Ya habían pasado varias horas desde que llegamos al hospital, y el agotamiento físico y emocional me pesaba cada vez más. Trixie, en su pequeño mundo, se había quedado dormida en mi regazo, ajena a la tensión que me envolvía. Estaba esperando noticias de mi niña, mi pequeña Aria, que había pasado por algo tan traumático. Mi mente no dejaba de repetir la escena en la que vi su rostro golpeado, su nariz rota, y la angustia que sentí al no saber si estaba bien o si algo peor podría haberle pasado.
De repente, la doctora que se había llevado a Aria salió de una de las habitaciones. La miré con los ojos llenos de ansiedad, sin poder disimular la esperanza que me nacía al verla. Me acerqué a ella con cautela, intentando no despertar a Trixie, que seguía profundamente dormida en mis brazos.
—¿Cómo está?—, pregunté con la voz algo quebrada, aunque intentaba mantener la calma.
La doctora me sonrió con una suavidad que me dio algo de alivio. Pero sabía que aún quedaban muchas incógnitas por resolver.
—Está muy bien. Ha perdido mucha sangre, y el shock la hizo desmayarse, pero no es nada grave. Solo necesita recuperarse, descansar y seguir observándola un poco más—, dijo, con voz tranquilizadora.
Un suspiro de alivio escapó de mis labios, pero mi corazón aún seguía acelerado. Mi niña había pasado por tanto.
—Muchas gracias, ¿puedo pasar a verla?—, pregunté, casi con desesperación.
—Claro, la habitación 164, piso 2—, me indicó, asintiendo con la cabeza.
Sonreí débilmente, agradecida por la información, y observé cómo la doctora se alejaba. Mi mente ya estaba volando hacia la habitación, hacia mi hija.
Antes de irme, alguien me llamó por el nombre. Miré hacia un costado y vi a Moisés, quien estaba de pie con una expresión preocupada.
—Señora—, me dijo, y me acerqué a él.
—Voy a ver a Aria—, le informé, intentando mantener la calma. Mi voz, aunque tranquila, traicionaba el nerviosismo que sentía por dentro. —¿Podrían traernos ropa para las tres y lavar el conejo de Aria, por favor? Está muy sucio—, le pedí mientras acomodaba a Trixie en mis brazos, pensando en todos los detalles pequeños que necesitaban ser atendidos. El conejo de Aria era como su fiel compañero, y sabía que no podría descansar hasta que estuviera limpio.
Lucía, que estaba adormilada en una silla cerca de la ventana, levantó la vista al escuchar mi solicitud. Se restregó los ojos con los dedos, y al ver que tenía el conejo de Aria en brazos, se levantó con un leve suspiro.
—Lo haré—, dijo Lucía, sin perder tiempo, con la voz aún cargada de sueño. —Luego será difícil sacar el color—, agregó mirando al conejo con una ligera sonrisa, como si ya se estuviera imaginando la tarea que le esperaba.
Le sonreí, agradecida. Era reconfortante ver cómo todos estaban tan dispuestos a ayudar.
—Muchas gracias, Lucía—, respondí con gratitud, ya sintiendo un poco de calma al ver cómo se ocupaban de los detalles. Luego, me dirigí a la puerta. —Voy a verla—, murmuré, y caminé hacia el ascensor, aún con Trixie en brazos.
El trayecto hasta el piso dos parecía eterno. Las luces del hospital titilaban suavemente mientras mi mente no dejaba de repasar todo lo ocurrido. Cada vez que pensaba en Aria, sentía una mezcla de preocupación y dolor. Mi pequeña había estado tan cerca de la muerte... ¿Cómo había podido suceder esto? El horror de lo que vivió me mantenía en vilo.
Finalmente, el ascensor llegó al piso 2 y, al salir, me encontré frente a la puerta de la habitación 164. La miré un par de segundos, tomé aire y, con un nudo en la garganta, la abrí suavemente. Al entrar, me encontré con la paz de la habitación. Aria estaba allí, dormida, su pequeño cuerpo descansando en la cama con una venda en la nariz. No parecía tener muchas otras lesiones, pero esa venda era un recordatorio de lo que había sucedido. Aunque el lugar estaba lleno de luces blancas, todo parecía más tranquilo. El pitido rítmico de la máquina que marcaba los latidos de Aria era lo único que rompía el silencio.
Me acerqué a ella, aliviada de verla allí, pero mi corazón seguía acelerado. Puse a Trixie en la cama junto a Aria, asegurándome de que estuvieran cómodas. Mi hija necesitaba descansar, pero yo también necesitaba estar cerca de ella, de sentir su presencia y saber que estaba fuera de peligro.
Me senté en la silla que estaba al lado de su cama, observándola mientras acariciaba suavemente la mejilla de Aria, evitando tocar la venda en su nariz. Mi mano temblaba ligeramente, pero intenté controlar la emoción que se apoderaba de mí.
—Todo estará bien, mi amor—, murmuré, con la voz quebrada por la emoción. No sabía si Aria me escuchaba o no, pero sentí que debía decirle algo, aunque fuera solo para tranquilizarme a mí misma. No importaba cuánto tratara de parecer fuerte, la angustia de la situación me estaba consumiendo.
Miré a Trixie, que se había acurrucado al lado de su hermana, abrazando el conejo que, aunque sucio, parecía ser el único consuelo para ella. Sonreí débilmente al ver la escena, un contraste entre la inocencia de los niños y la brutalidad del mundo exterior.
No supe en qué momento me quedé dormida. El cansancio había vencido a mis emociones y, con la tranquilidad que emanaba la habitación, me dejé llevar por el sueño, con la esperanza de que mañana todo sería mejor. Mi mente se apagó, pero antes de caer en un sueño profundo, pensé en cómo, por fin, todo estaría bien.
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Editado: 15.07.2026