Luego de hablar con Maritza, salí a paso lento del hospital. La verdad, me sentía aliviado al saber que aún me ama, pero ese alivio venía acompañado de un dolor profundo. Saber que me ama, pero no me dará una oportunidad, es como una doble herida que no sabe si cortar más rápido o dejarse arrastrar por el tiempo. Cada paso que daba hacia el estacionamiento me pesaba más que el anterior, como si estuviera caminando en un mar de incertidumbre.
Suspiré profundamente y froté mi rostro, sintiendo el peso del cansancio y la frustración sobre mis hombros. Mis pensamientos eran un caos. La emoción de saber que aún quedaba algo de nosotros era demasiado para procesarlo de inmediato, pero al mismo tiempo, el hecho de que me haya rechazado me hizo sentir como si mi corazón fuera una sombra rota. No era solo el amor que sentía por ella, sino el anhelo de hacer las cosas bien esta vez, de no caer en los mismos errores.
Al llegar al estacionamiento, vi a Simon esperándome. Habíamos quedado en desayunar juntos, pero cuando le conté lo que había sucedido, no dudó en insistir en que me acompañara al hospital. Él, con esa actitud suya de siempre querer hacerme sentir mejor, no me dejó solo. Aunque, a veces, deseaba que me dejara estar en mi dolor en paz.
Lo vi recargado en el capó de mi auto, mirando su teléfono con aburrimiento. Apenas me vio, se levantó y saltó hacia mí como un niño emocionado al ver su juguete favorito. Su entusiasmo, por más sincero que fuera, no podía contrarrestar lo que sentía.
—¿Y?, ¿Hablaste con ella?, ¿La viste?, ¿Qué te dijo? —me preguntó, como si mi respuesta fuera la que definiría su felicidad por el día. Yo reí un poco, intentando no dejar que la tristeza se filtrara en mi tono. Negué con la cabeza y bajé la mirada, aún procesando cada palabra que Maritza me había dicho.
—¿Aah?, ¿Por qué le haces así?, ¿La niña se murió? —exclamó, como si fuera una broma macabra. Me tomó por los hombros, sacudiéndome con esa energía desbordante de quien no entiende realmente el dolor ajeno. Sus ojos no podían ver más allá de su entusiasmo, y aunque me hacía reír, solo me recordaba lo mucho que me costaba entender lo que pasaba dentro de mí.
—No, la niña está bien —respondí, con un tono de voz más serio, tratando de darle la tranquilidad que mi cuerpo no sentía.
Él frunció el ceño, claramente sin entender. ¿Cómo podía explicarle que no se trataba de Aria? ¿Cómo decirle que el verdadero problema era yo y lo que había perdido?
—¿Entonces?, ¿Ella se fue a matar a la pelirroja y quien murió fue ella? —volvió a exagerar, y aunque reí ante la ocurrencia, algo en mi interior se quebró un poco más.
—Simon, nada de eso —respondí, ya cansado de todo el alboroto. Estaba agotado, física y emocionalmente, y no quería discutir sobre cosas que ni él ni yo podíamos cambiar.
Él me miró con esos ojos desconcertados, buscando una respuesta lógica, pero no había nada que pudiera explicarle. En ese momento, solo quería escapar de la incomodidad de estar rodeado de gente, incluso si era Simon, mi mejor amigo.
—¿Entonces? —insistió, esta vez con una mirada que mostraba más preocupación que curiosidad. Sus quejas, aunque con buen corazón, solo aumentaban el dolor que sentía en mi pecho.
Suspiré pesadamente. Este era el momento en el que no podía mentir más. No podía seguir ocultando el hecho de que mi corazón seguía atrapado en la misma historia, incluso si ella ya no quería nada conmigo.
—Dijo que me ama —le respondí, con voz quebrada, casi incapaz de soportar el peso de mis propias palabras. Aun cuando lo decía, algo en mí no lo creía completamente. ¿Cómo podía ser que, con todo lo que había hecho, Maritza aún me amara? ¿Y por qué no podía eso ser suficiente?
Simon, al escuchar mis palabras, mostró una sonrisa amplia, como si el simple hecho de saber que ella aún sentía algo por mí fuera suficiente para arreglar todo. Pero yo sabía que no era así. Las palabras no curaban el daño. Las promesas no borraban los errores.
—¡Eso es increíble! —exclamó, celebrando como si acabara de ganar el mejor premio de su vida. Pero yo no podía compartir su entusiasmo. Mis sentimientos estaban atorados en un nudo, y esa sonrisa de Simon solo hacía que el dolor fuera más intenso.
Me detuvo, notando la diferencia entre la alegría de su respuesta y la seriedad de mi rostro. Me miró, algo confundido, y esperó que yo dijera algo más. No pude.
—¿Y por qué no estás feliz, entonces? —preguntó, con el ceño fruncido, como si no pudiera comprender por qué algo tan positivo no me hacía sentir mejor.
Miré al suelo, buscando las palabras correctas. ¿Cómo explicarle que la aceptación de un amor no siempre es suficiente para sanar lo que se ha roto? Que, a veces, lo que realmente necesitamos no es saber que nos aman, sino que nos respeten y que nuestras cicatrices sean vistas con la misma empatía con la que las cargamos.
—Porque no volverá conmigo —dije finalmente, mi voz rota, llena de resignación—. Me dijo que le hice mucho daño.
La expresión en el rostro de Simon cambió por completo. Su sonrisa desapareció y, por primera vez, parecía entender la gravedad de lo que estaba pasando. Me dio una palmada en la espalda, un gesto que, aunque amistoso, no pudo consolarme. Su mirada era una mezcla de tristeza y comprensión, pero también de esperanza.
—Ya es un avance saber que te ama —comentó, tratando de encontrar algo positivo en todo esto. Se acercó más a mí, como si estuviera dispuesto a darme todo el apoyo que necesitaba. En cierto modo, me sentía agradecido por su presencia, aunque, al mismo tiempo, sentía que estaba empujando mi dolor a un rincón más oscuro de mi corazón.
—Eso te da una oportunidad para reconquistarla, para que te perdone —añadió, con ese optimismo que tanto me costaba abrazar en ese momento. Sonreí levemente, agradecido por su intento de alentarme. Simon siempre veía el vaso medio lleno, y eso a veces ayudaba a ver las cosas desde otra perspectiva.
#3918 en Novela romántica
#210 en Joven Adulto
amor secretos poder dolor, familia apuesta resilencia, luego de un tiempo triologia
Editado: 15.07.2026