Me dolieron las palabras de Trixie antes de irse detrás de Maritza:
"No soy tu hija, dejé de serlo cuando dañaste a Maritza..."
Esas palabras quedaron grabadas en mi mente. Ella ama a Maritza, y lo peor es que es completamente consciente de lo que ocurrió hace años. Las palabras de Trixie me atravesaron como un puñal, pero también pude ver algo más en su mirada, un dolor profundo y una rabia contenida que no había visto en ella antes. Su relación con Maritza no solo era de amor, sino de una lealtad inquebrantable. Eso me hizo pensar en cómo, incluso después de todo lo que pasó, Trixie aún sigue viendo a Maritza como una figura central en su vida.
Luego, la forma en que sus ojos cambiaron cuando se enfrentó a Rebecca... parecía que estaba lista para destruirla, sin importar nada. Ese cambio en su actitud, tan visceral y tan rápido, me dejó algo preocupado. Nunca antes había visto esa furia en Trixie. ¿Qué había hecho Rebecca para despertar esa ira tan intensa? Y lo más preocupante... ¿qué pasaría si Rebecca decidía hacerle daño a alguien más cercano?
~ REBECCA ~
La ira se apoderó de mí. No podía quedarme de brazos cruzados mientras esa maldita desquiciada seguía haciendo de las suyas. Salí corriendo en busca de Rebecca, mi mente llena de preguntas y de preocupación. No me quedaban dudas de que no había sido un accidente lo que ocurrió con Aria. Antes de abrir la puerta, Rebecca había sonreído de una manera que solo alguien completamente trastornado podría hacerlo. Y la forma en que empujó a la niña... todo en ese momento fue tan calculado, tan frío, que me dio escalofríos.
Corro por los pasillos de la universidad, tratando de encontrarla. Escucho los murmullos y los rumores que circulan por doquier, pero mi mente está fija en una sola cosa: encontrarla y detenerla. Cuando llego al patio, la encuentro. Rebecca está saltando y cantando, dando vueltas sin ningún sentido. Sus movimientos erráticos la hacen parecer aún más desquiciada de lo que ya está. Es como si se estuviera burlando de todo el mundo, como si estuviera disfrutando de una situación que ni ella misma entiende.
—Rebecca—, la llamo con voz firme. Ella se detiene de inmediato y me mira, sus ojos brillando con una intensidad peligrosa.
—Amor—, dice ella con una sonrisa en los labios, como si nada de esto tuviera importancia. Su tono de voz es casi dulce, pero hay algo oscuro detrás de sus palabras.
—¿Estás loca?—, me quejo, tomando sus hombros con fuerza. No sé si es miedo o ira lo que siento, pero lo que está pasando está fuera de control. Ella solo suelta una risa, como si mis palabras fueran un chiste para ella.
—Casi matas a la niña...—, le reclamo, pero ella no parece afectada en lo más mínimo. Al contrario, su risa se hace más fuerte, más aterradora.
—Qué bueno, luego solo me deshago de la otra mocosa y de la Ferrer—, murmura, hablando consigo misma, como si estuviera planeando algo más. La sorpresa y el miedo me recorren, y por un momento me siento completamente fuera de lugar. La solté, dando un paso atrás, completamente asustado por lo que acababa de escuchar.
—¡Estás loca!—, le grito, mi voz temblorosa. Ella no parece intimidada, al contrario, se ríe aún más fuerte.
—Eso dicen—, responde ella, acercándose a mí con una sonrisa más amplia. Me da un beso en la mejilla, un beso que se siente como una burla. Mi instinto me empuja a apartarme rápidamente, pero ella ya está en movimiento. Se aleja con una ligereza inquietante, dando saltos y cantando, como si estuviera en su propio mundo, sin importarle lo que haya causado.
—Nos vemos luego, amor, tengo algo que hacer—, dice, antes de desaparecer entre la multitud, aún cantando de manera extraña.
Me quedo allí, mirándola alejarse, incapaz de entender lo que acaba de ocurrir. ¿Cómo alguien con su apariencia, tan dulce y aparentemente inofensiva, puede esconder una mente tan desquiciada? Es como si estuviera jugando un juego macabro con todos nosotros. Su actitud, su frialdad, todo en ella me da miedo.
Los rumores sobre lo que había pasado no podían ser más inquietantes, y lo peor es que aún no tenía claro hasta dónde estaba dispuesta a llegar Rebecca. Sabía que Maritza no estaba bien después de todo esto, y la angustia que sentía por ella me carcomía por dentro. Sin duda, Maritza estaba al borde de un ataque, y lo que menos necesitaba en ese momento era que Rebecca se metiera más en nuestras vidas.
Decidí adentrarme de nuevo en la universidad. Necesitaba encontrar respuestas, necesitaba saber si alguien más sabía algo de ellas. Aunque, a medida que pensaba en ello, me preguntaba si realmente había una forma de alejar a Rebecca de nuestras vidas. Esta loca no parecía tener límites, y mientras más pensaba en ello, más claro se hacía que la situación estaba fuera de control.
(...)
No supe nada de ellas, solo que después del incidente en el salón de clases de maestro Carl, Maritza se fue con ellas en un auto de lujo, un Mercedes negro que conocía perfectamente.
El caos que se había desatado con Rebecca me tenía al borde de la desesperación.
Al entrar en mi casa, sentí el peso del cansancio que me envolvía. Había estado corriendo de un lado a otro todo el día, tratando de comprender lo que estaba pasando, tratando de entender cómo una persona como Rebecca podía ser capaz de hacer lo que había hecho. Y todo por culpa de esa maldita bruja que llamaba madre. Mi mente seguía dando vueltas y no podía dejar de pensar en lo que había sucedido.
Entré a la casa, que siempre me había parecido fría y vacía. La entrada estaba adornada con cuadros abstractos y muebles minimalistas, pero el aire era denso, como si algo estuviera mal en el ambiente. El olor a madera y a perfume barato se mezclaba en el aire, y cada paso que daba resonaba en la gran sala. Pasé por el living, un espacio grande y elegante con varios sofás de cuero negro. Allí, sentada en uno de ellos, estaba mi madre, la bruja, con sus anteojos puestos, leyendo un libro de tapa dura. Al verme entrar, se quitó los anteojos lentamente y me miró con su expresión de siempre, como si nada estuviera ocurriendo. La ignoré, sin ganas de entablar conversación.
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Editado: 15.07.2026