Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

68 - Maritza

El aire en la habitación se volvió denso, sofocante. Mis pulmones parecían no llenarse lo suficiente, y mi corazón golpeaba con violencia contra mis costillas. ¿Qué acababa de pasar?

La llamada con Eros se había cortado de golpe. Primero, el estruendo del impacto; después, los gritos y el sonido de alguien siendo arrastrado a la fuerza. Mi mente intentaba procesarlo, pero el pánico se filtraba como veneno en mis venas.

Lo habían secuestrado.

El pensamiento me heló la sangre. Un vacío profundo se abrió en mi pecho, pero no podía permitirme ceder al miedo. No ahora.

Salí disparada de mi cuarto, sin importarme que aún estaba descalza y con ropa ligera. Mis pies golpeaban el suelo con fuerza mientras mis dedos temblorosos marcaban el número de Nick en el teléfono.

—¡Nick, ven! —grité con desesperación, bajando las escaleras de dos en dos.

Él apareció en el living casi al instante, su rostro pálido reflejaba la preocupación.

—¿Qué pasó? —preguntó, respirando entrecortado.

Corrí hacia él, sin detenerme.

—¡Localiza el auto de Eros ahora! Tuvo un accidente y creo que lo secuestraron.

Mi voz se quebró al final, pero me obligué a mantenerme firme. Nick parpadeó, su expresión pasó de sorpresa a alarma en cuestión de segundos. Antes de que pudiera reaccionar, un ruido de pasos apresurados en la escalera captó mi atención.

Trixie y Aria bajaron corriendo, sus pequeños rostros llenos de confusión y miedo.

—¿Qué pasó con mi papá? —preguntó Trixie en un hilo de voz, sujetando con fuerza la mano de Aria.

El nudo en mi garganta se hizo insoportable. No podía decirles todo, no ahora.

—Trixie, necesito que te quedes con Lucía y Aria en la habitación —dije, manteniendo la voz lo más serena posible.

—Pero mamá…

Me arrodillé frente a ella y tomé sus manos con suavidad.

—No lo sé, cariño, pero prometo averiguarlo. Solo quédate con Aria aquí, ¿sí?

Su labio inferior tembló y sus ojos se llenaron de lágrimas, pero asintió con la cabeza. Sin decir nada más, se dio la vuelta y subió de nuevo con su hermana, llevándola de la mano.

Me puse de pie con un nuevo aire de determinación. No iba a permitir que le hicieran daño.

Salí al porche y vi a los guardias apostados en sus posiciones. El ambiente estaba tenso, expectante. No dudé.

—¡Necesito que rodeen toda la casa! Nadie entra, nadie sale —ordené con autoridad.

Los hombres se pusieron en posición de inmediato.

—¡Traigan a los hombres de pelea!

Hubo un breve murmullo entre ellos, pero nadie cuestionó mis órdenes. Sabían lo que estaba en juego.

—¡Tenemos que encontrar a Eros Mikail Snif Salazar lo más pronto posible!

Al instante, la casa se convirtió en un hervidero de actividad. Los soldados corrían, las comunicaciones se encendían y los vehículos se preparaban para la búsqueda.

Sin perder tiempo, volví a la casa con pasos decididos y me dirigí directamente a mi cuarto.

Abrí el cajón de mi escritorio y saqué mi pistola. Mi mano, firme, la sostuvo mientras deslizaba un cargador y la aseguraba con un chasquido metálico. No iba a quedarme sentada esperando noticias.

Fui al armario y saqué mi chaqueta de cuero, deslizándola sobre mis hombros. Luego, me aseguré de llevar un par de dagas en mi cinturón. No confiaba únicamente en las armas de fuego.

Cuando salí de la habitación, Nick ya me esperaba en la entrada con su celular en la mano.

—Tenemos la última ubicación del auto —dijo, mirándome con intensidad—. Está destrozado en la autopista principal. Él no está en el auto. Hay huellas de otro vehículo.

Mi mandíbula se tensó. Lo habían planeado.

—¿Pudieron rastrear a dónde lo llevaron?

Nick negó con la cabeza.

—Se lo llevaron a la fuerza. Hay cámaras en la zona, pero alguien las cortó justo después del accidente.

Una ira fría me recorrió.

—Eso significa que alguien sabía exactamente lo que hacía.

Nick asintió.

—¿Cuál es el plan?

Le miré a los ojos.

—Averigua quién lo tiene y dónde lo llevan. —Me giré hacia la puerta mientras aseguraba mi pistola en la funda de mi pantalón. Mi corazón latía con furia contenida—. Tenemos que salvar al padre de mis hijas.

Yo no pensaba esperar.

—Siempre.

El rugido del motor llenó la noche mientras salíamos disparados.

Nick irrumpió en mi habitación sin aliento, con el rostro desencajado y el teléfono aún en su mano.

—Su auto está destrozado en la autopista principal. —Su voz tembló, pero su determinación no flaqueó—. Él no está en el auto y hay huellas de otro vehículo en la escena. Se sospecha que se lo llevaron.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, pero no me permití mostrar debilidad. Mi mandíbula se tensó, mis puños se cerraron. Lo habían planeado. Esto no era un simple accidente.

—Averigua quién lo tiene y dónde lo llevan. —Ordené sin siquiera mirarlo mientras aseguraba mi arma en la funda de mi pantalón—. Tenemos que salvar al padre de mis hijas.

Nick asintió con una sonrisa llena de determinación y salió corriendo para hacer su trabajo.

Me dirigí al armario, arrancándome el vestido de una vez. No podía darme el lujo de estar incómoda. Me puse pantalones ajustados, una blusa de manga larga y botas resistentes. Nada que pudiera estorbarme si tenía que pelear.

Guardé la pistola en la faja de mi pantalón y tomé un par de dagas que descansaban en el buró. Nunca se sabe cuándo un arma de fuego podría fallar o cuándo el combate requeriría algo más sigiloso. Enganché las dagas en mi cinturón y, con un movimiento rápido, me recogí el cabello en una coleta alta.

Antes de salir, pasé por la habitación de Trixie. La puerta estaba entreabierta, y dentro, Aria estaba con ella, junto a Lucía. Moisés, uno de mis mejores hombres de seguridad, permanecía de pie en la habitación, asegurándose de que nada ni nadie se acercara a ellas.

Desde la puerta, Nick me miró, asintiendo en silencio.




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