Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

70

Mientras el personal de Maritza buscaba por todas partes a Eros, yendo y viniendo, dispersándose entre las calles donde se había visto el auto que se lo llevó, en la casa, Trixie estaba nerviosa por no saber nada de su padre.

Aria, luego de hacer muchas preguntas sobre Eros y jugar hasta cansarse, finalmente cayó rendida en su cama después de cepillarse los dientes.

—Papá va a estar bien —se aseguró a sí misma Trixie, mirando a Aria dormir.

Moises la observó enternecido, mientras que Lucía apretaba su mano con fuerza.

—Mamá lo encontrará y lo salvará. Sabrá que él es su padre y todo estará bien —siguió, asintiendo, como si intentara convencerse a sí misma.

Mientras tanto, Nick iba detrás de Maritza en su moto, recorriendo las calles de Argentina en busca de cualquier rastro del paradero de Eros.

En las instalaciones de G.A., los sistemas de búsqueda estaban en marcha, rastreando cualquier pista con toda la tecnología disponible.

Por otro lado, Simón, el licántropo, estaba completamente confundido. No sabía qué hacer con respecto a su pequeña mate, quien, según él, era humana.

Mientras tanto, en una casa apartada cerca de las montañas, rodeada de hombres armados, Rebecca caminaba de un lado a otro, impaciente.

Sabía que mantener a Eros ahí atraería inevitablemente a Maritza. Se había encargado de dejar pequeños rastros para que ella la encontrara.

Eros, aún atado junto a su madre, trataba de idear un plan para ganarse la confianza de Rebecca y obtener un poco de libertad, lo suficiente para poder escapar de ese lugar.

Sin embargo, su mente no dejaba de pensar en un solo hecho: tenía una hija de sangre con la mujer que amaba.

Ese tiempo encerrado junto a su madre le sirvió para contarle todo lo que había ocurrido.

Eros, con una mirada profunda y cargada de emoción, le contó a su madre sobre Maritza, Trixie y Aria, sus hijas y la mujer que amaba. Cada palabra que salía de su boca sobre ellas mostraba una dulzura que la madre no había visto en él antes. Su hijo se expresaba con tal amor y devoción por ellas que incluso ella, al principio sorprendida, se sintió conmovida.

—Son hermosas —concluyó Eros, sonriendo, un destello de alegría en sus ojos a pesar de las circunstancias.

La madre, sin poder evitarlo, sintió una mezcla de ternura y tristeza. Sabía lo que significaba para él tener a su familia separada. Aunque trataba de ocultarlo, el dolor era evidente en su rostro.

—Seguro que sí. Espero conocerlas —respondió ella con una voz suave, pero cargada de tristeza. De repente, la puerta sonó, interrumpiendo su conversación. El sonido de la bisagra chirriando indicaba que alguien la había abierto desde afuera.

Eros, al escuchar la puerta, reaccionó con cautela. Tomó la mano de su madre, quien sentía una mezcla de temor y esperanza. Sabían lo que eso significaba: la presencia de Rebecca.

—Recuerda el plan —le susurró Eros a su madre, sus palabras llenas de tensión.

La puerta se abrió y apareció Rebecca en el umbral, con una sonrisa en el rostro. Eros la miró con una sonrisa forzada, como si intentara disimular la incomodidad que sentía.

—Hola, amor —saludó Rebecca, su tono de voz suave y seductor.

Eros respondió con una sonrisa tensa, apenas manteniendo las apariencias.

—Hola, cariño. Convencí a mi madre para que nos dé la bendición —dijo él, intentando ocultar la creciente ansiedad en su voz.

La madre de Eros, aunque esbozó una sonrisa, se notaba que lo hacía a regañadientes, mientras la sonrisa de Rebecca se ensanchaba, llena de satisfacción.

—Perfecto. Venía a sacarte de aquí para que comieras algo —dijo Rebecca, acercándose a ellos con pasos firmes. La madre, llena de miedo, se pegó a su hijo, buscando refugio en él.

—Gracias, cariño. La verdad es que muero de hambre —mintió Eros, sonriendo con esfuerzo.

Rebecca, al ver la sumisión de Eros, se agachó frente a él y, con un gesto casi ceremonioso, le soltó la cadena que lo mantenía atado. Eros se levantó lentamente, intentando mantener la compostura mientras le sonreía con nerviosismo.

—Un hombre te espera afuera. Te llevará a tu cuarto y luego regresará con ella —dijo Rebecca, mirando a la madre de Eros con una sonrisa fría. Eros, por el contrario, negó con la cabeza, aferrándose a su madre, quien temblaba en sus brazos. A pesar del miedo, la madre intentó sonreírle.

—Me gustaría estar con ella siempre. Así empezaríamos a planear la boda… Cariño —comentó Eros, casi en un susurro.

Rebecca asintió con una sonrisa algo más cálida, pero no era más que una fachada.

—Está bien, si así lo quieres —respondió ella, acercándose a Eros. Se colocó de puntillas y, en un gesto rápido, lo besó en los labios. El beso fue fugaz, como una muestra de poder. Eros, con una sonrisa tensa, se aferró aún más a su madre, quien temblaba visiblemente.

—¿Pueden cuadrarla? —preguntó Eros con cautela, mirando a su madre con preocupación. Ella asintió, sabiendo que el momento de actuar estaba cerca.

—Te enviaré a una de las sirvientas a tu cuarto para que lo haga. Ahora, salgamos de aquí —dijo Rebecca finalmente. Los tres salieron del cuarto, y la madre de Eros se apoyó en él para poder caminar, aún temblando por el miedo.

Como había dicho Rebecca, afuera, dos hombres los esperaban. Uno se fue con Rebecca, mientras el otro acompañaba a Eros y su madre hacia el cuarto mencionado.

Al llegar, los encerraron en el cuarto, y en un ambiente de desesperación, ambos se asearon rápidamente en el baño. Después se vistieron con ropa de los armarios del cuarto. La noche ya había caído cuando la sirvienta llegó. Sin decir una palabra, curó las heridas de la madre de Eros con mucho cuidado, como si cada movimiento fuera una misión delicada. Cuando terminó, salió del cuarto y dejó la puerta sin asegurarse completamente.

Eros, al ver esto, sonrió sutilmente, sabiendo que su oportunidad se acercaba. Mientras su madre descansaba en la cama, intentando dormir, él mantenía la guardia alta, consciente de que las cosas no tardarían en intensificarse.




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