El día había sido largo, y el agotamiento me estaba pasando factura. El peso de todo lo que había sucedido caía sobre mis hombros, y aunque había logrado mantenerme fuerte por mis hijas, el dolor no se iba. Estaba en la habitación de Aria, observándola mientras dormía, cuando la voz de Lucía me hizo abrir los ojos con dificultad. Miré a mi alrededor, sintiendo la pesadez en mis parpados, como si no pudiera mantenerme despierta por más tiempo.
—Señora—, me llamó Lucía, y me vi obligada a despertar, aunque la fatiga me nublaba la mente.
—Dime—, respondí con voz adormilada, esforzándome por ser clara, aunque mi cuerpo pedía descanso.
—El joven Eros Snif está buscándola en recepción—, me informó Lucía, y yo solo asentí, aún sumida en la confusión y la tristeza. El nombre de Eros resonó en mis oídos, y una sensación amarga se instaló en mi pecho. Sabía lo que significaba su presencia aquí, lo que venía a buscarme. Mi corazón aún latía por él, a pesar de todo lo que había sucedido.
—¿Podrías cuidarlas? No tardo—, le pedí a Lucía mientras me preparaba para enfrentar lo que se venía. Ella asintió sin decir palabra, y salí de la habitación, dejando atrás el silencio inquietante.
Cuando salí, la luz del sol me golpeó la cara con una calidez que, por un momento, me hizo sentir como si nada estuviera mal. Pero al darme cuenta de que todo seguía igual, que la angustia aún se aferraba a mi pecho, esa sensación se desvaneció. Eros estaba allí, esperándome. Lo vi acercarse, y una mezcla de emociones me invadió: rabia, tristeza, pero también una extraña sensación de esperanza, esa esperanza que siempre me había tenido atada a él.
—¿Cómo sigue ella?—, preguntó Eros, con una preocupación que parecía sincera, pero que yo ya no sabía cómo interpretar. Lo miré, con el rostro frío y distante, intentando controlar las emociones que me amenazaban.
—Bien—, respondí con simpleza, abrazándome a mí misma por el frío que sentía en el lugar. Estaba siendo breve, porque sabía que si empezaba a hablar más, perdería el control. El calor de la luz solar no conseguía disipar el frío interior que sentía por dentro. No podía creer que después de todo lo que había pasado, él estuviera allí, como si nada.
—Maritza, perdóname…—, comenzó, y sentí como un puño de dolor se apretaba en mi pecho al escuchar esas palabras. —Me gustaría que lo intentáramos de nuevo, sin mentiras—, dijo con una intensidad que, por un momento, me hizo pensar que lo decía de verdad. Pero enseguida, una risa amarga salió de mis labios.
—No, Eros—, dije, entrecerrando los ojos. —Eso lo hubieras pensado antes de hacerme una apuesta—, lo miré, sin poder evitar que mi sarcasmo saliera a la superficie. —¿Una apuesta? Qué original, en serio—, me burlé, tratando de ocultar la tristeza y la frustración que sentía.
Eros pareció dolido, pero no se dio por vencido. Se acercó un paso más, con la esperanza en sus ojos.
—Yo te amo, no he dejado de hacerlo—, dijo, y mis labios temblaron al escuchar esas palabras. No quería creerlas, pero una parte de mí seguía deseando que fuera cierto. Lo miré aturdida, con el corazón dividido, pero la realidad me golpeó con fuerza.
—Yo también te amo, desgraciadamente, aún lo hago—, murmuré, y vi cómo una ligera sonrisa se dibujaba en su rostro. Pero mi siguiente frase lo borró de inmediato. —Pero eso no significa que volveré contigo—, agregué con firmeza. —Eros, me lastimaste… No puedo regresar. No cuando me ha costado tanto estar bien conmigo misma luego de todo lo que ocurrió—, le dije de manera seria, y vi cómo su rostro se tornaba triste, como si las palabras fueran un golpe que no esperaba.
Eros guardó silencio, pero en sus ojos vi que aún no entendía el alcance del daño que había causado. Mis palabras no parecían suficientes para expresar todo lo que había sentido, todo lo que aún sentía.
—Perdóname—, murmuró, y me dolió escuchar esas palabras. Pero ya no era suficiente. Ya no podía ser suficiente.
—Con un "perdóname" no se arregla todo el daño hecho, Eros—, dije con voz baja, pero decidida. Él bajó la mirada, y suspiré pesadamente, como si todo el peso de los recuerdos me aplastara de golpe. —Gracias por defender a mis hijas—, le dije en un tono más suave, porque a pesar de todo, no podía olvidar el valor que había mostrado al protegerlas. Después de un breve silencio, él asintió.
—Espero que se ponga mejor—, dijo, y una sonrisa triste se dibujó en mi rostro. Asentí, sin saber cómo más reaccionar. Mi corazón aún no sabía si podía perdonarlo, ni si quería hacerlo.
—Creo que tengo que irme—, dijo, dando la vuelta para marcharse. Me quedé en silencio, observándolo irse, pero antes de que pudiera dar un paso más, me llamó.
—Maritza—, me dijo, y me giré hacia él, expectante.
—Dime—, respondí, mi voz más baja, más quebrada que antes.
—No dejes que Rebecca se acerque a ninguna de ustedes, está loca—, dijo, y su advertencia me golpeó con fuerza. Asentí, sabiendo que tenía razón. Rebecca había sido una sombra de lo que alguna vez fue, y no permitiría que sus locuras se interpusieran en la vida de mis hijas. Eros, con su mirada grave, se alejó, y su figura desapareció por el pasillo.
Caminé de regreso al cuarto, sintiendo como si el peso del mundo me hubiera caído de nuevo. Trixie ya estaba despierta, junto a Lucía y Aria. La vi a lo lejos, y sus ojos me miraron con preocupación.
—¿Está bien?—, me preguntó Trixie, y mi corazón se rompió un poco al ver su cara de niña asustada.
Le sonreí, intentando tranquilizarla. —Solo está descansando—, le dije con suavidad. Trixie asintió, pero la duda seguía en su mirada.
Me acerqué a ella, con la necesidad de consolarla. —Bebé, quiero que vayas a casa con Lucía, a tomar un baño y comer algo. Luego, más tarde regresas—, le pedí, sintiendo que necesitaba un momento para mí, para recomponerme antes de enfrentar nuevamente la tormenta que aún estaba por venir.
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Editado: 15.07.2026