanar de todo esto, me quedé allí, con Trixie dormida, preguntándome si alguna vez lograría volver a confiar en alguien.
(...)
Finalmente llegamos a la mansión. Trixie ya había despertado y, con los ojitos brillando de curiosidad, me miró.
-¿Ya llegamos, mami? -preguntó, con la dulzura que solo los niños pueden tener.
Asentí con una sonrisa triste, intentando esconder el vacío que me consumía por dentro. Caminamos por el sendero hacia la casa. El camino estaba rodeado por una reja sostenida por muros de azulejos color crema, con una caseta de guardia en una esquina del muro. Las farolas de luz blanca iluminaban suavemente el sendero, mientras los árboles grandes bordeaban el camino, dándole un aire de tranquilidad que no alcanzaba a calmar mi tormenta interna.
Avanzamos unos minutos más hasta llegar a otra reja, más pequeña, con un guardia en una caseta. Él la abrió sin decir palabra, y seguimos adelante. Al final del sendero, el auto se detuvo frente a la mansión. La casa era de dos pisos, de un color crema delicado, con torres en las esquinas que le daban un aire de castillo. Las ventanas, con detalles lujosos, dejaban entrever un interior impresionante, y aunque algunas luces estaban apagadas, las de afuera brillaban, iluminando el jardín. Las rosas y las plantas adornaban el terreno, el césped perfectamente cuidado reflejaba la luz de las farolas como si fuera artificial, mientras un pequeño lago cuadrado, con una discreta fuente en el centro, completaba el paisaje.
Bajamos del auto, y antes de que pudiera decir algo, Trixie exclamó mientras saltaba emocionada.
-Es linda, mami -dijo con una sonrisa, pero su tono cambió al instante-. Pero... ¿Y papi? -me preguntó, mirándome con sus ojos llenos de inocencia.
Un nudo se formó en mi estómago. Mis ojos se inundaron de lágrimas. No sabía cómo explicarle que la persona que ella tanto amaba no era quien decía ser, que todo lo que había creído era una mentira. Mi corazón, ya roto, se apretó aún más.
-Eros... -murmuré, sin saber cómo seguir, sin saber cómo decirle lo que necesitaba saber-. Mi niña, no creo que debas saber eso... -me agaché a su altura y besé su frente, intentando ocultar mi dolor.
-¿Él te lastimó? -preguntó, tomando mi cara con sus pequeñas manos, con una preocupación genuina que me desgarró aún más. Las lágrimas rodaron por mis mejillas, y ella, con la dulzura que solo los niños tienen, las limpió. Yo asentí, sin poder decir nada más.
-Pero ese no es un tema que te afecte, mi bebé... -musité con voz quebrada.
Ella, como siempre, me sonrió y me besó la mejilla.
-Bien, mami, puedes dormir conmigo -dijo, con su pureza y amor incondicional.
-Vamos a ver las habitaciones -respondí, tragando el nudo que me impedía hablar con claridad. La tomé de la mano y entramos en la casa. Al pasar por el umbral, me sorprendió la belleza y el lujo de la decoración. Las paredes color crema hacían un contraste perfecto con las luces blancas que iluminaban cada rincón. La escalera, similar a la de nuestra casa anterior, subía elegantemente, mientras el pasillo del segundo piso estaba delimitado por una pared de cristal que ofrecía una vista parcial a las habitaciones. El suelo de azulejos cremosos estaba impecable, y los sofás de diseño hacían juego con el ambiente sofisticado. En el centro, una mesa con un jarrón blanco y flores blancas del jardín completaba la escena.
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Editado: 15.07.2026