Conducía hacia mi casa, pero mi mente no dejaba de dar vueltas. El sonido constante del motor de mi coche parecía ahogarse entre mis pensamientos, como si fuera incapaz de romper el caos interno que había creado la conversación con Simon. ¿Era Aria realmente mi hija? Quería creer que no, que todo era una confusión, una exageración de alguien que pensaba demasiado, pero algo en mi interior me decía que tal vez Simon tenía razón. Si Aria realmente fuera mi hija, ¿por qué Maritza no me lo habría dicho antes?
El simple hecho de imaginar que podía tener una hija me desbordaba, pero la duda seguía allí, acechándome. ¿Por qué no lo había sabido antes? ¿Por qué me mantenía en la oscuridad? ¿Acaso me había ocultado algo tan grande como eso? Lo que Simon decía tenía sentido: Aria se comportaba diferente, su actitud defensiva hacia mí, su manera de tratarme con una desconfianza que no se sentía natural para una niña. Pero... ¿por qué no me lo había dicho?
No pude seguir pensando en eso. Necesitaba saber la verdad, necesitaba hablar con Maritza. No podía vivir con esa duda, no importaba lo difícil que fuera enfrentar lo que pudiera escuchar. Si era mi hija, entonces tenía derecho a saberlo. Pero el miedo de lo que podría pasar me detenía. ¿Y si me lo negaba? ¿Y si me acusaba de ser irresponsable? ¿Cómo podía haberme dejado engañar tanto?
Decidí que tenía que llamarla, hablar con ella. Ya no podía esperar más. Dejé el teléfono en altavoz mientras seguía conduciendo, dejando que la voz de Maritza me guiara, aunque mi mente estuviera hecha un torbellino.
"Un tono…
Dos tonos…
Tres tonos…
Cuatro tonos…"
Finalmente, escuché la voz que tanto me había acompañado en mi vida, pero que ahora sonaba tan distante, casi un eco lejano.
— ¿Diga? — contestó Maritza, y esa simple palabra me hizo sentir que el suelo se desmoronaba bajo mis pies.
Maritza. No sabía si sentía alivio o terror al escucharla. Sentía el peso de la conversación que estaba a punto de tener, y no podía escapar de ello.
— Maritza — la llamé, deteniéndome en un semáforo, apenas sin aliento. — Soy yo.
Un breve suspiro pasó del otro lado, y después escuché su voz, firme pero suave, como siempre.
— ¿Qué deseas, Eros? — respondió, y su tono me hizo sentir como si me estuviera evaluando, como si ya supiera que algo no estaba bien.
Había tanto que quería preguntarle, pero el miedo me ahogaba. No sabía cómo decir lo que estaba pensando, pero tenía que hacerlo, no podía seguir con esta angustia. Tenía que saber la verdad.
— Tengo una pregunta, y necesito que seas honesta conmigo... — dije, mis palabras saliendo apresuradas. — Te prometo que no me enojaré, pero necesito saber la verdad, por favor. No sabía cómo más pedirlo, mi voz estaba llena de una desesperación que no podía controlar. Mi mente me decía que podía haber sido un error, que tal vez Simon había malinterpretado todo, pero mi corazón me empujaba a buscar la respuesta.
Hubo un silencio, uno que me hizo sentir como si el tiempo se detuviera. Ese espacio vacío entre mis palabras y su respuesta era más pesado que cualquier otro momento en mi vida.
— Dime — respondió finalmente, con una calma que solo hacía aumentar mi ansiedad.
El semáforo cambió a verde, pero ni siquiera lo noté. Todo lo que podía ver era el camino por delante, vacío, pero sin rumbo. Ya no había vuelta atrás.
— ¿Aria es mi hija? — la pregunta salió de mis labios como una súplica, un susurro desesperado. Tan directo, tan crudo, pero con el peso de todo lo que eso significaba.
Un jadeo se escuchó al otro lado de la línea, tan leve que casi no lo percibí, pero fue suficiente para hacerme cuestionar todo lo que había creído hasta entonces.
— ¿Maritza, lo es? — volví a preguntar, ahora mi voz un poco más rota, como si de alguna manera necesitara escuchar su confirmación para poder creerlo. Pero al mismo tiempo, temía la respuesta, temía lo que pudiera significar para todos nosotros.
El silencio que siguió fue más pesado que nunca. Parecía interminable. Mi corazón latía con fuerza en mis oídos, y mi respiración se volvió irregular, como si el aire ya no fuera suficiente. Quería que dijera algo, cualquier cosa, pero no podía forzarla.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, la escuché. Su voz, suave pero firme, resonó a través del teléfono.
— Sí. — respondió, la palabra como un golpe directo al pecho.
Mi mundo se detuvo. Sí. Aria era mi hija.
El aire pareció volverse espeso, y mis pensamientos se atropellaron en mi mente. Era mi hija. No sabía si sentirme feliz, aliviado o aterrorizado. El peso de esa verdad cayó sobre mí como un alud, aplastándome con todo lo que implicaba. Tenía una hija, pero todo lo que había hecho hasta ahora me hacía sentir tan incapaz de ser el padre que ella necesitaba. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¿Por qué Maritza me había ocultado eso? ¿Cómo podía ser que todo este tiempo hubiera vivido con la duda, sin siquiera sospechar que esa niña era mía?
Sonreí, pero fue una sonrisa tonta, algo nerviosa, sin saber cómo reaccionar. Mi mente estaba llena de confusión, pero también de una extraña alegría, una que no podía entender bien. Aria era mi hija.
— Es una niña muy hermosa — dije, incapaz de ocultar mi emoción, aunque mis palabras sonaron como un susurro. No sabía cómo seguir, no sabía qué hacer ahora que lo sabía. Pero lo único que importaba era que ella era mía, que de alguna manera había llegado a mi vida.
Desde el otro lado de la línea, escuché la risa suave de Maritza, esa risa que tanto me había tranquilizado en el pasado, pero que ahora me sonaba un poco triste.
— Sí, lo es. — respondió, y algo en su tono me hizo darme cuenta de que esta conversación no había terminado. Había más que decir, pero yo no sabía cómo preguntar más.
Mi mente estaba llena de dudas y preguntas, pero lo único que sabía con certeza era que no podía seguir sin hacerme cargo de la situación. Tenía que aprender a ser padre. Y no me quejaba en lo más mínimo por la idea.
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Editado: 15.07.2026