Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

56 - Eros

Conducía molesto hacia el departamento de Simón. El volante estaba tan apretado entre mis manos que mis dedos palidecían, el corazón latiendo con furia, pero no sabía si era por la rabia que sentía o por el dolor que me quemaba el pecho. Jamás pensé que encontraría a alguien peor que mi madre, pero esa mujer, esa maldita bruja, era un mal más profundo de lo que jamás hubiera imaginado. No solo estaba obsesionada con mí, sino que estaba dispuesta a arrastrarme a su mundo oscuro. Eso me desbordaba, pero no iba a dejar que eso me frenara. Mis pensamientos daban vueltas sin parar, pero no era eso lo que ocupaba mi mente ahora. Había algo más, alguien más... Maritza.

La necesidad de recuperarla era tan urgente, tan visceral, que sentía el nudo en el estómago apretarse cada vez que pensaba en ella. No me importaba lo que tuviera que hacer, lo que tuviera que enfrentar. La extrañaba demasiado. La había echado tanto de menos que cualquier cosa fuera tolerable si podía tenerla de vuelta a mi lado. Cualquier cosa. No importaba lo que eso significara.

El reloj seguía avanzando mientras yo trataba de calmarme. La distancia entre mi mente y mi corazón se alargaba, pero el destino no perdona. Estacioné frente a la casa de Simón después de una eterna media hora de conducción, y aunque había llegado, no sentía que estuviera listo para lo que iba a pasar. Salí del coche con rapidez, le puse seguro y caminé hacia la puerta, aún furioso. Mi paso se sentía pesado, como si el aire que respiraba me oprimiera.

Toqué el timbre, la furia hirviendo bajo la piel, incapaz de disiparse. Quería ser razonable, pero nada en mí podía callar la rabia, ni el dolor. Unos segundos después, Simón gritó desde dentro:

—¡VOY!

La puerta se abrió, y al instante me vio con el ceño fruncido. Su mirada fue de sorpresa, como si no pudiera creer lo que veía. Se apartó sin decir más y me dejó pasar, aunque su mirada estaba llena de preguntas no dichas.

—¿No deberías estar en la universidad con la peli roja? —dijo, en tono algo despectivo, y frunció el ceño de nuevo—. Pasa.

Me deslicé dentro de la casa sin esperar a que me dijera nada más. El lugar era pequeño, sencillo, pero tenía el toque que solo Simón podía darle. Con rapidez, me dirigí hacia el sofá. La incomodidad se apoderó de mí, no solo por la situación, sino por lo que sentía. Algo se revolvía en mi pecho, y no podía callarlo.

—Maritza regresó —dije, sin hacerle caso a lo que había dicho antes. Mis palabras cayeron pesadas entre nosotros, como una confesión amarga que no me daba el alivio que pensaba que me daría.

Simón cerró la puerta de golpe detrás de mí, y la energía cambió. Su expresión era una mezcla de incredulidad y sorpresa.

—¿No me jodes, verdad? —dijo, y su voz tembló de la emoción contenida. Asentí con la cabeza, la confusión reflejada en su rostro.

—Perfecto. ¿Ya hablaste con ella? —preguntó con una sonrisa que no lograba esconder la preocupación en sus ojos.

—Rebecca es una perra loca —dije, ignorando su pregunta y centrándome en lo que realmente me quemaba. Simón me miró, la desconfianza al principio y luego la incredulidad.

—¿La peli roja, dulce y tierna? —negó con incredulidad—. Esa chica es muy linda para ser una perra. Parece un ángel... —dijo, pero yo no podía aguantar más.

Lo miré directamente a los ojos. Mi rabia se apoderaba de mí, pero también había un dolor profundo que hacía que mi voz se rompiera cuando hablé.

—Estará engañando las puertas del cielo entonces, porque no tiene nada de ángel —dije, y dejé caer mi cuerpo contra el sofá de cuero, como si todo lo que me pesaba cayera sobre mí en ese instante. Estaba agotado, emocionalmente destrozado. La confusión de lo que había pasado con Maritza me carcomía desde adentro, y ahora Simón estaba allí, esperando que le contara lo que sentía, pero mis palabras solo salían como un torrente descontrolado.

Miré al vacío, incapaz de mirar a Simón. Cuando lo hice, fue para lanzarle la verdad, esa que me quemaba.

—Cuando la vi, me puse fatal. Le confesé que aún la amaba... —Mi voz se quebró. Los recuerdos de esa conversación, las palabras, las miradas, todo volvió a mí con fuerza. La herida se abrió de nuevo—. Ella me restregó en la cara que no, que ya no me amaba. Que era un... —mi garganta se cerró por un momento. No podía decirlo. Era un puto, eso había sido lo que sentí—. Bueno, no me lo dijo así, pero así lo sentí.

Suspiré, mis hombros temblando por la ira reprimida y el dolor que sentía. Simón guardó silencio, como si me dejara procesar todo lo que había dicho. Pero no era suficiente.

—Luego lloré, le grité que me perdonara, pero ella se fue. Se fue al interior de la universidad... Y esa maldita perra me preguntó por ella. Le dije que era la única mujer que había amado y que amaría el resto de mi puta existencia. —Mi puño se apretó de nuevo con fuerza—. Y ella me hizo esto.

Levanté mi muñeca frente a Simón. La marca de Rebecca estaba allí, clavada como una herida abierta. Simón se quedó mirando en shock, incapaz de comprender lo que acababa de decirle.

—Mientras me repetía que era suyo, que solo ella podría tenerme... pendejadas como esas... —me reí, pero el sonido era vacío—. Después de una pequeña discusión, sacó su verdadero ser... —Mi voz se apagó, como si todo el coraje y la impotencia se disolviera en mi dolor.

Suspiré, el aire se me hacía denso, y mi cuerpo parecía pesar toneladas.

—Solo le di la espalda dos segundos, y ya estaba hecha un mar de lágrimas, siendo consolada por una de las chicas de la universidad. Cuando la miré, me sonrió con una mirada psicópata, me sacó la lengua y me guiñó el ojo. La odio, Simón. La odio.

Pegué un puño contra el sofá, como si quisiera golpearme a mí mismo por haber permitido que todo esto sucediera. Mis pensamientos se desbordaban, y la furia me nublaba el juicio.

—Esa... no es lo que dice ser. Me amenazó con dañar a Maritza si la dejaba. Me dejó sin aliento.




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