Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

49 - Maritza

Después de tres largos años, regresábamos. Ese insignificante problema que me había mantenido lejos de Argentina me obligó a regresar, y aunque había querido evitarlo, sabía que era lo correcto. Los profesores necesitaban que en este último año, antes de culminar la carrera, estuviera presente para poder explicar mis proyectos de finalización.

—¡Ma… ma! —me llamó Aria, caminando hacia mí y tomando la mano de Trixie. Reí al verlas. Aria ya hablaba demasiado para su edad y, a veces, algunas de sus palabras eran difíciles de entender, pero se parecía tanto a su padre que no podía evitar sonreír al escucharla. Trixie no había tenido ningún problema de desarrollo, y eso me dejaba tranquila, la verdad.

—Díganme, princesas —dije, agachándome frente a ellas. Aria soltó la mano de Trixie y corrió hacia mí para que la abrazara. Mi corazón se llenó de ternura al ver cómo Aria había crecido. Me costaba aceptar que estaba dejando de ser mi bebé, esa pequeña a la que mimaba a cada instante. No quería que creciera más, que se hiciera más grande. Quería seguir consentíendola, igual que a Trixie, que seguía siendo mi pequeña, mi niña.

—¿Tía Lucia irá con nosotras, mami? —preguntó Trixie, colocándose detrás de nosotras, abrazando a Aria con demasiada ternura. Era demasiado sobreprotectora con su hermana pequeña, siempre cuidándola, vigilándola de cerca.

—Aún no lo sé… —respondí, mirando a Lucia acercándose con una maleta. Sonreí al verla. —Parece que sí... —dije, cargando a Aria en mis brazos y levantándome. Lucia se acercó a nosotras con su usual sonrisa cálida.

—Señora, sí iré con ustedes —dijo ella, sonriendo. Lucia y Moisés comenzaron una relación hace unos meses, y aunque al principio no estaba segura de qué tan bien podría ir todo, verlos ahora me llenaba de confianza. Moisés me había demostrado ser alguien en quien podía confiar.

—¡SIIII! —festejó Aria con emoción mientras estiraba los brazos hacia Lucia, quien la tomó en brazos con gusto.

—Ya está todo listo —habló Moisés, sonriendo mientras bajaba del jet. Terminó de bajar y besó la mejilla de Lucia con ternura antes de tomar su maleta y mirarme. —Todo está listo para despegar… Solo falta que venga el señor Monseñor… —dijo, asentando con una sonrisa. El piloto parecía estar listo, y el nerviosismo de los preparativos ya era casi palpable.

De repente, sentí una mano pequeña en mi brazo. Era Trixie, que me llamó en voz baja.

—Mami… —me dijo, mirando a Aria en brazos de Lucia, pero su mirada no se despegaba de ella. —¿Qué pasará con el señor Eros si lo encuentras? —preguntó, mirando de reojo, casi como si no quisiera que nadie la escuchara.

Mi garganta se apretó de inmediato, y el nudo en mi estómago me hizo respirar profundamente para calmarme. Me agaché a su altura, intentando controlar mis emociones para no preocuparla.

—No debes pensar en eso, princesa —le dije con suavidad, mientras la miraba a los ojos.

Trixie me miró con seriedad, casi como si quisiera asegurarme de que tomara en cuenta sus palabras.

—Si él vuelve a dañarte, lo pagará caro… —dijo en voz baja, pero con una firmeza que me sorprendió. Le sonreí de manera tierna y negué suavemente con la cabeza.

—Queramos o no, no es el papá de Aria, y él se enterará algún día —dije, alzando la mirada hacia el horizonte mientras sentía que el dolor de esos recuerdos comenzaba a invadirme. Pero no quería preocupar a Trixie con mis pensamientos oscuros.

Aria había vivido sus primeros tres años sin un padre. No lo necesitaba, no cuando tenía a Trixie y a mí. Nos tenía a nosotras para guiarla y amarla como solo nosotras sabíamos hacerlo.

—Aria ha vivido sus primeros tres años sin un padre… No lo necesitará, nos tiene a nosotras —le dije, sonriéndole con amor. Pero, en el fondo, sabía que Aria, en algún momento, querría saber la verdad sobre él. Y eso me preocupaba.

—Pero es su derecho saber… No por él, por Aria —dije, con un suspiro. Lucia escuchó mis palabras y asintió, aunque no muy convencida. Ella también sabía lo difícil que había sido todo, pero en su corazón entendía mis razones.

Trixie me abrazó por el cuello con fuerza. Me sentí tan amada y protegida por ella, como si ella fuera la que me necesitara, cuando en realidad era yo quien más la necesitaba.

—Te amo, Maritza… Gracias por ser mi mami —dijo en un susurro. Cerré los ojos y le regresé el abrazo, besando su cabeza con ternura.

—Yo también te amo, princesa —le respondí, sin poder evitar que las lágrimas comenzaran a formarse en mis ojos. Ella era mi razón, mi todo.

En ese momento, escuchamos una voz que nos llamó desde lejos. Era Moisés, que se había acercado mientras nosotras nos abrazábamos.

—Lamento llegar tarde —dijo, ganándose la atención de todos. Todos lo miramos, sonriendo al ver que, a pesar del caos de los últimos días, aún encontraba tiempo para ser el apoyo que todos necesitábamos.

—No te preocupes… —dije, mientras cargaba a Trixie nuevamente en mis brazos. Miré a Moisés, que ya estaba listo para irnos. —Ya nos podemos ir… —asintió, tomando la maleta de Lucia. Ella subió al jet con Aria en brazos, seguida de mí con Trixie, y después los hombres. Nick ya estaba adentro esperándonos, con una sonrisa que delataba su paciencia agotada.

—¡Por fin! —se quejó Nick, y todos reímos, aliviados por el inminente despegue. Nos acomodamos en nuestros asientos, y las niñas se sentaron junto a mí. La ansiedad por el regreso a casa era palpable, pero también lo era la emoción de tener a toda mi familia reunida.

—Aria está emocionada —me dijo Trixie, mirando a su hermana, que observaba el paisaje por la ventana del jet. —Dice que por fin conocerá dónde crecí… —sonreí, con una sensación de calma y nostalgia.

—¿Tú no estás feliz de regresar a casa? —le pregunté, mirando a Trixie. Ella me miró y me sonrió, pero luego su expresión cambió a una más seria.

—Sí, pero no quiero que vuelvas a llorar escondida en tu cuarto —dijo, con una mirada fija y preocupada. —Todo el tiempo llorabas por él… Y hace unos meses, dejaste de hacerlo apenas… —seguía, y no pude evitar bajar la mirada, sintiéndome culpable. —No quiero que vuelvas a llorar, mami…




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