Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

71

Cada vez estaban más cerca. Eros y Martha no habían logrado dormir en toda la noche, atrapados en la incertidumbre, en el dilema de salir o no de ese cuarto. El plan que habían ideado para engañar a Rebecca era un juego peligroso, una apuesta en la que una sola mala jugada podía costarles la vida.

A varios kilómetros de allí, Aiden corría sin descanso. Su lobo interior rugía con ansiedad mientras devoraba el terreno entre las sombras. Llevaba casi una hora corriendo, pero la fatiga era lo de menos. Su instinto lo guiaba, y cuando estuvo a solo seis kilómetros de distancia, su cuerpo entero se tensó. Un aroma familiar lo golpeó con fuerza, haciéndolo detenerse en seco.

Su mate.

El aroma era inconfundible, y su corazón palpitó con fuerza al darse cuenta de que ella estaba allí. No tenía idea de por qué ni cómo, pero el peligro era inminente.

Mientras tanto, los autos que transportaban a Maritza y su equipo finalmente llegaron al punto de ataque. Apenas se estacionaron, los hombres comenzaron a moverse con precisión. Pero entre el caos silencioso, una figura pequeña y ágil emergió de la cajuela de uno de los autos sin ser vista.

Trixie.

Había esperado el momento exacto para escabullirse antes de que alguien revisara las armas. Se movió rápidamente entre las sombras, evitando ser detectada mientras los soldados descargaban los arsenales. Los autos se habían estacionado en fila, formando una barrera estratégica alrededor del lugar.

Cuando Maritza bajó del auto junto a Nick, ambos tomaron sus armas, sus miradas firmes y determinadas. No había espacio para la duda ni para el miedo. Esto era una misión de rescate, y matarían a quien fuera necesario para recuperar a Eros.

Los preparativos fueron rápidos. Las armas estaban listas, los planes estaban claros. Cuando todos estuvieron en posición, comenzaron a avanzar sigilosamente hacia la cabaña.

Desde su escondite, Trixie observaba con los ojos muy abiertos. No veía a nadie cerca y supo que era su oportunidad. Salió de entre los árboles con pasos silenciosos y se acercó al auto más cercano. Sus pequeños dedos buscaron entre las armas hasta encontrar la que había visto tantas veces en manos de Maritza: una Beretta.

La sostuvo con ambas manos, recordando cada detalle que había aprendido en secreto. La había visto limpiar, cargar y disparar esa misma arma. Sabía cómo usarla, aunque rogaba no tener que hacerlo.

Apretó los labios y con manos temblorosas, deslizó el silenciador en su lugar. Nadie la había visto. Nadie sospechaba que estaba allí.

Y entonces, el primer disparo se escuchó en la distancia.

La tensión se rompió como una cuerda al límite de su resistencia.

Las balas comenzaron a volar entre los árboles cuando los hombres de Maritza iniciaron el ataque contra los guardias de Rebecca. La cabaña se convirtió en el epicentro de un estallido de violencia.

Dentro de la habitación, Eros y su madre sintieron el estruendo. Era la señal que habían estado esperando. Sin dudarlo, Eros tomó a su madre en brazos y se preparó para huir.

En el bosque, Aiden aumentó su velocidad. El olor de su mate se hacía más fuerte. Algo estaba muy mal.

Y Trixie, acurrucada entre los autos, con la Beretta apretada entre sus dedos, supo que lo peor apenas comenzaba.

Maritza irrumpió en la cabaña, su mirada feroz escaneando cada rincón en busca de Eros. Su respiración era pesada, su pulso acelerado. Afuera, el caos continuaba. Disparos resonaban en la noche mientras el enfrentamiento entre sus hombres y los de Rebecca se intensificaba.

Dentro de la habitación, Eros y Martha iban y venían desesperados, buscando una salida. Sabían que no podían quedarse mucho más tiempo allí.

Aiden finalmente llegó. El lobo estaba jadeante, cubierto de polvo tras la larga carrera. Pero no le prestó atención al fuego cruzado ni a los cuerpos que ya comenzaban a caer. Su único objetivo era uno: su pequeña mate.

Se deslizó entre los árboles, moviéndose con sigilo hasta que la vio.

Trixie estaba allí, de pie en medio de la noche, con una Beretta en sus diminutas manos. Caminaba sin miedo hacia la cabaña, mientras a su alrededor el combate se desataba con una brutalidad inhumana.

El pecho de Aiden se tensó al ver a un hombre apuntándole.

El sonido metálico del seguro de un arma siendo retirado lo sacó del pánico.

Trixie también lo escuchó. En un instante, como si todo su instinto despertara al mismo tiempo, alzó el arma y disparó.

El impacto fue certero.

El hombre ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar antes de que la bala se incrustara entre sus cejas.

El eco del disparo se perdió en medio del bullicio de la batalla, pero el cuerpo del hombre cayó pesadamente al suelo, su sangre escurriendo sobre la tierra.

Trixie jadeó cuando la fuerza del retroceso la hizo caer de espaldas. Pero lejos de asustarse, solo frunció el ceño y se sobó el trasero con una mueca molesta.

Aiden se quedó congelado.

Su pequeña mate, con solo nueve años, acababa de matar a un hombre sin titubear.

Y ahora lo miraba a él con la misma naturalidad con la que un niño miraría a su mascota.

Trixie sonrió, completamente ajena a la sacudida emocional que Aiden sentía al verla así.

El lobo se acercó con cautela, su instinto gritándole que protegiera a la niña de su propia inocencia rota. Sin dudarlo, empujó la pistola lejos de ella con el hocico, como si quisiera borrar la evidencia de lo que acababa de hacer.

—Tengo que encontrar a mi papá —declaró ella con seguridad, como si hablara con un adulto—. Necesitaba eso para hacerlo.

Aiden gruñó por lo bajo, su mente en conflicto.

—No irás a ningún lado —su voz retumbó en su cabeza y en la de ella a través del vínculo mental—. Te quedarás aquí hasta que Maritza salga y te lleve con ella.

Trixie lo miró fijamente.

Y luego… sonrió.

Una sonrisa tranquila, como si nada en el mundo pudiera alterarla. Como si no acabara de matar a sangre fría.




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