Han pasado ya dos meses desde que nació Aria, y durante este tiempo he tenido que enfrentarme a varias amenazas. Algunas ya me parecen una rutina, pero esta vez es diferente. Los malditos de la mafia italiana no dejan de insistir. Insisten en que les devuelva a Trixie, y no es la primera vez que lo hacen.
Esta semana, ya he recibido cuatro amenazas y apenas estamos en lunes. Los malditos no paran, y la verdad, no entiendo cómo demonios supieron que estaba en Nueva York. Aunque, sinceramente, me da igual. No voy a dejar que se lleven a mi hija. No me importa cuánto me busquen, no permitiré que me arrebaten lo que tanto me costó conseguir.
—Señora —me llamó una voz familiar, y la puerta del despacho se abrió. Era Douglas.
—Dime —respondí, sin apartar la vista de la pantalla de mi computadora. Desde que nació Aria, pedí que me llamaran así. No soy una mujer casada, pero soy madre de dos hermosas princesas, y eso es lo que importa.
Douglas me extendió una pequeña caja azul. Parecía un paquete insignificante, pero mi instinto me decía que no lo era.
—¿De quién es esto? —pregunté mientras tomaba la caja de sus manos.
—Un niño vino a entregarla. Dijo que era para la señora de la casa. No sé quién es, ni cómo se enteró de dónde estamos. Solo dijo que le pagaron diez dólares por traerla.
Abrí la caja con cautela, casi esperando lo peor. Y, al ver lo que había dentro, mi sangre se heló. Un casquillo de bala dorado y una foto mía disparándole al maldito italiano. La foto era de esa vez que fui a por los equipos. Había algo muy personal en la imagen, y me hizo pensar en lo lejos que hemos llegado, en lo que he tenido que hacer para proteger a mi familia.
Tomé la foto y vi lo que había escrito en la parte trasera:
"Dámela o esto se hará viral... Esto será solo el inicio de la caída del imperio Ferrer. No te conviene hacerlo, querida."
Mi respiración se hizo más pesada mientras sostenía la foto. Miré a Douglas, mi mente trabajando a mil por hora.
—Refuerza la seguridad de la mansión, Douglas. No quiero que nadie se acerque a mis hijas. Ni tú, ni Nick —le dije con voz grave, levantándome del asiento con firmeza. Mi mirada era tan fría que sentí como si pudiera cortar el aire. —Vamos a acabar con estos hijos de puta de una vez por todas.
Douglas parecía dudoso, pero asintió.
—S-señora... —dijo, temblando ligeramente, pero sabiendo que no tenía opción.
—No dejaré que toquen a alguna de mis hijas. —Aseguré el arma dorada que había sacado de mi escritorio, poniéndole un cartucho nuevo y revisando su seguridad. —Haz lo que te he pedido. Protege a mi familia, Douglas. Yo me encargaré del resto.
Salí del despacho con determinación, y me dirigí rápidamente hacia el cuarto donde estaban Trixie, Aria y Luisa. Esta última se había convertido en la niñera fija de mis dos hijas, y estaba ahí para ayudarnos con todo lo que necesitábamos. Al llegar a la puerta, sentí la familiaridad de la casa, pero también una sensación de peligro que no me abandonaba. Guardé el arma en la faja de mi pantalón y entré al cuarto, donde el ambiente era completamente diferente al de afuera.
Trixie y Aria estaban jugando, la pequeña Aria se reía felizmente en los brazos de Luisa. Trixie, por su parte, tenía una sonrisa que me iluminaba el día. Solo verlas juntas me daba fuerzas.
—Mami —me llamó Trixie cuando me vio entrar, y no pude evitar sonreír. Esa niña siempre me tiene el corazón derretido.
—Hola, princesa —respondí, acercándome a ella para besarle la mejilla. Era tan dulce ver cómo me buscaba, cómo necesitaba mi cariño. Luego me acerqué a Luisa, quien me entregó a Aria, que me miraba con sus grandes ojos azules, tan tranquilos como siempre. Le acaricié la carita.
—Hola, princesita —le dije en voz baja, y ella soltó una risa contagiosa. Miré a Luisa con seriedad. —Habla con Douglas. Él te explicará todo. Luego decides si te quedas o te vas. —Mi voz fue firme, pero también con un toque de preocupación. Luisa me miró, sorprendida, pero asintió y salió del cuarto, dejándome a solas con mis hijas.
Trixie me miró con una expresión preocupada.
—¿Pasa algo, mami? —me preguntó, su tono de voz suave pero lleno de inquietud.
Al escucharla, supe que era el momento de hablar. Estaba lista para preguntarle lo que tanto había estado evitando. Dejé a Aria en su cuna, y esta me miró con sus ojos penetrantes, como si ya supiera lo que venía. Toqué la punta de su nariz con suavidad y, como siempre, me regaló una pequeña sonrisa. Su risa era el bálsamo que necesitaba para calmarme un poco.
Aria estaba acostada en su cuna, con su cabello corto y oscuro, tan negro como la noche. Sus ojos eran dos perlas azules que parecían tener la capacidad de ver el alma. Era increíble cómo se veía como un mini clon de su padre, pero con mi toque, esa mezcla perfecta. Su piel, ligeramente bronceada, era un reflejo de la vida que había crecido en su pequeño ser.
Me acerqué a Trixie y, tomándola de las manos, me puse de cuclillas frente a ella, de forma que quedáramos a la misma altura.
—Amor, sabes que siempre puedes decirme todo, ¿verdad? —le dije, mirándola fijamente a los ojos, buscando que sus palabras salieran con la misma confianza con la que siempre se había acercado a mí. Ella asintió lentamente, como si ya supiera lo que iba a preguntar. Mi corazón latía con fuerza, pero no podía detenerme. —Bebe, ¿qué hacías con los de la mafia italiana esa vez? —pregunté con voz baja, pero firme. Ella bajó la mirada, parecía pensar en cómo responder.
—El que casi me mata... —dijo en voz baja, su labio temblando de forma imperceptible. —Era mi papá... la mano derecha del jefe... —sus ojos se llenaron de lágrimas, y mi pecho se apretó al escucharla. —El jefe me hacía cosas feas... —comenzó a llorar, y yo la abracé con fuerza, como si todo mi ser quisiera protegerla de todo el daño que había sufrido.
—No quiero ir con ellos de nuevo, mami. Estoy bien aquí contigo... —sus palabras, llenas de miedo y sufrimiento, me partieron el alma. Se aferró a mí como si no pudiera vivir sin mi abrazo, y yo la apreté aún más fuerte. Mi mente se inundó de pensamientos oscuros sobre todo lo que le había tocado vivir. Nadie, absolutamente nadie, debería pasar por eso.
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Editado: 15.07.2026