Tenía que ser una broma. No podía ser real. Después de 22 años de transformación, ya me había resignado a vivir sin un mate.
Era una condena que acepté como parte de mi destino. Fui el segundo hijo del alfa de la manada Whit Wolf en Rusia, y hace años me vi obligado a huir de allí debido a los abusos que sufrí por no haber encontrado a mi mate. Viví con la carga de ser "incompleto", como alguien maldito, como una sombra en una manada que ya no podía considerarme parte de ella.
Lo peor de todo era que con cada año que pasaba, pensaba menos en la posibilidad de encontrar a mi mate, hasta que la esperanza de que eso sucediera se desvaneció por completo. El tiempo pasó y, por supuesto, la vida siguió su curso. Ya no tenía expectativas sobre encontrar a alguien que me completara. Y ahora, después de todo lo que había pasado, encuentro a mi mate en una niña.
Debía ser una broma de la Diosa Luna. Un chiste cruel que nunca pedí. Esto no podía ser real.
Después de un largo silencio, llegamos al bar donde trabajo. El ambiente estaba cargado de tensión, como si una tormenta de pensamientos y emociones se estuviera gestando entre nosotros. Los dos habíamos estado tan sumidos en nuestros propios pensamientos que ni una sola palabra había salido de nuestras bocas desde que dejamos la pizzería.
Fue Eros quien rompió el silencio, su voz cargada de duda y confusión.
—¿Estás seguro de que es mi hija? —me preguntó, casi como si esperara que le dijera que se trataba de un error, que todo era solo una fantasía.
"Claro que estaba seguro", pensé, su aroma era idéntico al de él, eso confirmaba todo. Pero no podía decirle eso directamente, no aún. El pensamiento de lo que implicaba esa verdad me atormentaba. La idea de que la niña rubia era mi mate... No. Era imposible.
Me encogí de hombros, buscando una respuesta que no revelara lo que estaba realmente pensando.
—Seguro, no puedo estarlo —dije, la frustración comenzando a filtrarse en mi voz. No podía dar una respuesta definitiva. —Te estoy diciendo mis sospechas.
Eros suspiró, frustrado, y se frotó la cara con las manos, como si quisiera rascarse la confusión que lo consumía.
—Ella me lo hubiera dicho —se quejó, su tono estaba cargado de esa sensación de traición, como si Maritza le hubiera ocultado algo importante, algo que no podía perdonarse.
Yo lo miré, tratando de darle una explicación más racional, aunque mi mente estaba igualmente en caos. Sabía que lo que estaba por decirle no iba a calmarlo, pero era lo único que podía ofrecer.
—Tiene miedo —le respondí, observando el desespero en su rostro. —Es normal que te lo oculte.
Él recostó su cara en el volante, con la frustración claramente reflejada en su postura. Me dolía verlo así, pero entendía lo que estaba pasando por su mente.
—Piensa con la cabeza fría —continué, mi voz más firme, como si intentara infundirle algo de calma. —Ahora estás aturdido con todo. La actitud de Trixie fue comprensible, seguro piensa que la alejarás de su hermanita. Aria es una niña muy especial, muy inteligente, pero también muy vulnerable.
Eros levantó la cabeza ligeramente, mirándome desde su asiento con la cara aún apoyada en el volante, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando. Yo seguí, porque sabía que necesitaba escuchar esto.
—No hagas nada estúpido. Te conozco, sé que pelearás con ella. No actúes de manera infantil, porque lo que harás será alejarla de nuevo. Una madre es capaz de hacer lo que sea por sus hijos, y Maritza... se ve que las ama demasiado. Será capaz de ponerte cien pies bajo tierra si las dañas.
Eros soltó una pequeña risa, como si el peso de la verdad le hubiera golpeado con fuerza.
—Y me consta —respondió con un tono más relajado, agradecido por mis palabras, aunque todavía visible su confusión.
A pesar de todo, le di una leve sonrisa, sabiendo que, aunque lo dijera en tono sarcástico, algo de verdad había en lo que acababa de decir.
—Gracias —dije, inclinándome un poco hacia él.
—No hay de qué —respondí con una sonrisa, mientras me preparaba para bajar del auto. —Nos vemos. Y piensa en lo que te dije. No actúes a la defensiva, que ella ya lo está haciendo. Si haces lo mismo, no terminará nada bien.
Eros asintió, aunque la duda aún brillaba en sus ojos. Cerré la puerta del auto, y mientras veía cómo se iba, un suspiro frustrado escapó de mis labios. Mi mate. Mi maldita mate.
Al escuchar la voz de Aiden, mi lobo, sentí que la realidad golpeaba con más fuerza aún.
—¡Mi mate! —festejó Aiden, mi lobo, como si no le importara en lo más mínimo que fuera una niña humana.
—Una niña humana —dije entre dientes, algo molesto. Mi mente no podía dejar de procesar lo que me acababa de revelar la Diosa Luna.
Un mate, pero en una niña. No podía ser. No quería que fuera verdad.
—¡Mi mate!, No me importa qué es, es mi mate! —gruñó Aiden, con un tono de enojo y desesperación. —¡No me importa si es humana, si es un lobo, si es un vampiro!, Es mi mate. — chillo en tono desesperado.
Suspiré profundamente, sintiendo cómo el peso de esta nueva realidad me aplastaba. Mi cuerpo deseaba estar cerca de ella, pero mi mente se negaba a aceptarlo. Una niña. Era solo una niña... Pero su presencia, su cercanía, me hacía sentir algo que no podía ignorar.
Me quedé allí por un momento, en el umbral del bar, luchando con mis propios sentimientos y mis pensamientos. ¿Cómo demonios podía ser esto real?
Me forcé a entrar, buscando sumergirme en el bullicio del bar, en el ruido de los clientes y el ambiente que me era familiar. Quizás en medio de esa confusión podría encontrar algo de claridad. Pero lo único que encontraba era el constante eco de la misma pregunta en mi cabeza:
¿Cómo iba a vivir con el hecho de que mi mate fuera una niña humana?
Lejos de que fuera humana, eso no era lo que realmente me molestaba. En realidad, si lo pensaba con calma, el ser humana era solo un detalle. Lo que me destruía por dentro era el hecho de que era una pequeña niña. Una niña. Mi mate. La Diosa Luna realmente me había tomado como su experimento, y con la crueldad de un dios caprichoso, se puso a jugar con los hilos de mi destino sin importarle las consecuencias.
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Editado: 15.07.2026