Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

54 - Eros

Tres años.

Tres años de silencio.

Tres años de agonía.

Tres años sin ellas.

Me pasé una mano por el rostro, sintiendo la barba áspera en mi piel. Ni siquiera recordaba la última vez que me había afeitado correctamente. El reflejo en el espejo de mi habitación me mostraba un hombre diferente al que alguna vez fui. Ojeras marcadas, mirada cansada, el peso del tiempo reflejado en mis facciones.

Había tratado de seguir adelante, de enterrar el pasado y continuar con mi vida, pero era imposible. Maritza estaba en cada jodido rincón de mi mente. En cada canción que sonaba en la radio, en cada aroma dulce que se cruzaba en mi camino, en cada maldita mujer de cabello oscuro que veía a lo lejos y que, por una fracción de segundo, me hacía pensar que era ella.

Y Aria… y Trixie…

Solo Dios sabía cuánto las extrañaba.

Llevé mis dedos a mi sien, tratando de calmar la presión en mi cabeza cuando la puerta de mi habitación se abrió de golpe.

—Eros.

No tenía que voltear para saber quién era.

—Lárgate —murmuré con el rostro aún hundido en la almohada.

Mi madre ni siquiera titubeó.

—Mañana Rebecca irá a tu universidad y la presentarás ante todos como tu novia.

Bufé con hastío, sentándome lentamente en la cama.

—¿No te cansas, madre? —espeté con fastidio—. Te he dicho que no.

—¿En qué momento pedí tu aprobación, hijo? —respondió con una sonrisa burlona.

Mi mandíbula se tensó.

—Te odio.

—Lo sé.

—Largo de mi cuarto, bruja.

Me dejé caer de espaldas sobre la cama, cerrando los ojos con fuerza.

Pero ella no se inmutó.

—Trátala bien, como lo harías con una verdadera novia.

Ese fue el maldito colmo.

—¡LARGO! —rugí con furia, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro.

Finalmente, la puerta se cerró tras ella, dejando la habitación en completo silencio.

Pero ese silencio no era reconfortante. No.

Era vacío.

Doloroso.

Abrí los ojos lentamente y clavé la mirada en el techo. La lámpara colgaba inmóvil, y el ventilador giraba con un sonido monótono que de alguna forma hacía eco en mi pecho.

Y entonces, su nombre escapó de mis labios en un susurro tembloroso.

—Maritza…

Su ausencia dolía. Como una herida abierta que nunca terminaba de sanar.

—Regresa, por favor…

Pero el único sonido que me respondió fue el zumbido del ventilador y la brisa nocturna filtrándose por la ventana.

Un ardor familiar subió por mi garganta, y sin poder evitarlo, una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla.

Cuánto las extrañaba.

Cuánto deseaba que estuvieran aquí.

Cerré los ojos con fuerza, tratando de reprimir el nudo en mi garganta, pero era inútil. El dolor seguía ahí, aferrado a mí como un fantasma del que nunca podría escapar.

Y así, con el corazón destrozado y la mente inundada de recuerdos, me quedé dormido con la esperanza de que, en mis sueños, ella aún siguiera siendo mía.

(...)

Apenas salí del auto, mi mirada se posó en Rebecca.

La mujer con la que mi madre insistía en casarme.

Era linda, sí. Educada, elegante, con una sonrisa radiante y una presencia que llamaba la atención. Llevaba un vestido entallado en tonos pastel que resaltaba su figura, y su cabello pelirrojo caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Se veía como sacada de una revista de moda, como el tipo de mujer que cualquier hombre querría tener a su lado.

Cualquier hombre, menos yo.

Rebecca era hermosa, no podía negarlo. Nadie podía hacerlo, mucho menos yo.

Tenía un cabello rojo fuego que caía en cascadas brillantes sobre sus hombros, contrastando con su piel clara y salpicada de pecas que le daban un aire juvenil. Sus ojos verdes, profundos y expresivos, brillaban con emoción al verme, como si realmente estuviera feliz de estar aquí, de estar conmigo.

Pero por más que intentara verla con otros ojos, no podía.

No era ella.

No era Maritza.

Y aunque trataba de engañarme con la idea de que tal vez algún día la olvidaría, la realidad era que después de tres años sin verla, su ausencia solo se hacía más insoportable.

Rebecca se acercó a mí con su andar elegante y seguro, esbozando una sonrisa que parecía sacada de una revista de modelos.

—Hola, Eros —saludó con entusiasmo, posando una mano en mi brazo antes de inclinarse para besar mi mejilla.

Su perfume, una mezcla de frutas y flores, me envolvió de inmediato.

Forcé una sonrisa.

—Hola, Rebecca.

—Espero no te moleste mi presencia aquí —dijo con dulzura—. Tu madre me comentó que habías aceptado salir conmigo y que incluso le pediste que me trasladara acá.

Mi cuerpo se tensó.

pensé con fastidio, sintiendo una punzada de frustración.

Mi madre no tenía límites. Ya no solo insistía en que Rebecca y yo estuviéramos juntos, sino que ahora le metía ideas en la cabeza, haciéndole creer que yo realmente quería esto.

—Claro que no hay problema —mentí descaradamente, intentando mantener la calma.

Ella sonrió más, con emoción genuina en su mirada. Y antes de que pudiera reaccionar, se inclinó y presionó sus labios contra los míos.

Quedé completamente estático.

Su boca era suave, su beso delicado, pero no sentí absolutamente nada.

No hubo chispas.

No hubo esa electricidad que había sentido cada vez que besaba a Maritza.

No hubo nada. Solo un vacío.

Cuando se separó, tenía las mejillas levemente sonrojadas, y me miraba con ilusión.

—Gracias —susurró con una sonrisa boba.

Le devolví la sonrisa, aunque sin ganas.

—Vamos a clases —dije, cortando el momento e intentando ignorar el nudo en mi estómago.

Empecé a caminar sin mirar atrás, sintiendo que con cada paso me alejaba más de lo que realmente quería.

No quería jugar este juego.

No quería seguir las reglas de mi madre.

No quería darle falsas esperanzas a Rebecca.




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