Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

77 - Eros

Luego de intentar matar a Simón, él se llevó a Maritza a uno de los cuartos cercanos, mientras Trixie me explicaba con una sonrisa todo lo que había pasado en estos casi cinco años que estuve en coma. Cada palabra de Trixie era como un golpe directo a mi mente, tratando de asimilar todo lo que me había perdido, todo lo que había dejado de vivir y comprender.

Simón entró al cuarto donde yo estaba y lo miré mal, sintiendo una oleada de frustración.

—Mal amigo —escupí, molesto. Él bajó la mirada como si sus ojos no pudieran soportar la rabia que le transmitía. —¿Mi hija, en serio? —me quejé, mi voz temblando de rabia y dolor.

—Todo tiene una explicación, pero tú no las entenderías —dijo con una seguridad inquietante. Rodé los ojos, sintiendo que no había explicación en el mundo que pudiera justificar lo que había hecho.

—Ajá, sí, y yo soy Brad Pitt —ironizé, cruzándome de brazos, intentando mantener la calma, aunque por dentro todo se desmoronaba.

—Los humanos no entienden —murmuró él, apretando los puños con frustración. Trixie lo miró curiosa, pero él no parecía dispuesto a decir nada más.

—Tengo que irme... —dijo en voz baja, como si una sombra de duda se posara sobre sus palabras.

—Te veo luego —dijo Trixie con emoción, pero Simón miró a Trixie, algo indefinido en sus ojos, y negó con la cabeza.

—Había venido a decirte algo importante. Tengo que irme a Colombia por una temporada por el trabajo, pequeña —dijo, y sus palabras cayeron pesadas, como una sentencia.

Ella, sin pensarlo demasiado, se levantó de la cama y se acercó a él, aún confundida.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó, con un tono de voz que intentaba sonar casual, pero había algo en su mirada que traicionaba sus emociones. Joder, parecía una novela mexicana, y si no fuera por el hecho de que era mi amigo cuarentón y mi hija quinceañera, la situación hasta podría disfrutarla. Pero no podía, la sangre me hervía de molestia.

—Hasta que tengas edad... —dijo, bajando la mirada, sin atreverse a mirarla directamente—. Para entender todo... —concluyó, su voz suavizada por un toque de tristeza.

Ella lo miró, desconcertada, y entonces murmuró, su voz quebrada por el recuerdo.

—Tú eras el de esa noche... —Su voz era suave, rota. Simón soltó una risa baja, algo amarga, y luego besó la frente de ella, como si intentara calmarla, como si tuviera derecho a hacerlo.

—Pronto te explicaré todo, pequeña —le dijo con un tono protector, pero en sus ojos había algo que no me gustaba. Luego, me miró, y me dirigió un saludo con la cabeza—. Nos vemos, amigo.

Le saqué el dedo corazón, molesto, una forma de despedirme que nunca había imaginado. Él se separó de Trixie y se fue de allí, dejándonos en un silencio tenso.

Trixie, apretando los puños, parecía estar al borde de explotar. El único jarrón intacto en el cuarto, el que estaba sobre la mesa a mi lado, estalló sin previo aviso, lanzando fragmentos por todas partes, asustándome en el proceso.

—¡Joder! —me quejé, tirándome de la cama para cubrirme con las manos en la cabeza—. ¿¡Qué las cosas tienden a explotar de la nada ahora!? —me quejé en voz alta sintiendo como mi garganta ardía con cada palabra, sin entender cómo había llegado a este punto de locura. Trixie me miró y soltó una risa nerviosa, negando con la cabeza.

—Fui yo, lo siento —dijo, apenada, limpiándose las mejillas de las lágrimas que caían.

—Ajá, sí, y yo soy Batman —respondí, rodando en el suelo, cubriéndome bajo la cama—. Aquí es más seguro —hablé decidido, aunque sabía que no era una respuesta lógica, solo un intento de encontrar algo de calma en medio del caos. Ella rió levemente, conteniendo el dolor de lo que acababa de pasar.

—Sal de ahí, papá —se burló ella, con una sonrisa juguetona.

—No gracias, quiero vivir —me quejé, metiéndome más bajo de la cama, como si esa fuera la forma de mantenerme a salvo.

—Te mostraré —dijo Trixie, con una sonrisa que tenía algo de desafío. Asomé mi cabeza, observándola, pero entonces, con un solo movimiento de su mano, señaló una silla que estaba en el cuarto, y esta se elevó, levitando en el aire como si no pesara nada. Movió su dedo y la estrelló contra la pared, destrozándola en mil pedazos.

—¡Oh, joder! Sí, sos vos —dije, saliendo de debajo de la cama, ahora completamente incrédulo—. ¿Desde cuándo haces eso? —le pregunté, el asombro aún presente en mi voz.

—Siempre —respondió, tan simple como si no fuera nada especial. Se sentó en la cama con tranquilidad, como si todo fuera lo más normal del mundo. Yo la imité, aunque mi cabeza seguía procesando lo que acababa de ver.

—¿Cómo es eso? —le pregunté, más intrigado que nunca, saliendo por completo de debajo de la cama. Ella suspiró, como si estar en este mundo fuera un peso constante para ella.

—No soy normal, jamás lo fui... —dijo, sus ojos reflejando un cansancio que nunca había mostrado antes. Cuando mamá me encontró en Italia, me habían llevado los mafiosos italianos para mostrarme... Soy prototipo 003, solo éramos cinco originales con esos "dones" —dijo, y suspiró pesado, como si recordara todo con una mezcla de dolor y resignación—. Nos tomaron como ratas de laboratorio, y con nuestra sangre, distintos exámenes y experimentos, encontraron la forma de hacer que otros niños tuvieran esas fallas —continuó, su voz temblando ligeramente. Luego, me miró fijamente a los ojos, y esos ojos morados me parecieron aún más intensos—. Mis ojos son los que muestran esa falla en mí —dijo.

Y entonces me explicó, lentamente:

—Naranja: hambre, rosa: amor, gris: tristeza, rojo: enojo, verde: peligro, negro: muerte, morado: decepción, azul: miedo, celeste: asco... Y entre más colores... —suspiró nuevamente, como si todo eso fuera una carga demasiado pesada.

—Esa es mi falla... Aunque la se controlar perfectamente. —dijo, y por un momento pareció perderse en sus pensamientos. Luego continuó—: Luego de un tiempo, antes de regresar aquí, los italianos querían que regresara con ellos. Así mamá se dio cuenta de que era 003. No se lo expliqué a fondo por miedo, hasta hace apenas unos meses, cuando cumplí catorce y mis fallas se hicieron más notorias... —concluyó, casi en un susurro.




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