Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

46 - Maritza

Me había quedado dormida junto a las niñas, pero al despertar, el peso de lo que había ocurrido en los últimos días me golpeó de nuevo. Sabía que no podía quedarme tranquila hasta asegurarme de que Trixie estuviera bien, que no hubiera sufrido daños que pudieran afectarla a largo plazo. No podía dejar que las huellas de lo que pasó la marcaran para siempre.

Me levanté rápidamente, aún con la mente fija en mi objetivo. Tenía que actuar, y hacerlo pronto. Decidí que llevaría a Trixie a que la revisaran, no solo para un examen físico, sino también para asegurarnos de que no hubiese ningún daño emocional o psicológico que pudiera afectar su vida futura. Además, Moisés y Nick me habían sugerido que la llevara a un psicólogo para ayudarla a sanar, para asegurarse de que lo que fuera que pasó no dejara cicatrices invisibles.

Me dirigí al vestidor, decidiendo qué ponerme. Opté por algo cómodo, pero a la vez elegante. Un jeans celeste que me quedaba perfectamente, una camisa blanca escotada y ombliguera que dejaba ver mi figura con sutileza, un suéter holgado color mamón que caía sobre mis glúteos, con tacones altos color café que añadían un toque de sofisticación. En mi muñeca derecha llevaba un reloj de plata, pequeño y discreto, que me encantaba. Además, me tomé el tiempo de elegir un pequeño bolso café a juego con los tacones. Algo simple, pero lo suficientemente adecuado para la ocasión. No quería preocuparme por nada más que por estar allí para Trixie.

Al salir de mi cuarto, me dirigí rápidamente hacia el cuarto de Trixie. Lucia estaba allí, ayudando a peinar a mi pequeña, mientras Aria estaba en su cuna, con el peluche que Trixie le había dado. Trixie llevaba una camisa blanca de mangas largas con un delicado detalle rosa en el cuello, una falda rosada que le llegaba a la mitad del muslo y que tenía dos tiras sobre sus hombros, junto con unos zapatos rosados y calcetines hasta debajo de la rodilla del mismo color. A pesar de su pequeña apariencia, su mirada estaba cargada de dudas, de miedos, y eso me desgarraba por dentro.

—Mami —dijo con una voz pequeña, mirándome mientras entraba al cuarto. Me acerqué a ella y, al ponerme de cuclillas frente a ella, decidí ser honesta. No quería que estuviera más confundida de lo que ya estaba, pero también sabía que debía darle una explicación adecuada para que no tuviera miedo.

—Amor, sabes que quiero lo mejor para ti, y todo lo que hago es por tu bien, ¿verdad? —le dije con ternura, mirándola a los ojos con dulzura para asegurarme de que pudiera leer mi sinceridad. Ella frunció el ceño, dudando por un momento, pero luego asintió. Eso me tranquilizó un poco.

—Lo sé, mami. ¿Algo malo pasa? —preguntó, con una ligera incertidumbre en su voz.

Me tomé un momento antes de responder. No quería asustarla, pero sabía que necesitaba entender la situación.

—Necesito llevarte a que te revisen, para asegurarnos de que lo que te hacían no te haya dañado —dije, tratando de mantenerme calmada, aunque por dentro sentía que mi corazón se rompía al ver su expresión confundida.

Ella negó con la cabeza repetidamente, como si no quisiera aceptar la realidad, como si no pudiera entender por completo por qué todo esto era necesario. Me acerqué más a ella, la abracé con fuerza, apretándola contra mi pecho mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos.

—No dejaré que te dañen de nuevo, y tampoco me separaré de ti en ningún momento, amor —susurré, dándole un beso en la cabeza. Podía sentir cómo el miedo se apoderaba de su cuerpo mientras comenzaba a llorar suavemente en mi hombro.

—Nadie te dañará de nuevo mientras viva… solo quiero que estés bien. ¿Podemos ir? —le pregunté, acariciando su cabeza, mi voz temblando un poco, pero tratando de darle la tranquilidad que tanto necesitaba.

Ella asintió, temerosa, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Se acurrucó más en mi abrazo y, al fin, me dio la respuesta que necesitaba. La cargué con cuidado, sintiendo el peso de su pequeño cuerpo en mis brazos, y la llevé fuera de la habitación.

Al salir del cuarto, vi a Lucia jugando con Aria en el living. Ella sonrió al verme y asintió, entendiendo lo que iba a hacer.

—Ya regresamos. Moisés se quedará con ustedes, mientras Nick me acompañará a mí —le dije a Lucia, con una sonrisa triste. Ella me respondió con una afirmación.

—Claro, señora —respondió Lucia con una sonrisa amable, y supe que Aria estaría bien en sus manos.

Le di un beso en la frente a mi pequeña y, con Trixie en mis brazos, salimos al exterior. Nos subimos al auto que Nick tenía listo, esperando llevar a mi niña a ese lugar donde todo lo que había sucedido, todo lo que había cambiado, podría empezar a sanarse. Necesitaba que Trixie estuviera bien, tanto física como emocionalmente. Y no iba a descansar hasta que lo estuviera.




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