Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

73 - Maritza

Dos horas después, salí de la empresa con la mente hecha un torbellino, y me dirigí rumbo a casa. El peso de la noticia que debía darles a las niñas me aplastaba el pecho. No podía creerlo. No quería creerlo.

El doctor había sido claro, pero no lograba que las palabras se grabaran en mi mente como algo real. Todo esto era un mal sueño del que no podía despertar. Pero no tenía otra opción más que enfrentarme a la realidad. No solo debía contarles sobre Eros y su situación, sino que también debía confesarle a Aria quién era su verdadero padre.

No de la manera que lo había imaginado, no de la manera que hubiese querido, pero el destino no me daba otra oportunidad. La vida había decidido que esa verdad saliera a la luz de una manera cruda, casi violenta.

El silencio en el auto era ensordecedor. Nick conducía de manera firme, pero el aire en el vehículo estaba cargado de una tensión palpable, de esas que solo se sienten cuando se está al borde de una tormenta emocional.

Ni una palabra salió de su boca, lo cual agradecí profundamente. Estaba demasiado atrapada en mis propios pensamientos como para intentar hablar de algo que ni yo misma podía comprender.

La madre de Eros estaba estable. Solo necesitaba descansar y dejar que sus heridas sanaran.

Me dejé llevar por el murmullo del motor mientras miraba absorta por la ventana, sintiendo que el peso del mundo se acumulaba sobre mis hombros. ¿Cómo se le explica a un niño que su vida acaba de cambiar para siempre?, ¿Cómo le dices a tu hija que su padre está en coma y podría no despertar jamás?

En cuanto llegamos a la mansión, la reja se abrió lentamente, como si el destino mismo estuviera retrasando lo inevitable. Apenas el auto se detuvo, Trixie apareció corriendo desde la entrada, soltándose del brazo de Lucía. Moisés, en cambio, sostenía a Aria en brazos, y la pequeña observaba con miedo el desespero de su hermana mayor.

Cuando bajé del auto, una oleada de rabia se apoderó de mí al ver a Trixie corriendo hacia mí. Por un momento, todo lo que quería hacer era gritarle, pedirle explicaciones por sus acciones irresponsables.

Pero, antes de que pudiera decir algo, se lanzó a mis brazos, aferrándose a mi camisa y comenzando a sollozar con fuerza. Por más molesta que estuviera, no pude evitar abrazarla, sentir el dolor que emanaba de su cuerpo.

Por más molesta que estuviera, no podía reprenderla en ese estado.

Quería gritarle, sacudirla, exigirle que entendiera la magnitud de lo que había sucedido. Pero no lo hice. En lugar de eso, solo me arrodillé en el suelo, rodeándola con mis brazos, permitiendo que sus lágrimas empaparan mi ropa, mientras yo trataba de reprimir las mías.

Mató a un hombre.

A sus nueve años.

¿Qué clase de madre era yo?

Pero en lugar de eso, solo me arrodillé en el suelo y la abracé con fuerza. Lloré en silencio contra su pequeño abdomen, mientras ella contenía sus sollozos.

Después de un rato, el silencio se instaló entre nosotros. Subimos las escaleras en una especie de trance, como si estuviéramos caminando por un camino oscuro e incierto.

Trixie y Aria iban tomadas de mis manos, caminando con pasos lentos, como si cada uno de ellos fuera una carga imposible de llevar. Trixie intentaba contener las lágrimas, pero sus ojos reflejaban una tormenta de emociones que no podía ocultar.

Ya en el cuarto, ambas se sentaron en la cama. Trixie tomó la mano de Aria y la miró con seriedad antes de hablar.

—Eres muy pequeña para recordar esto, pero... ¿Recuerdas cuando te dije que tu papá era un príncipe guapo y un poco tonto?

Aria asintió con curiosidad.

—Sí.

—Eros… el amigo de mamá… —hizo una pausa, tragando saliva—. El que conocimos en la pizzería… él era tu papá.

Aria alzó la vista y me miró con los ojos brillando de emoción.

—¿De verdad? —preguntó con una sonrisa.

Asentí, sintiendo el nudo en mi garganta apretarse cada vez más. Todo esto parecía irreal, como un mal sueño del que no podíamos despertar.

—¿Está mal que sea mi papi? —preguntó con inocencia.

Sonreí débilmente y negué.

—No, amor… no está mal. —La tristeza me embargaba, pero traté de mantener la calma—. Pero él… él está en coma.

Los ojos de Trixie se abrieron desmesuradamente, y la palabra "coma" flotó en el aire entre nosotros, pesando más que cualquier otra cosa que pudiéramos decir.

—¿Qué…? —jadeó Trixie, casi sin poder procesarlo.

Aria ladeó la cabeza.

—¿Qué es "coma"?

Nick, que había estado de pie en la puerta del cuarto, se adelantó para intervenir.

—Es… como estar dormido, pero no sabemos si despertará en unos días, meses o… nunca.

Agradecí que él hubiera sido el que explicara las cosas. Aunque no era fácil escuchar esas palabras, al menos tenía la esperanza de que Aria pudiera comprenderlas con el tiempo.

Aria parecía procesarlo en silencio, pero tras unos segundos, su rostro se iluminó con una sonrisa de esperanza.

—¡Como la Bella Durmiente!, Pero esta vez, papi es la princesa y mami el príncipe encantado que lo despertará.

Mi sonrisa fue amarga, y negué lentamente, las lágrimas amenazando con brotar de nuevo.

—No, amor… esto no es un cuento. —La quemazón en mis ojos regresó, y las lágrimas comenzaron a resbalar por mi rostro—. No sabemos si despertará algún día. Puede que jamás lo haga… y ningún beso mágico podrá traerlo de vuelta.

El silencio se hizo pesado. Aria bajó la cabeza, su rostro ya sombrío por la realidad que acababa de enfrentar. No era justo. Ningún niño debería vivir esto. Ningún niño debería ver cómo la esperanza se desvanecía frente a sus ojos.

—Pero en los cuentos…

Pero entonces, la voz de Trixie cortó el aire como un cuchillo.

—Los cuentos son solo cuentos, Aria. —La dureza de sus palabras me hizo detenerme, pero no pude evitar que el dolor se profundizara. Se levantó de la cama y miró a su hermana menor con una expresión severa—. Mi papá no va a despertar con un estúpido beso mágico de una princesa. No despertará. Y ve haciéndote a la idea de que jamás convivirás con él como tu papá. No existen los príncipes azules… y tampoco la magia.




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