Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

75 - Maritza

Caminé lentamente hacia la puerta del cuarto de Trixie, mis pasos resonaban en la casa vacía, y cada uno parecía más pesado que el anterior. No encontraba la forma de suavizar lo que tenía que decirle. Por más que lo intentaba, las palabras no se formaban, la noticia era tan cruda, tan definitiva.

Toqué la puerta, y desde adentro escuché su voz.

—Pasa.

Entré y la encontré en su cama, mirando al techo con los ojos perdidos, como si estuviera buscando respuestas en la nada. Simon estaba sentado en el suelo frente a ella, en una posición cómoda, pero cuando me vio, sonrió con una mezcla de pena y apoyo.

—Hola —me dijo, levantando la mano en un saludo.

—Hola —respondí, dándole una sonrisa forzada. Luego hizo una señal con las manos, como indicándome que no dijera nada, que era mejor no interrumpir a Trixie con más palabras.

Simon iba a irse a Colombia por trabajo, y me había contado que venía a hablar con Trixie, pero al parecer, aún no había tenido la oportunidad de hacerlo. Decidí darle espacio.

—Las dejaré solas para que hablen —dijo, levantándose con suavidad. Trixie lo miró por un momento, y luego él se acercó y le besó la frente antes de salir de la habitación. Ella lo observó en silencio y se quedó sola conmigo.

Me senté a su lado, respirando profundamente antes de soltar la noticia.

—Quiero decirte algo importante sobre Eros —empecé, mirando sus ojos sin saber cómo seguir. Ella se giró para mirarme, el rostro serio, esperando que le hablara.

—El doctor dijo que lo más recomendable sería desconectarlo... —mi voz se quebró un poco al decirlo, y vi la reacción de Trixie: su mirada se tornó triste, profundamente triste.

—Largo de mi cuarto —dijo de manera casi cortante, pero su voz sonaba tan quebrada, tan rota, que me dolió escucharla. El dolor en su tono me atravesó.

—Trixie —murmuré suavemente, mirando sus ojos llenos de lágrimas.

—¡DIJE LARGO! —gritó, levantándose de la cama con furia. No pude evitar retroceder ante la explosión de su dolor. Me quedé allí, paralizada, sin saber qué hacer.

Me levanté lentamente, saliendo del cuarto mientras sentía cómo el peso de la situación caía sobre mí. Estaba confundida, desesperada por hacer lo correcto, pero en ese momento, no sabía qué era lo correcto.

Bajé al primer piso, y ahí estaba Simon, sentado en el sofá, pensativo, como si estuviera perdido en sus propios pensamientos.

—¿No le dijiste cierto? —le pregunté, sin rodeos.

Simon dio un respingo y negó con la cabeza al verme.

—No encontré cómo... —su voz estaba llena de tristeza, como si su incapacidad de hablar con ella lo estuviera devorando por dentro.

—Seguro te echaba de su cuarto, así como lo hizo conmigo —comenté, intentando hacer una broma para aligerar la situación, pero la sonrisa que intenté me salió forzada.

Justo entonces, un fuerte portazo me hizo saltar, seguido de pasos apresurados y otro portazo aún más fuerte. Me sobresalté, el corazón me latía desbocado.

Subí rápidamente las escaleras, y al llegar al cuarto de Eros, me di cuenta de que Trixie se había encerrado allí. La puerta estaba cerrada con seguro. Golpeé con fuerza, preocupada, y llamé su nombre, pero no obtuve respuesta. Mi preocupación creció cuando, minutos después, escuché ruidos de cosas estrellándose, chocando entre sí, como si todo estuviera siendo lanzado por el cuarto.

Simon llegó corriendo y comenzó a golpear la puerta, tratando de derribarla. El miedo me invadió. Finalmente, después de lo que parecieron horas, logré abrir la puerta, y la imagen que vi me heló la sangre.

Trixie estaba en el suelo, encogida en su lugar, con la cabeza entre sus manos, mientras las cosas del cuarto flotaban a su alrededor, chocando violentamente unas contra otras. La angustia en su rostro era indescriptible. Estaba fuera de control, como si todo su dolor, su impotencia, se hubiera transformado en esta furia desbordante.

Simon no dudó ni un segundo. Corrió hacia ella y la abrazó con fuerza, cubriéndola con su propio cuerpo, como si quisiera protegerla de algo más que solo el desorden de la habitación.

—Cálmate, respira... Trixie, cálmate —le decía mientras intentaba calmarla, aunque sabía que las palabras no eran suficientes para aliviar el dolor de la pequeña.

—NO. QUIERO QUE DESPIERTE, ¡DESPIERTA! —gritaba, su voz llena de desesperación, como si todo el sufrimiento se concentrara en esos gritos, en esa impotencia de no poder hacer nada.

La confusión me embargaba completamente mientras observaba el caos que se desarrollaba frente a mis ojos. Las cosas volaban a mi alrededor, como si una fuerza invisible las empujara de un lado a otro. No podía entender lo que estaba sucediendo, todo parecía una pesadilla irreconocible.

De repente, los monitores que medían la vida de Eros comenzaron a moverse de forma errática, emitiendo pitidos rápidos y constantes, cada vez más fuertes, hasta que explotaron en un estallido ensordecedor. Mi corazón se detuvo por un momento, y sentí el aire helado llenar mis pulmones mientras el pánico se apoderaba de mí.

—¡No, no, no! —grité, viendo cómo Simon se tiraba al suelo, cubriendo a Trixie de los cristales que caían con furia. Pude ver cómo se le clavaban algunos trozos de vidrio en el brazo, pero no se movió, no hizo ni un solo gesto de dolor. Estaba concentrado en protegerla, mientras todo a su alrededor se destruía.

Caí al suelo, aterrada, incapaz de entender lo que estaba pasando. No podía respirar bien, el miedo me paralizaba, hasta que un ruido más fuerte me hizo girar la cabeza hacia la cama de Eros. Mis ojos se abrieron de par en par al ver cómo su cuerpo, suspendido en el aire, trataba de recuperar la respiración, sus pulmones luchando por volver a funcionar.

"¿Que está pasando?", pensé, incrédula, mirando el desastre que se desataba. Nada tenía sentido.

Las cosas seguían volando, chocando, estrellándose entre sí. Pero entonces, algo cambió. Simon, con una calma que yo no podía comprender, se acercó a Trixie, tomándola entre sus brazos y uniéndose a ella en un beso. Sus labios encontraron los de la niña, y en ese preciso momento, todo se detuvo. Todo cayó al suelo de golpe, y el aire en la habitación quedó en completo silencio.




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