Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

45 - Maritza

Llegué a la casa con el peso de la noche aún sobre mis hombros. Los ecos del tiroteo, las voces de los hombres gritando, el crujir de los cuerpos cayendo al suelo, seguían retumbando en mi mente. Cada golpe de adrenalina que había sentido en el campo de batalla ahora se estaba desvaneciendo, y con ello, la fatiga y la inquietud se instalaban en mis huesos. Pero lo que más me quemaba era el pensamiento de ellas, de mis hijas. Necesitaba verlas, necesitaba saber que estaban a salvo. Sin embargo, no podía permitir que me vieran así, cubierta de sangre, de restos de hombres muertos, de esa violencia que estaba constantemente a mi alrededor. No podía. No era una imagen que ellas debieran tener de mí.

El auto frenó bruscamente frente a la mansión, y me bajé sin decir palabra alguna. Los guardias, que habían estado a mi lado durante todo el enfrentamiento, rápidamente se dispersaron para asegurar la propiedad, pero yo tenía una única misión en mente: desaparecer esta pesadilla de mi piel antes de verlas. Antes de que pudieran ver lo que había dejado atrás.

Caminé con pasos rápidos hacia la puerta de la mansión, mi respiración agitada, aún atrapada en el retumbar de la batalla. Cada paso que daba hacia adentro era como un pequeño acto de resistencia a mi propia vulnerabilidad. No podía dejar que nada me detuviera. Ni el cansancio, ni el olor a sangre, ni la sensación de que había dejado atrás parte de mi humanidad en ese campo de guerra.

Entré a la casa sin detenerme, el eco de mis tacones resonando en el suelo de mármol mientras avanzaba por el pasillo hacia mi cuarto. El aire estaba denso, pero no había tiempo para pensar en eso. El único pensamiento en mi mente era llegar al baño. Solo un segundo, solo un momento para despejarme, para ser la madre que ellas necesitan y no la mujer rota que acaba de salir de un infierno.

Entré al cuarto, y rápidamente me deshice de la ropa manchada de sangre, que ahora parecía una capa extraña e insoportable sobre mi cuerpo. Cada prenda que caía al suelo era como si estuviera liberándome de una parte de lo que había sucedido. Me miré en el espejo por un segundo. Mi rostro estaba pálido, las huellas de la lucha aún marcadas en mi piel, y en mis ojos… algo profundo, algo que no quería reconocer, pero que estaba ahí. El cansancio de una vida llena de combates, de traiciones, de enemigos, de sobrevivencia.

Pero no podía pensar en eso ahora. No podía quedarme ahí más tiempo. Ellas me esperaban.

Me dirigí al baño con urgencia. El agua caliente caía sobre mi cuerpo, arrastrando la sangre, los rastros de los hombres que había matado, el peso de todo lo que había tenido que hacer. Mi piel ardía, pero no me importaba. Necesitaba sentir el calor. Necesitaba que esa agua me quitara todo lo que había sido esa noche, todo lo que había tenido que cargar. Quería desaparecer la imagen de los muertos, el sonido de las balas, las voces pidiendo venganza. Quería borrar la violencia de mis poros, aunque sabía que eso nunca sería posible.

Me froté el cuerpo con fuerza, como si pudiera arrancarme toda esa oscuridad que se me pegaba. Cada movimiento me recordaba que el tiempo pasaba, y que tenía que ir con ellas, con mis niñas, antes de que cualquier rastro de esta pesadilla se quedara en mi mente. Pero lo que más me preocupaba era que, aunque limpiara mi cuerpo, nada me aseguraba que podría borrar lo que había visto, lo que había hecho. Eso no se iría tan fácilmente.

Salí del baño después de unos largos minutos, ya mucho más tranquila, aunque no completamente en paz. Aún sentía el peso de la batalla en mi interior, pero al menos podía ver mi rostro limpio. Al menos podía ser la madre que ellas necesitaban.

Me vestí con ropa cómoda, algo sencillo pero que me hacía sentir que, por un momento, podía dejar la guerra atrás. Una camiseta de manga larga, pantalones oscuros y botas negras. Nada que me delatara como la mujer que había matado esa noche. Tomé un respiro profundo, tratando de calmar mi corazón, que aún latía con fuerza. No podía dejar que me viera débil. No con ellas.

Salí del cuarto y comencé a caminar hacia donde sabía que estaban. El sonido de sus voces me llegó antes de que pudiera verlas. Aria, con su risa suave y cálida, Trixie, con ese llanto que no dejaba de hacer eco en mi cabeza desde que la escuché a través del mensaje de Douglas.

No sabía si mi presencia iba a tranquilizarlas o aterrarlas, pero lo único que quería era abrazarlas, asegurarme de que estaban bien, de que todo lo que había hecho había valido la pena para mantenerlas a salvo.

Con el corazón todavía acelerado, hacia el de Trixie. Al abrir la puerta, la escena que encontré me desgarró un poco más por dentro. Luisa estaba meciendo de un lado a otro a Aria, quien no dejaba de llorar desconsolada, mientras Trixie estaba en el suelo, en una crisis de sollozos que me quebraron el alma. Mi pequeña parecía no poder calmarse, y el dolor que reflejaba en su rostro me hacía sentir impotente.

—Por favor… —suplicó la vocecita de mi pequeña rubia.

Terminé de entrar al cuarto, tratando de ocultar mi ansiedad, y en un susurro, pronuncié su nombre.

—Lucía.

Lucía, con los ojos llenos de preocupación, me miró de inmediato, aliviada de verme ahí.

—Señora, gracias a Dios, no han dejado de llorar —dijo, su voz quebrada por el estrés y la tensión acumulada—. No sé qué más hacer…

El corazón me dio un vuelco al ver a mis hijas en ese estado. No podía soportarlo. Vi a Trixie de reojo, y cuando ella me vio, corrió hacia mí, sus pequeñas manos aferrándose a mis piernas con fuerza, como si fuera lo único que podía ofrecerle estabilidad.

—¡Mami! —gritó con una mezcla de alivio y miedo, sus palabras acompañadas de un fuerte sollozo—. Qué bueno que estés bien… —dijo, entre hipos. No pude evitar agacharme, y mis labios encontraron la coronilla de su cabeza, depositando un beso lleno de cariño y calma.

—Calma, bebé —dije, tratando de darle paz con mi voz suave. Me levanté y la tomé en mis brazos, dejando que su llanto se fuera apagando poco a poco. Luego tomé a Aria, quien aún seguía en brazos de Luisa, y la mecí con delicadeza en mis brazos. Sentí que debía ser fuerte por ellas, aunque por dentro me sentía quebrada.




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