El hielo en mi copa se había derretido por completo, diluyendo lo poco de whisky que quedaba en el fondo. No importaba, de todos modos, ya había perdido el gusto por el alcohol. Al principio me servía para anestesiarme, para dejar de pensar, para sentir aunque fuera el ardor de la bebida quemándome la garganta en lugar de ese dolor persistente en el pecho. Pero ahora ni eso servía. Solo me hacía sentir más vacío. Ese vacío era más profundo, más pesado, como una losa sobre mi pecho que no se aligeraba ni un solo centímetro. No importaba lo que hiciera, nada llenaba ese agujero que crecía cada día un poco más, devorando todo a su paso.
—No sé qué hago con mi vida… —murmuré, dejando caer la cabeza entre mis manos, mis dedos enterrándose en el cabello con desesperación. Había días en los que sentía que no podía soportarlo más, que la angustia me ahogaba. Otros días, simplemente existía, como un cadáver caminante, arrastrándome de un día a otro, sin rumbo, sin propósito. Todo lo que alguna vez había tenido sentido había desaparecido con ellas, y ahora solo quedaban escombros.
Simon, sentado a mi lado, suspiró con resignación antes de quitarme la copa de las manos. La mirada que me dirigió era de alguien que ya no sabía cómo ayudar, que había visto demasiado de mi sufrimiento sin poder hacer nada por aliviarlo. En su rostro se reflejaba la misma preocupación que en sus palabras, como si cada vez estuviera más cansado de ver cómo me hundía sin poder sacar una mano para salvarme.
—¿No has sabido nada de ellas? —preguntó con cautela, casi como si temiera la respuesta, como si esperara que al preguntarlo, la herida que tanto trataba de evitar se abriera de nuevo.
Sentí cómo mi mandíbula se tensaba al instante, como si las palabras que acababa de escuchar fueran un disparo directo a lo que más trataba de evitar: hablar de ellas. Pero era inevitable. Mi vida, mi existencia, estaba atada a ellas de una forma que ya no podía negar. Me daba asco. No poder dejarlas ir, no poder seguir adelante, no poder sacar todo eso que me consumía por dentro.
—Solo noticias de su compañía. G.A. sigue creciendo, cada vez es más grande, más influyente… pero de ellas, nada. —Hice una pausa, apretando los puños sobre la mesa. Sentí el nudo en mi garganta crecer, incapaz de seguir, incapaz de siquiera articular una palabra más sin sentir que todo lo que había guardado dentro de mí se desbordaría de golpe. El dolor de no saber nada de ellas, de verlas pasar por mi vida solo como sombras, como recuerdos desvanecidos, me aplastaba por dentro.
Las veía en todos lados, y al mismo tiempo, en ninguna parte. Su nombre aparecía en revistas de negocios, en titulares de periódicos, en primicias de la televisión. La gente hablaba de su éxito, de cómo había logrado posicionar la compañía en la cima, de los acuerdos millonarios que cerraba… pero nunca de ella. Nunca salían fotos recientes. Nunca declaraciones. Como si se hubiera convertido en un fantasma inalcanzable. La sentía a cada paso, pero cuando intentaba alcanzarla, ya no estaba. Como si fuera parte de un sueño del que me despertaba cada vez que intentaba recordar cómo había sido.
—¿Cuánto tiempo más vas a seguir así, Eros? —La voz de Simon me sacó de mis pensamientos. Su tono no era tan suave como antes. Había algo de desesperación, como si ya no pudiera soportar verlo de esta manera. Lo miré, sintiéndome de repente exhausto. Estaba agotado, no solo físicamente, sino emocionalmente. Estaba tan cansado de estar atrapado en este ciclo de sufrimiento, de arrepentimiento, de recuerdos que no dejaban de atormentarme.
—No sé… —admití finalmente, dejándome caer hacia atrás en la silla. Las palabras me salieron vacías, como si el simple hecho de hablar de ello me dejara aún más vacío. No sabía cuánto más podría seguir así. No sabía si podría soportar otro día de esta existencia sin vida, pero tampoco sabía cómo salir de ella. ¿Qué haría sin el dolor? No lo sabía, y esa era la parte más aterradora. No podía vivir sin ellas, pero tampoco podía vivir con esta agonía.
—Ya van casi dos años —insistió él, negando con la cabeza—. Y mientras más tiempo pase, más difícil será. No puedes seguir evitando la vida.
Yo solté una risa amarga, que salió más como un suspiro resignado que como una verdadera risa.
—¿La vida? ¿Y qué es eso sin ellas?
Mi propia respuesta me golpeó en el estómago, dejándome sin aire. No me gustaba admitirlo en voz alta, pero era la verdad. Sin Maritza y sin mi hija, no sentía que realmente estuviera viviendo.
Solo existía. Respiraba, hablaba, estudiaba, trabajaba... pero todo se sentía vacío. Como si estuviera atrapado en un loop interminable donde cada día era igual de monótono que el anterior. Estaba vivo, pero lo sentía como si estuviera muerto por dentro. La vida, mi vida, no tenía sentido sin ellas. ¿Para qué seguir adelante si el amor que las unía a mi existencia había desaparecido? Estaba atrapado en el pasado, un pasado que no podía dejar ir, que me atenazaba en cada respiración.
—No podrás evitar por mucho tiempo la propuesta de tu madre —continuó Simon, bebiendo de su vaso—. Va a seguir metiéndote a esa pelirroja hasta por donde no entra la luz.
Rodé los ojos, sintiendo una punzada de irritación que me atravesó como un cuchillo afilado.
—Ni me lo recuerdes…
El simple hecho de pensar en Rebecca me hacía apretar los dientes. No porque ella tuviera la culpa, porque no la tenía. La chica era linda, educada, amable… cualquier hombre en mi lugar estaría encantado con ella. Pero yo no. No podía. Ella no era Maritza. No tenía la pasión, la intensidad, el fuego que Maritza había encendido en mí. No podía engañarme. No podía pretender que me importaba realmente. Rebecca no era la respuesta. Lo sabía. Y lo peor es que mi madre no entendía eso. No entendía que no había espacio en mi corazón para nadie más.
—Rebecca es una chica buena… —admití con desgana, pasándome una mano por la cara—. Pero no es mi Maritza.
#3918 en Novela romántica
#210 en Joven Adulto
amor secretos poder dolor, familia apuesta resilencia, luego de un tiempo triologia
Editado: 15.07.2026