Me acerqué a él, y su mirada me dijo todo lo que necesitaba saber: estaba aterrorizado.
— Po..por f..avo.r— dijo en murmuras— n..no m..as ma..t..e.me— siguió, sonreí ladinamente.
—Oh no, no, no... Apenas empiezo asqueroso.
Me acerque a la mesa donde habían demasiados artefactos como cuchillos y pinzas largas, cortas, ovalados y distintas formas filosas, tome un cuchillo largo y filoso.
—N..o— lloro el, me acerque a el con el cuchillo en la mano y lo arrastre del pelo hacia una silla de madera que estaba ahi, este se quejaba y lloraba, lo senté a como pude en el lugar.
— Jamas toques a una Ferrer— dije cortando de manera profunda su mejía gorda, quite el cuchillo de ahi y lo pase por su gran panza, sangre desbordaba de sobre manera de dicho lugar— y menos a las hijas..— delinee líneas formando una palabra en su gran barriga — de Maritza Ferrer...— segui cortando mas hondas las lineas y formando la palabra "puerco", sonrei ladina— obra de arte.— dije mirando los cortes, me acerque nuevamente a la mesa y tome un cuchillo mas delgado y puntudo.
— ¿Qué tal si guardo uno de tus ojos en un frasco de agua...? — dije mirando el cuchillo, sangre llenaba el suelo y los sollozos de el eran los únicos que escuchaba— asqueroso... — dije acercándome a el, lo tome del pelo jalando con fuerza su cabeza hacia atras, estaba sudado y lleno de sangre en todos lado— pero se veria lindo un hueco en tu cara...— segui, guie la punta del cuchillo a su ojo derecho y lo acerque de manera lenta, el negaba y trataba de soltarse de mi agarre pero no podia pues estaba demasiado herido y debil, de apoco introduje la punta de este en su chibola negra de su ojo y sus gritos de dolor no tardaron en sonar, sangre salpico mi cara por su cercanía.
— Música para mis oídos tus gritos de agonía...— dije terminando de enterrar el cuchillo y vaciándole el ojo de forma inmediata, grito y grito y grito. Saque el cuchillo de su ojos trayendo el forro blanco atado a las venas del cerebro con el y sangre como cascada salia de su orificio, rei de forma macabra y el gritaba hasta que dejo de hacerlo.
Me aleje de el pues habia muerto, deje el cuchillo en la mesa.
Suspiré pesadamente, apoyando ambas manos en la superficie de la mesa de madera, que crujió levemente con el peso de mi cuerpo. Las lágrimas comenzaron a deslizarse nuevamente por mis mejillas, como si mi alma ya no pudiera retenerlas. Lloraba por él, por Eros Snif, el primer y único hombre que amé con todas mis fuerzas, el que me hizo creer en todo lo que el amor prometía, y que, al final, terminó desvaneciéndose de mi vida, dejándome con un vacío imposible de llenar.
Me dejé caer de rodillas en el suelo, llorando con todas mis fuerzas. Mis manos recorrieron mi rostro, cubriéndome con la sangre de él que aún tenía en las manos. Grité de dolor, como me había privado de hacerlo tantas veces antes, segura de que nadie me escucharía, pues estaba demasiado lejos de la casa y en una zona tan solitaria donde nadie se atrevería a acercarse.
Grité, restregándome las manos por la cara, sintiéndome impotente. La angustia me envolvía por completo, como una manta pesada que no podía sacudirme. Era un dolor que no entendía, algo profundo, oscuro, que me ahogaba por dentro. ¿Por qué no podía dejar de sentir esto? ¿Por qué no podía sanar? La herida en mi pecho parecía abierta, sangrando sin cesar, y las cicatrices de los recuerdos que compartí con él me atravesaban como dagas invisibles.
—¡UN AÑO, UN MALDITO AÑO! —grité, mi voz quebrándose entre sollozos, mientras me jalaba el cabello con furia, como si eso pudiera de alguna manera aliviar la tormenta que devastaba mi interior. Me coloqué en una posición fetal, abrazándome a mí misma, buscando consuelo en un cuerpo que ya no sabía cómo cuidarme. Una de mis manos tocó el suelo frío de cemento del sótano, y el contacto helado me hizo sentir aún más sola, perdida en mi propio tormento. —¡UN MALDITO AÑO Y DUELE COMO EL PRIMER INSTANTE!
Lloré aún más, desordenando mi cabello, alborotada, quebrada. Impotente ante la magnitud de ese dolor que no cesaba, que no se alejaba. No se comparaba al de la pérdida de mi padre, lo sabía, pero era similar. Había aprendido a vivir con el dolor de la muerte de mi papá, de alguna manera lo había sobrellevado, haciendo una especie de pacto silencioso con mi corazón. Pero el dolor causado por la traición de Eros no cesaba. No sanaba. Dolía como en el primer instante. Incluso más. Era un dolor visceral, uno que me destruía desde adentro, uno que me hacía sentir como si hubiera caído desde lo más alto, como si mi alma hubiera sido lanzada al vacío sin siquiera un paracaídas para frenar la caída.
—Me pusiste la luna en las manos... —miré mis manos, ambas apoyadas en el suelo. Más lágrimas cayeron, empapando el cemento gris que me rodeaba, mezclándose con la sangre que aún llevaba en la piel. Pensé en esos momentos, cuando creí que tenía el mundo bajo mis pies, que podía volar a su lado. Pero todo fue solo una ilusión. —Me lancé al vacío sin dudar, sin pensar en las consecuencias. Y tú, Eros, me rompiste el alma en pedazos. Ahora, me reclaman los daños que me causaste, y no estás aquí. No estás para darme explicaciones, ni siquiera para pedir perdón. —Me niego a borrar los mensajes, porque en el fondo, aunque me duela, aún quiero creer que alguna parte de ti estuvo real. Ni siquiera prender fuego a la casa sirve. Ni siquiera destruir todo lo que me recuerda a ti puede aliviar este dolor que me consume.
—¡EL DOLOR CAMBIA, NO SE EXTINGUE! —grité con todas mis fuerzas, la rabia y el dolor mezclándose en mi pecho, en mi garganta. Sentía que mi corazón latía de forma errática, como si estuviera siendo desgarrado, como si la vida se me escapara por cada poro de mi ser. Sentí que todo lo que había sido, todo lo que había vivido, se desmoronaba frente a mis ojos. Y el eco de mi propio grito resonó en las paredes del sótano, en mis oídos, recordándome lo vacía que me sentía, lo rota que estaba.
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Editado: 15.07.2026