Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

55 - Eros

Todo el trayecto hacia la universidad estuvo envuelto en un silencio pesado, casi insoportable. No podía dejar de pensar en lo impresionante que lucía Maritza, en cómo había cambiado, y en lo mucho que había crecido Trixie. Necesitaba hablar con ellas, ahora que habían regresado, no podía perder ni un segundo más.

—¿Amor? —me llamó Rebecca, sacándome de mis pensamientos. Miré hacia la universidad y estacioné frente a ella, observando dos autos lujosos estacionados cerca.

—Vamos —le dije a Rebecca. Bajamos del auto, y ella me tomó de la mano y me besó rápidamente en la mejilla. Sonreí un poco, y ella lo hizo con una sonrisa amplia. Miré al frente y ahí estaba Maritza, con dos niñas y Nick, quien se veía serio y distante.

—Basta —dijo Maritza, levantándose del suelo, mientras una niña de ojos azules nos observaba curiosa. Una mujer, acompañada de Moisés, pasó junto a nosotros y se acercaron a ellos. Me detuve en seco, mis ojos fijos en Maritza. Estaba increíblemente hermosa, tan radiante como siempre.

—Mami —gritó la niña de ojos azules, y por impulso la miré de nuevo.

—Dime, princesa —respondió Maritza, y en ese momento toda mi atención la tenía la pequeña niña.

—La muchacha del pelo rojo es muy linda —dijo la niña, saltando y señalando a Rebecca, quien había soltado mi mano y se acercaba a la niña con una sonrisa. Maritza, al notar la situación, la cargó y la alejó de Rebecca con firmeza.

—Lo es, mi niña —dijo, su tono algo distante mientras nos daba la espalda.

—Indiscreta —bufó Trixie desde el suelo, lanzándome una mirada fría. Me quedé mirándola, confundido y cohibido.

—¿Maritza? —logré articular por fin, sorprendido por la frialdad en su tono.

—Hola, Snif —saludó ella con frialdad, sin siquiera mirarme a los ojos.

—Hipócrita —se quejó Trixie, rodando los ojos. La miré, perplejo.

¿Qué le pasó a la inocente princesa? Pensé, aún tratando de comprender el cambio radical de la niña.

—Luego hablaremos de tu sinceridad, Trixie. No es buena en exceso —dijo Maritza, con un tono serio y hasta algo frío. Mi corazón se heló al escucharla, la tensión en el aire era palpable.

—Pero mamá —se quejó Trixie—. Es verdad... —continuó, cruzando los brazos y mirándonos de mala gana—. Bien... —terminó, resignada.

¿Qué le pasó? Pensé, triste, mientras observaba a Trixie, ahora más distante y rebelde.

—Gracias —dijo Maritza, aún con la niña en brazos, quien nos miraba fijamente desde la espalda de su madre.

—Un gusto —saludó Rebecca, aunque parecía nerviosa bajo las miradas fijas de todos.

El ambiente estaba cargado de miradas incómodas y tensas, pero Moisés, al ver la situación, intervino.

—Señorita, tenemos que llevar a las niñas a ver lo del kinder —dijo, acercándose a Maritza y tomando a la niña de sus brazos.

— Gracias, Trixie, Aria —les beso las mejillas a ambas niñas—. Nos vemos en casa, mis princesas.— Ambas sonrieron y se despidieron, luego se fueron con Moisés y la mujer. Subieron al auto y, rápidamente, desaparecieron de nuestra vista.

—Maritza —me acerqué un poco a ella, pero me miró con desaprobación.

—Dime, Eros —respondió con frialdad, haciendo que todo en mí se removiera de forma dolorosa.

—¿Se conocen, amor? —preguntó Rebecca, sonriéndole de manera forzada.

—Digamos que sí —dijo Maritza con tono seco. Rebecca sonrió ampliamente de nuevo.

—Un gusto, entonces —extendió su mano—. Soy Rebecca Díaz... —le tomó la mano de manera algo seria.

—Maritza Ferrer —respondió ella, sonriendo un poco.

—Maritza... —la llamé de nuevo. Ella me miró con el ceño fruncido, soltó mi mano y suspiró cansada.

—Dime, Eros, ¿para qué soy buena? —dijo aún fría, mirándome mal.

—¿Por qué no me escuchaste? —dije, acercándome a ella, sintiendo un nudo en la garganta, las lágrimas amenazando con caer. Ella empezó a reír fuerte, llamando la atención de quienes aún no nos miraban. Se tomó el estómago intentando controlar la risa, pero algunas lágrimas escaparon por sus mejillas. Las secó rápidamente y me miró de nuevo.

—¿Por qué dices eso? —dijo con ironía—. ¿Y qué esperabas, Eros? —continuó con desdén—. ¿Que te esperara . mientras me restregabas en la cara lo que hiciste? —bufó—. Gracias, pero no gracias...

Rebecca abrió los ojos de par en par, mientras yo sentía que en cualquier momento las lágrimas me desbordarían al ver el odio que reflejaba en sus ojos.

—Te amaba de verdad —dije, acercándome a ella de nuevo—. ¿Ellas? —pregunté, refiriéndome a las niñas.

—Mis hijas —interrumpió, alzando la voz—. No quiero que te acerques a ninguna de las dos... Esta vez sí seré capaz de todo si las dañas...

Tragué en seco, sintiendo un miedo profundo. Me acerqué más, tomándola de los hombros.

—Te amo —dije, con los ojos llenos de lágrimas, casi en su rostro—. No he dejado de hacerlo...

Confesé, pero su mirada fría me torturaba, quebrando lo poco que quedaba dentro de mí. Sacudió mis manos de sus hombros y se apartó con un gesto brusco.

—Yo no, Eros —dijo con frialdad—. Hace mucho dejé de hacerlo. No te acerques de nuevo a mí o a mis hijas, o colocaré tus pelotas en mi árbol de Navidad... Es una advertencia, querido. —Palmeó mi mejilla de manera brusca y dio la vuelta, alejándose rápidamente de mí. Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a deslizarse por mis mejillas, sin que me esforzara en ocultarlas.

—¡PERDÓN! —grité, mi voz rota por la angustia.

—Demasiado tarde, Eros... Una Ferrer jamás perdona si le han lastimado de verdad... Y tú, Eros, lo hiciste —dijo, mientras seguía su camino, seguida por Nick, quien caminaba detrás de ella. Ambos entraron en la universidad, y mi mirada permaneció fija en ella.

—¿E...ros? —me llamó Rebecca, en un susurro. La ignoré y pasé por su lado, sintiendo cómo las lágrimas no dejaban de caer por mis mejillas. Ella me agarró del brazo, y la vi roja de furia.




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