Conducía a máxima velocidad detrás de los autos donde iban Eros y su madre. La rabia y la angustia bullían en mi pecho, una mezcla insoportable que me hacía apretar el manillar de la moto hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
¿Cómo demonios pasó esto?
El aire helado cortaba mi rostro como cuchillas, revolviendo mi cabello de manera caótica. No me importaba. Nada me importaba más que él.
Mi visión estaba borrosa por las lágrimas que seguían deslizándose sin control.
Eros estaba mal. Muy mal.
Y yo no podía hacer nada más que seguirlos, rezando para que no muriera antes de llegar al hospital.
Mi corazón latía tan fuerte que dolía.
Mis manos estaban temblorosas.
Mi mente, en un caos absoluto.
Nick se había ido con Trixie en el auto de regreso a casa. Al menos ella estaba a salvo. Pero yo… Yo tenía miedo.
Un miedo frío, sofocante, que me hacía sentir como si estuviera a punto de ahogarme.
Por favor, aguanta.
No podía perderlo. No podía quedarme sin él.
No podía imaginar un mundo donde Eros ya no existiera.
Aceleré aún más, la moto rugió con fuerza, y en media hora estábamos llegando a la empresa. En cuanto frené, vi cómo sacaban a Eros del vehículo a toda prisa.
—¡Rápido, métanlo ya! —gritó uno de los médicos.
Corrí detrás de ellos, sintiendo el suelo tambalearse bajo mis pies. Un fuerte mareo me golpeó cuando vi su cuerpo inmóvil, pálido como la muerte, con la ropa empapada de sangre.
Demasiada sangre.
Alguien me empujó para apartarme y dejar que los doctores hicieran su trabajo. Se lo llevaron dentro, y yo los seguí hasta los pasillos del hospital dentro de la empresa.
Intenté entrar con ellos, pero una enfermera me detuvo.
—Señorita, no puede estar aquí. Por favor, espere afuera.
—¡No! —luché contra su agarre, pero un guardia se interpuso también—. ¡Déjenme estar con él!
—Tiene que esperar —me dijo con firmeza.
No tuve más opción que ceder.
Me recargué contra la pared, respirando con dificultad. Mis manos temblaban tanto que tuve que agarrarme los brazos para intentar controlarme.
Entonces mi teléfono vibró.
Con dedos torpes, desbloqueé la pantalla.
Era un mensaje de Nick.
"Trixie ya está en casa. Voy para allá."
Respiré hondo. Bien. Al menos Trixie estaba a salvo.
Estaba a punto de responder cuando el sonido más aterrador del mundo me heló la sangre.
Bip, bip, bip…
El sonido del monitor cardíaco dentro de la sala se volvió errático.
Mi estómago se encogió.
Mis piernas se debilitaron.
No…
No, por favor…
El pitido se aceleró, como si intentara avisarnos que el final estaba cerca.
—No… —murmuré, sintiendo el aire escaparse de mis pulmones.
Y entonces…
El peor sonido.
Biiiiiiiiiiiiiiiip.
Un tono fijo.
Constante.
Mortal.
No me di cuenta de que ya estaba corriendo hasta la puerta hasta que la empujé con fuerza.
—¡NO!
Un enfermero me sujetó con firmeza.
—¡No puede entrar!
—¡DÉJAME PASAR!, ¡DÉJAME PASAR!
Mis ojos se clavaron en el cuerpo de Eros, inmóvil en la camilla, rodeado de doctores desesperados. Vi cómo colocaban las palas del desfibrilador sobre su pecho y descargaban electricidad sobre su cuerpo.
Un golpe.
Otro.
Su cuerpo se sacudió con cada intento de traerlo de vuelta.
Yo forcejeaba con todas mis fuerzas, mis uñas arañando los brazos del enfermero.
—¡POR FAVOR, NO ME ABANDONES! —rogué, la voz rota en mil pedazos.
Otro choque eléctrico.
Nada.
El doctor frunció el ceño y subió la potencia.
—¡Cárgalo de nuevo!
—¡Eros, por favor! —lloré—. ¡Todavía quiero estar contigo! ¡No te vayas!
El siguiente choque hizo que su cuerpo se arqueara sobre la camilla.
El pitido seguía fijo.
—¡Otra vez! —ordenó el doctor.
Mis lágrimas caían sin cesar.
—Por favor…
Otro choque.
Y entonces…
Bip.
Mi corazón dio un vuelco.
Bip.
Mis piernas cedieron, y me dejé caer al suelo, cubriéndome la boca con las manos.
El doctor exhaló aliviado.
Eros había vuelto.
El enfermero me soltó y, antes de que pudiera moverme, las puertas de la sala se cerraron en mi cara.
Me quedé ahí. De pie.
Parpadeando con incredulidad.
Escuchando de nuevo el sonido acompasado del monitor.
El aire regresó a mis pulmones en un suspiro entrecortado.
Apreté los puños y me recargué contra la pared, sintiendo que mi cuerpo completamente pesado.
(...)
Cancelé el trabajo de todos en la empresa. No podía concentrarme en nada más, solo en esperar noticias del doctor sobre Eros. Cuatro horas habían pasado, pero la angustia hacía que parecieran eternas.
Simón llegó una hora después de que le avisara lo que estaba pasando. Ahora estaba aquí, acompañándome en la sala de espera, con otra taza de café en la mano.
Yo estaba acurrucada contra el pecho de Nick, temblando. Sentía su abrazo firme a mi alrededor, pero nada lograba calmar la tormenta dentro de mí. En mis manos sostenía una taza de café, aunque no había tomado ni un sorbo. Eran las siete de la mañana y no había dormido en toda la noche.
Entonces, la puerta del quirófano se abrió.
El doctor salió quitándose los guantes de látex, empapados en sangre. Su expresión era la más sombría que había visto en mi vida.
El café resbaló de mis manos, cayendo al suelo con un chapoteo sordo. Mi cuerpo se tensó y me aparté de Nick, acercándome al doctor con pasos tambaleantes.
—¿Qué pasó? —pregunté con un hilo de voz.
Simón se movió junto a mí, su mano apoyándose en mi hombro con cautela.
El doctor suspiró.
Y entonces habló.
No escuché sus palabras.
O mejor dicho, mi mente se negó a procesarlas.
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Editado: 15.07.2026