Todo me daba vueltas, mi cabeza giraba como un remolino, nublando mis pensamientos y dificultando que pudiera enfocarme en lo que sucedía a mi alrededor. Lo primero que vi fueron los labios de Simon, firmemente unidos a los de una pequeña rubia, y la habitación destrozada, como si un huracán hubiera pasado por allí, haciendo que todo pareciera irreconocible. El caos reinaba a mi alrededor, y aunque mis ojos estaban abiertos, no podía entender nada. Cada detalle parecía deformado, como si estuviera atrapado en un sueño del que no podía despertar.
La visión era confusa, casi surrealista. No entendía qué estaba ocurriendo, mi mente no lograba procesar lo que estaba viendo. Mi cuerpo estaba entumecido, casi inerte, como si todo lo que había pasado hasta ese momento se hubiera borrado por completo. Las sensaciones eran borrosas, como si flotara en un espacio vacío, incapaz de conectarme con la realidad que me rodeaba.
—¡Mamá! —gritó, alarmada, cuando vio a Maritza desmayada y cayendo al suelo como un peso muerto.
El sonido de su voz, desgarrado por el miedo, me hizo reaccionar con rapidez, pero mi cuerpo no obedecía correctamente. Todo me dolía, como si hubiera estado atrapado en una pesadilla donde mi cuerpo no era más que un simple espectro. ¿Por qué no puedo moverme bien?, ¿Qué estaba pasando? Sentí como si mi piel estuviera ardiendo y mis músculos estuvieran al borde de rasgarse. Intenté incorporarme, pero mis brazos no me respondían, y mi cuerpo seguía cayendo, incapaz de sostenerme.
"¿Trixie?", pensé, mi mente atorada entre la confusión y el dolor. Ambos, Simon y Trixie, me miraron, pero ni ellos parecían saber lo que sucedía. Trixie, con sus ojos llenos de lágrimas, estaba junto a Maritza, preocupada. Yo solo quería acercarme a ellas, pero mi cuerpo no respondía. Me sentía atrapado, como si estuviera encerrado dentro de un cuerpo que no era el mío. La impotencia se apoderaba de mí con cada segundo que pasaba.
—Papi... —murmuró Trixie, su voz quebrada por el llanto. Fue como un golpe directo al corazón.
Al escucharla, algo en mi interior se rompió. Mi garganta estaba seca, casi dolorida por la falta de uso, como si nunca hubiera hablado. Sentí una urgencia incontrolable por levantarme, por ir a ella, pero mis piernas no me respondían. Mi mente trataba de dar instrucciones, pero mi cuerpo parecía estar ausente, como si estuviera perdiendo toda conexión con la realidad.
El dolor en mi cuerpo era insoportable, como si cada músculo hubiera estado completamente dormido durante una eternidad. Sentía como si hubiera sido arrastrado por una corriente imparable y ahora estuviera flotando, sin fuerza para sostenerme. ¿Cómo puede ser esto real?, mi mente repetía, pero mi cuerpo no se movía. Todo me parecía borroso, distorsionado, como si estuviera viendo a través de una niebla densa. Cada respiración me costaba más que la anterior, y la sensación de que algo en mí se estaba apagando me aterraba.
—¡¿BESASTE A MI HIJA!? —grité con todas las fuerzas que me quedaban, pero mi voz sonó rasposa, como si llevara años sin usarla. Mi garganta ardió y el dolor me hizo cerrar los ojos un segundo. Cada palabra era una explosión de rabia y frustración. Mi cuerpo temblaba, pero era un temblor fuera de mi control, casi como si fuera una marioneta incapaz de moverse libremente.
Me arrastré fuera de la cama, pero al intentar levantarme, caí al suelo. Mis piernas, entumecidas, me fallaron por completo, y sentí un dolor punzante recorrer mis huesos, como si nunca hubieran tenido la fuerza para sostenerme. Estaba completamente fuera de control, y todo me dolía más de lo que podía soportar. Mi cuerpo era un caos de sensaciones, un cúmulo de agotamiento y desorientación. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero el sufrimiento se había convertido en una constante, como una ola que nunca dejaba de golpearme.
—¡¡ERES UN MALDITO HIJO DE PUTA, ES UNA NIÑA!! —grité, mis palabras saliendo a duras penas, como si cada una de ellas fuera un esfuerzo titánico. La rabia me invadió, pero al mismo tiempo, el dolor me nublaba, y me sentía atrapado en un mar de emociones encontradas. Mi cuerpo no podía soportar más y el caos que sentía dentro de mí solo aumentaba. La confusión se apoderó de mí. ¿Por qué no puedo levantarme? ¿Por qué todo se siente tan ajeno?
Trixie se sonrojó, claramente avergonzada y confundida, mientras Simon me miraba, completamente incapaz de entender lo que sucedía. Su expresión era un cóctel de felicidad, miedo y preocupación, y yo solo podía mirarlo con furia. Él no tenía ni idea del dolor que sentía, ni de la rabia que me quemaba por dentro. Cada centímetro de mi ser deseaba golpearlo, hacerlo sentir al menos un mínimo de lo que yo estaba experimentando. No podía creer lo que estaba viendo, ni lo que había sucedido en ese instante. ¿Cómo había llegado esto tan lejos?
Mientras tanto, la sensación de desconcierto aumentaba. Mis pensamientos no lograban encajar, como piezas de un rompecabezas que no encajan por más que uno lo intente. Algo no estaba bien. Mi cuerpo, mi mente, todo estaba desconectado de alguna manera. Era como si estuviera viendo todo a través de un espejo roto, donde cada imagen era distorsionada y fragmentada. ¿Qué había pasado? ¿Cómo podía yo, el padre, estar aquí, inútil, mientras mi hija estaba viviendo esta pesadilla? Sentía que todo se desmoronaba, que no había nada que pudiera hacer para arreglarlo.
Miré a Simon de nuevo y mi boca se llenó de maldiciones, amenazas. Mi mente ya no podía retener las palabras, solo quería descargar toda la frustración, todo el miedo, la rabia y la incomodidad de esto en una sola explosión de emociones. Ya no me importaba lo que sucediera después, ya no me importaba si todo se desmoronaba. Lo único que sentía era que necesitaba liberar todo lo que llevaba dentro.
—¡Cuando me recupere... te voy a partir la cara! —le advertí, mientras mi cuerpo seguía temblando, incapaz de controlar el dolor o el miedo que sentía. Pero al final, no podía hacer nada más que quedarme ahí, atrapado entre mi propio cuerpo y mis pensamientos, mientras Trixie, avergonzada y con el rostro rojo, evitaba mirarme. La angustia estaba escrita en su rostro, y cada vez que la veía, mi corazón se rompía un poco más. Ya no era solo la ira, sino la impotencia lo que me destrozaba por dentro.
#3918 en Novela romántica
#210 en Joven Adulto
amor secretos poder dolor, familia apuesta resilencia, luego de un tiempo triologia
Editado: 15.07.2026