El tiempo había pasado más rápido de lo que me hubiera gustado. Apenas una semana, y ya hoy comenzaban las clases en la universidad. Había estado esperando este momento con una mezcla de emociones, entre la nostalgia por lo que había pasado y la excitación por lo que vendría. Sabía que todo sería diferente este semestre, pero también estaba lista para enfrentar nuevos retos. Suspiré profundamente, dejando que el aire llenara mis pulmones antes de soltarlo lentamente. Me paré frente al espejo, observándome un instante. Me ajusté la camiseta, sentí el peso de mi bolso al colgarlo de mi hombro, y luego me dispuse a atarme el cabello en una coleta alta, dejando mi tatuaje a la vista. Ya no me preocupaba que lo viesen, era parte de mí ahora. Además, sentía que era un pequeño recordatorio de la vida que había llevado, una que me había dado lecciones importantes.
Hoy, al abrir los ojos, una sorpresa me esperó. En las noticias de la mañana apareció una foto de mi regreso a la ciudad, junto con una imagen mía y las niñas, y varios otros acompañantes del día que habíamos salido del aeropuerto. Las cámaras, como siempre, estaban presentes, y me tomaron por sorpresa en el momento menos esperado. Mientras veía la imagen en la pantalla, me detuve a reflexionar por un segundo. Aunque no me importaba el foco de atención, el recordar que mi vida estaba en la mira de los demás me hizo pensar en cómo las cosas habían cambiado desde que Aria nació.
A pesar de estar embarazada de Aria, mi cuerpo había resistido las temidas estrías. Siempre había sido cuidadosa con mi piel y con lo que le aplicaba, sobre todo después del parto. No era algo que me preocupara mucho, pero siempre era un pequeño logro personal el ver que mis esfuerzos valían la pena. En el espejo, mis ojos recorrieron mi figura, y aunque sentía que el embarazo ya se notaba, me seguía sintiendo fuerte. Con una sonrisa en el rostro, tomé mi bolso con una mano y mi teléfono con la otra. Era hora de bajar al comedor, la familia me esperaba.
Al llegar abajo, encontré a mis niñas sentadas desayunando, como siempre, junto a Lucía, Nick y Moisés. Hace un año, a petición de Aria, ellos comenzaron a unirse a nuestro desayuno, y aunque al principio no me acostumbraba, ahora era parte de nuestra rutina diaria. La casa se llenaba de risas y conversaciones mientras nos preparábamos para empezar el día. Me senté en la cabecera de la mesa, como siempre, con mis niñas a los lados. Cada uno tenía su lugar en la mesa, y el bullicio de la mañana se hacía presente con cada bocado que daban.
—¡Buenos días, mami! —dijo Trixie al verme, con una sonrisa brillante. Su cabello, dorado y casi plateado, caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y sus ojos celestes, casi blancos, siempre me dejaban sin palabras. La miré y no pude evitar sonreír.
—¡Buenos días, princesas! —saludé con entusiasmo. Miré alrededor y luego dirigí la vista a todos los presentes—. ¡Buenos días a todos!
Tomé asiento en mi lugar habitual. Las niñas se acomodaron a mis lados, cada una en su silla, mientras los demás continuaban sirviéndose el desayuno. Aria, que siempre fue más callada por la mañana, me sonrió desde su lugar, levantando la vista de su plato.
—¡Hola, mami! —saludó Aria, y yo le sonreí de regreso, disfrutando de su calidez.
—Hola, —respondí. Justo en ese momento, la sirvienta colocó mi plato de comida en la mesa, y le sonreí agradecida antes de que se retirara.
La mañana continuó entre conversaciones ligeras, risas y planes para el día. De repente, Aria me miró, su carita un poco más seria, y preguntó algo que había estado pensando mucho.
—Mami, ¿podré ir al kinder ahora? —preguntó, su mirada suplicante me tocó. Hace un año la llevaba al mismo kinder, pero no me gustaba cómo el director la trataba. Así que, a regañadientes, tomé la decisión de sacarla. No fue fácil, pero si había algo que había aprendido desde que me convertí en madre, era que siempre tenía que anteponer su bienestar.
Trixie, como siempre, no pudo evitar dar su opinión.
—¡Mami, no eres objetiva! Ningún lugar será de tu agrado! —dijo Trixie con una mezcla de humor y sarcasmo. Comió un bocado de su desayuno y me señaló con su tenedor, como si fuera una acusación. —Eres demasiado sobreprotectora...
Reí ante sus palabras, pero no pude evitar sentirme un poco herida. A veces me costaba entender lo que estaba pasando dentro de mí, cómo ese instinto de protegerlas crecía cada vez más.
—¡No lo soy! —me defendí, abriendo exageradamente la boca, como si realmente me ofendiera su comentario. A Trixie no le tomó mucho tiempo rodar los ojos y negar con la cabeza, soltando una risa.
—Lo eres, mami. Pero no le pasará nada. Yo estaré con ella y no lo permitiré... —dijo Trixie, levantando su vaso de jugo y bebiendo un sorbo mientras me miraba con una seguridad que me hizo sonreír.
Suspiré, no había forma de ganar esta batalla. Ya lo sabía.
—Está bien, —dije finalmente, cediendo—. Prometo encontrar un lugar que me convenza para ambas.
Trixie sonrió, sin despegar los labios del vaso. Asintió con la cabeza, como si ya hubiese ganado una pequeña victoria.
—Tío Nick tiene una opción... —comentó rápidamente, lo que me hizo mirarla con una expresión seria.
—¡Ustedes juntos hacen una mafia y yo ni enterada! —me quejé, y todos en la mesa estallaron en carcajadas. Aunque me molestaba que siempre estuvieran conspirando en mi contra, en el fondo sabía que lo hacían con cariño.
Mi teléfono sonó en ese momento, interrumpiendo la charla. Miré la hora en la pantalla.
—Creo que es hora de irnos. —dije, mirando el reloj mientras me levantaba.
—Está bien, mami, —respondieron las niñas al unísono. Me acerqué a ellas, les besé la frente con ternura y las tomé de la mano para salir hacia el auto. Sabía que me acompañarían a la universidad, y luego Moisés iría con Lucía hacia el kinder que mencionaron. Las niñas irían con ellos en el otro auto, que iría detrás de nosotros, para que pudieran llegar al lugar sin problemas. Mientras el auto arrancaba, miré a las dos pequeñas con una sonrisa, disfrutando del momento en que éramos una familia que se cuidaba mutuamente.
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Editado: 15.07.2026