El dolor era un recordatorio constante de mi situación. Mi cuerpo entero palpitaba con moretones y heridas, y mi cabeza latía como si me hubieran golpeado con un mazo. La sensación de ardor en mis muñecas me decía que en algún momento habían estado atadas, pero ahora el verdadero problema era la cadena de hierro que me mantenía sujeto por el tobillo derecho.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que me habían secuestrado. ¿Horas? ¿Días? El lugar era un agujero oscuro y húmedo, con un leve resplandor de luz filtrándose por una rendija en la parte superior de la pared. Me había tomado un rato acostumbrarme a la penumbra, pero ya podía ver las grietas en el concreto, la suciedad en el suelo y la oxidada argolla que me mantenía prisionero.
Suspiré con frustración, jalando la cadena sin éxito. No me importaba cuánto tiempo llevaba aquí, lo único que me importaba era Maritza. ¿Había escuchado la pelea antes de que la llamada se cortara? ¿Estaba bien? ¿Sabía siquiera que me habían secuestrado?
La impotencia era peor que el dolor. Me dejé caer contra la pared, con las piernas extendidas y la cabeza recargada hacia atrás. El frío del concreto se filtró a mi piel, pero lo ignoré. A pesar de todo, dentro de mí había un pensamiento que me hacía aferrarme a la esperanza.
Tenía una hija con ella. Bueno, dos hijas.
Y tenía que salir de aquí. No solo por mí, sino por ellas. Por Maritza. Tenía que encontrar la manera de regresar y suplicarle otra oportunidad, demostrarle que no volvería a fallarle.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido metálico de la cerradura. Alcé la vista justo cuando la puerta se abrió y un torrente de luz hirió mis ojos. Parpadeé varias veces, tratando de acostumbrarme al cambio repentino.
Una silueta apareció en el umbral.
Al principio no reconocí el rostro, pero cuando la luz iluminó sus facciones, mi cuerpo entero se tensó.
—¿Amor?
La palabra me supo amarga en la boca.
Rebecca.
Ahí estaba ella, parada en la puerta con una bandeja en las manos. Sobre la bandeja descansaban las llaves de mi prisión, brillando bajo la luz.
Bufé con amargura y recargué la cabeza contra la pared, sin molestarse en ocultar mi disgusto.
—Debí suponerlo —murmuré con desprecio.
Me fijé mejor en ella. Su cabello caía en ondas sobre sus hombros y su expresión era la de alguien que creía tener el control. Me di cuenta de que llevaba puesto su perfume favorito, ese que antes me gustaba pero que ahora me resultaba sofocante.
—Lamento lo que hicieron esos estúpidos —dijo en tono dulce, caminando hacia mí con la seguridad de quien se siente en ventaja—. No quería que te lastimaran, pero obtuvieron su merecido por tratarte como un animal, cariño.
Se arrodilló frente a mí, dejando la bandeja en el suelo. La puerta seguía abierta tras ella, pero sabía que no podría escapar con la cadena aún asegurada a mi tobillo.
Intentó tocar mi rostro, sus dedos se acercaron a uno de los moretones en mi mejilla, pero aparté su mano de un manotazo.
—No me toques —gruñí.
Rebecca suspiró, como si estuviera tratando de lidiar con un niño terco.
—Te traje comida —dijo, ignorando mi rechazo—. Tu madre me dijo que era tu favorito.
Abrió la bandeja con una sonrisa satisfecha.
—Pollo a la plancha con puré de papas.
El aroma llenó el reducido espacio, pero mi estómago se revolvió con repulsión. No por la comida, sino por la situación.
—¿Mi madre? —pregunté, extrañado, mirándola.
Ella asintió, dejando escapar una risa macabra.
—Sí —respondió con diversión—, aunque mi suegra me trató muy mal esta mañana. —Hizo un puchero exagerado.
La miré con miedo.
—¿Qué le hiciste? —pregunté con cautela.
Rebecca me sostuvo la mirada y luego se encogió de hombros, como si hablara de algo insignificante.
—Oh, eso... —dijo con ligereza—. Está en otra habitación, cerca de esta. Simplemente le di su merecido por interponerse en nuestra relación.
Sonrió con tranquilidad, sin el más mínimo rastro de remordimiento. Un escalofrío recorrió mi espalda.
No... No puede ser...
—¿E-está viva? —murmuré, temiendo la respuesta, pero necesitando saberlo.
—Por supuesto —dijo con entusiasmo, dando pequeños aplausos—. Necesitamos su bendición para casarnos.
Mis nervios se dispararon.
—Estás loca —dije, alejándome instintivamente.
Rebecca rodó los ojos y suspiró con fastidio.
—Ya estoy harta de que digan eso —gruñó, cruzándose de brazos—. ¿Por qué siempre lo repiten?
—Porque es la verdad —repliqué.
Ella sonrió, negando con la cabeza.
—No, mi amor —dijo con dulzura, su sonrisa nunca desapareciendo—. Yo no estoy loca… Estoy enamorada.
Su tono era simple, como si estuviera explicando algo obvio. Su mirada se clavó en la mía con una intensidad inquietante.
—Y pronto estarás igual o más enamorado que yo... Te lo aseguro —añadió con convicción.
Negué con la cabeza.
—Jamás estaría enamorado de alguien como tú. En otras circunstancias, tal vez... —admití con frialdad.
Rebecca sonrió de nuevo, pero esta vez su expresión tenía algo oscuro, algo peligroso.
—Lo estarás —afirmó con seguridad—. Y si para lograrlo tengo que matar a todo un continente, lo haré sin dudar.
Se puso de pie y tomó unas llaves de su bolsillo.
—Te dejo para que comas, amor.
—Espera —la llamé.
Se detuvo y me miró con curiosidad.
—¿Puedo ver a mi madre? —pregunté con cautela.
Dudó por un momento, evaluándome.
—Por favor, cariño... —agregué con fingida ternura. Necesitaba tenerla de mi lado por ahora.
Rebecca sonrió con emoción.
—Cuando termines de comer, la traeré contigo. Tal vez logres convencerla de darnos su bendición para la boda —dijo con ilusión.
—S-sí, claro —respondí, fingiendo entusiasmo.
Su sonrisa se amplió y salió de la habitación, cerrando la puerta tras ella.
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Editado: 15.07.2026