Luego de varias horas de vuelo, finalmente bajamos del jet en el aeropuerto de Argentina. El aire fresco y familiar nos dio la bienvenida mientras los últimos rayos del sol caían sobre la pista de aterrizaje. La limusina ya nos estaba esperando, una vista de lujo que me recordó a tiempos pasados, momentos que no quiero olvidar.
Aria, como siempre, había caído dormida durante el vuelo. Se había puesto a jugar con Trixie en el jet, inmersa en un mundo de muñecas y fantasías que, a sus tres años, parecían ser todo lo que necesitaba. No pude evitar sonreír al verla, abrazando su peluche favorito, ese que Trixie le había dado cuando apenas era un bebé. Ahora, Aria no lo soltaba por nada, llevándoselo a todas partes. Nick la tomó en brazos, cargándola con una suavidad casi protectora, mientras yo observaba cómo se aferraba al peluche, tan tranquila y confiada.
Trixie, por su parte, caminaba junto a nosotros, aún con la energía de un niño que no se cansa. Sin embargo, pude ver en sus ojos una sombra de preocupación, algo que había notado más a menudo últimamente. Parecía ser muy consciente de todo lo que sucedía a su alrededor, especialmente de mis emociones. Como siempre, su madurez me sorprendía, pero también me preocupaba un poco. A veces deseaba que fuera más niña, que pudiera disfrutar de su infancia sin tantas cargas emocionales.
Una vez llegamos a la limusina, todos nos acomodamos dentro. Trixie se sentó junto a mí, mientras que Nick colocó a Aria en su regazo, asegurándose de que estuviera cómoda. Moisés se sentó en el asiento de enfrente, mientras Lucía se acomodaba junto a él. La conversación fluía de manera ligera entre nosotros, pero por dentro sentía que el peso de la decisión de regresar a Argentina me estaba aplastando poco a poco.
Las clases en la universidad comienzan en dos días y, para ser sincera, estoy más nerviosa de lo que me gustaría admitir. Estudiar a distancia durante tanto tiempo había sido más fácil de lo que pensaba, pero ahora que tenía que presentarme nuevamente en persona, sentía que la ansiedad me estaba consumiendo. Era la culminación de mi carrera, los últimos proyectos y la oportunidad de demostrar todo lo que había aprendido, pero también estaba el miedo de no estar a la altura.
Sabía que Nick no se separaría de mí durante las clases, lo había pedido expresamente. De alguna manera, su presencia me daba una sensación de seguridad, algo que necesitaba en esos momentos. Moisés y Lucía, por otro lado, estarían al tanto de las niñas, cuidándolas y asegurándose de que tuvieran todo lo que necesitaban mientras yo me enfocaba en mis estudios. Las niñas estarían en la mansión la mayoría del tiempo, pero también saldrían a pasear de vez en cuando. Aunque las extrañaría, al menos sabía que estarían bien, y eso me tranquilizaba.
La limusina comenzó a moverse, llevándonos por las calles de Buenos Aires. La ciudad se sentía diferente, como si algo hubiera cambiado desde mi última vez aquí. Miré por la ventana, observando el bullicio de la gente, el ruido de los autos, el olor familiar del asfalto. Había algo en el aire que me hacía sentir que este regreso no sería fácil, pero tampoco imposible.
Mientras el vehículo avanzaba, tomé una respiración profunda, mirando a las niñas dormidas en los brazos de Nick. Sabía que el futuro se avecinaba lleno de desafíos, pero también de nuevas oportunidades. Argentina, la universidad, el reencuentro con viejos amigos y profesores… Todo eso estaba por suceder. Todo eso me esperaba, y aunque mis manos temblaban ligeramente, mi determinación era más fuerte que nunca.
Miré a Trixie, quien me sonrió con esa sonrisa tímida pero llena de confianza. Ella sabía que todo estaría bien, de alguna manera, lo sabía. Entonces me agaché para abrazarla, sintiendo el calor de su pequeño cuerpo junto al mío. Sabía que no importaba lo que viniera, siempre tendríamos una familia, siempre estaríamos juntas.
—Vamos a hacerlo, princesa —le susurré al oído.
Ella asintió, y por un momento, todo pareció calmarse. El futuro no estaba escrito, pero lo enfrentaríamos juntas.
(...)
—Extrañaba este lugar—dije, al cruzar la puerta de la casa, mientras el aroma familiar me envolvía. Todo parecía igual, pero al mismo tiempo, había algo diferente en el aire.
—Yo también—dijo Trixie, quien cargaba a Aria en brazos, la pequeña aún dormida. —La llevaré a mi cuarto, quiero que duerma ahí—añadió con esa dulzura que solo ella sabe transmitir. Le sonreí, asintiendo, mientras la veía subir por las escaleras con cuidado. Aria estaba tranquila, pero la protección de Trixie sobre ella nunca desaparecía, siempre pendiente de su hermana pequeña.
Con todo lo relacionado a los italianos, no había habido más incidentes, y Aria parecía estar bien, no mostraba señales de daño en su cuerpo. Sin embargo, había algo en la forma en que Trixie la cuidaba que me preocupaba. Era excesivamente sobreprotectora con ella, pero, por otro lado, no me parecía mal; solo deseaba que no creciera tan rápido. Trixie analizaba todo demasiado rápido para su edad, una mente brillante que aprendía con rapidez. Necesitaba explicarle las cosas un par de veces y luego las repetía de memoria, sorprendiendo a todos. A veces, sus ojos cambiaban de color, se volvían rojos o amarillos, pero esas eran pocas veces, y nadie más que yo lo había notado. Aún me preocupaba, no sabía si era algo grave o solo una de sus particularidades.
En ese momento, Moisés entró a la casa, interrumpiendo mis pensamientos.
—Ya está todo listo—dijo, sacándome de la nostalgia en la que me había sumido. Asentí sin mirarlo, mi mente todavía en otra parte.
—¿Cómo vas con Lucía?—le pregunté, sin querer hablar de lo que había sucedido en el aeropuerto. Sabía que algunos periodistas nos habían estado esperando, pero habían decidido esperar hasta el lunes a primera hora para publicar las fotos. Prefería no pensar en eso por el momento.
Moisés sonrió, más tranquilo de lo que parecía, y sus ojos brillaron con un cariño genuino.
#3918 en Novela romántica
#210 en Joven Adulto
amor secretos poder dolor, familia apuesta resilencia, luego de un tiempo triologia
Editado: 15.07.2026