Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

59 - Maritza

Ya han pasado dos semanas desde que regresé aquí, y todo ha estado algo movido. Trixie y Aria me acompañaban en la universidad, ya que Aria había insistido tanto en conocer el lugar que no pude negarme. Para ella, todo parecía nuevo y emocionante, con su pequeño conejo en brazos, corriendo de un lado a otro con una sonrisa de oreja a oreja. No podía evitar sonreír viéndola tan feliz mientras Trixie la observaba desde un rincón, riendo a carcajadas.

—Es hermosa, mami—, dijo Aria, extendiendo sus bracitos hacia arriba como si quisiera tocar el cielo. Yo simplemente asentí con la cabeza, admirando a mi pequeña y lo feliz que se veía en ese instante. Trixie también estaba igual de emocionada, y no paraba de reír mientras miraba a Aria. Era un momento tan sencillo, pero tan especial.

Nick, como siempre, las estaba esperando afuera, listo para llevarlas al kínder después de que viéramos el lugar.

—Lo es—, afirmó Trixie mientras nos dirigíamos hacia el pasillo principal, todos entusiasmados.

Aria, como siempre, no podía quedarse quieta ni un segundo. Corrió de un lado a otro, mirando todo con esos ojitos llenos de curiosidad.

—Aria, no te alejes demasiado, por favor, y no corras—, le pedí en un tono calmado, intentando mantenerla tranquila mientras avanzábamos. Justo en ese momento, una puerta se abrió de repente y, sin tiempo para evitarlo, Aria chocó contra ella, cayendo al suelo con un fuerte golpe.

De inmediato, Aria comenzó a llorar, y el sonido de su llanto me rompió el corazón. Trixie y yo corrimos hacia ella sin pensarlo dos veces.

—¿Estás bien?—, pregunté, agachándome rápidamente a su nivel. Pero al mirar su cara, me asusté al ver que estaba sangrando. —Aria, por Dios—, murmuré con terror. Trixie estaba a mi lado, tratando de calmarla mientras yo la levantaba en mis brazos. —Sube la cabeza, cariño, tranquila, no va a pasar nada—, le dije con voz temblorosa, mientras la cargaba y me levantaba del suelo.

En ese preciso momento, escuchamos una voz que se disculpaba de una manera que me pareció tan falsa, que me hervía la sangre.

—Lo siento tanto—, dijo Rebecca, con una falsa preocupación que no pude soportar.

"Más falsa no puede ser", pensé con rabia.

—¡Perra maldita!, Aria está sangrando por tu culpa, loca de mierda!—, le gritó furiosa Trixie. Aria no dejaba de llorar, mientras su peluche quedaba manchado de sangre. Me sentía impotente y frustrada, sin poder hacer mucho para calmar la situación.

—Esto debe ser una broma—, respondió Rebecca, desafiante. —Ella fue la estúpida que estaba corriendo, esto es una universidad, no una guardería—, añadió, aumentando mi enojo.

—¡Cállate!— gritó Trixie, sus ojos comenzaban a ponerse rojos de ira, y mi preocupación por ella aumentaba.

—¡A mí no me hables así, mocosa!— Rebecca levantó la mano, como si estuviera a punto de golpearla, y eso me hizo perder el control. Aria seguía llorando, Trixie estaba peleando y Rebecca solo decía estupideces.

En ese instante, una voz profunda y autoritaria resonó, deteniendo la escena.

—La tocas y te juro que yo mismo te corto la mano— murmuró de forma frívola alguien, y vi cómo la mano de Rebecca fue detenida en el aire por Eros, quien había llegado de la nada. Aunque realmente estaba tan centrada en mi niña que ni siquiera me di cuenta.

Sostenía su muñeca con fuerza, presionando, y luego la lanzó lejos de él con un movimiento brusco.

—¿Entendiste?— dijo, mirando a Rebecca con una furia controlada.

Rebecca, completamente furiosa, intentó retomar el control.

—¡Soy tu novia!— se quejó, mirando a Trixie. —Deberías defenderme a mí, no a esa mocosa—, añadió, pero Eros no la dejó seguir.

—Nadie las toca... es mi hija—, le respondió él, con voz fuerte y firme, golpeando la puerta con su puño. —Nadie, absolutamente nadie la toca... Ahora, lárgate de aquí—, ordenó, con una rabia contenida que casi podía sentir en el aire.

Rebecca, furiosa, se fue sin decir nada más, dejando una sensación de tensión flotando en el ambiente.

Aria seguía llorando en mis brazos, y me sentí completamente desgarrada por no poder calmarla.

—Mamá, me duele mucho—, sollozó ella, apretando su conejo con fuerza. La acurruqué en mis brazos con cuidado, intentando que se sintiera segura.

—Gracias, Snif—, dije entre lágrimas, agradeciendo el apoyo que Eros nos había brindado. Trixie lo miraba con algo de timidez, y me hizo una señal para que fuéramos al médico. —Vamos, Trixie, llevemos a Aria con un médico—, le dije, comenzando a caminar rápidamente, con Aria aún en mis brazos.

Trixie me dijo algo a Snif, aunque no pude oírlo porque ya estábamos bastante lejos. Luego, corrió hacia nosotras, uniéndose a nuestra caminata. Corrimos por los pasillos de la universidad, los ojos de todos fijándose en nosotros. Me preocupaba ver a Aria sangrando en mis brazos, y me aterraba cuando, de repente, dejó de llorar.

Fue un instante horrible. El pánico me invadió y, sin pensarlo, empecé a gritar.

—¡Ayuda, por favor!— rogué, con el corazón acelerado, mientras las lágrimas caían por mis mejillas. Trixie también pedía ayuda, y ambas corrimos hacia la salida, mientras Aria, ahora inconsciente, descansaba en mis brazos.

Un maestro de medicina, que había escuchado nuestros gritos, salió rápidamente de su aula.

—¡Señora Ferrer!— se alteró al ver nuestra situación. Se acercó a mí de inmediato. —Venga—, dijo, guiándome hacia su aula sin pensarlo dos veces. Agradecí en silencio que fuera tan rápido.

El maestro nos llevó a su salón, donde varios estudiantes de segundo año estaban presentes. No me importaba en absoluto.

—Colóquela en mi escritorio—, pidió, dirigiéndose hacia un estante para tomar algunos suministros médicos. Siguiendo sus instrucciones, coloqué a Aria en el escritorio. Los estudiantes nos miraban, pero yo estaba demasiado preocupada por mi hija como para prestarle atención a sus miradas.




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