Me levanté de la cama, respirando entrecortadamente, el aire caliente y espeso me costaba llegar a mis pulmones. Mi corazón latía con fuerza, haciendo eco en mi pecho, como si intentara escapar. Mis manos temblaban mientras me pasaba una de ellas por el rostro, sintiendo las gotas frías de las lágrimas que aún no había notado que caían.
Miré alrededor, incapaz de reconocer si aún estaba atrapada en uno de esos sueños oscuros que me habían acechado, o si realmente estaba despertando en una realidad que no me atrevería a llamar mía. Bajé rápidamente de la cama, mis pies desnudos tocando el frío suelo de madera, un contraste con la ardiente sensación de ansiedad en mi pecho.
Mis pasos eran rápidos, impulsivos. Corrí al cuarto de Eros, desesperada por encontrar una señal de vida, por confirmar que lo que estaba sintiendo no era una pesadilla, que él seguía siendo real, aquí conmigo.
Al abrir la puerta del cuarto de Eros, mi corazón se detuvo. La cama estaba vacía. El peso de la soledad se hundió en mi estómago y mis rodillas temblaron. Los recuerdos de nuestras últimas noches juntas se desvanecieron con el silencio que ahora llenaba el espacio.
Me quedé allí por un momento, mirando las sábanas revueltas, sin saber si debía gritar, llorar o simplemente rendirme. Un nudo se formó en mi garganta. No podía creer lo que veían mis ojos.
Pero entonces, un impulso me recorrió. Salí corriendo por la casa, recorriendo los pasillos con la esperanza de encontrarlo. No podía ser solo un sueño. No podía ser. Mis pies golpeaban el suelo con rapidez, mis respiraciones se entrecortaban aún más mientras corría sin rumbo, buscando respuestas en cada rincón.
Finalmente, vi la luz de la cocina encendida. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, y me dirigí hacia allí sin pensarlo. Al entrar, lo vi, abrazado a Trixie, pero no me importó. Mi mente se deshizo en una mezcla de alivio y rabia. Al verlo ahí, real, abrazando a alguien más, no pude evitar sentir que la rabia subía por mi pecho como un río en tormenta. Pero más fuerte que todo eso fue la necesidad de tocarlo, de sentir que realmente estaba vivo.
Sin pensarlo dos veces, me lancé hacia él. Mis brazos lo envolvieron con fuerza, y solté un suspiro tembloroso al sentir su calidez bajo mis manos. No quería soltarlo. El miedo, la ansiedad, la preocupación… todo eso desapareció en un instante. Y, sin embargo, la rabia seguía ahí, enterrada profundamente, como una sombra.
Eros me devolvió el abrazo, apretándome con fuerza, como si también estuviera temeroso de que desapareciera en cualquier momento. Su respiración se entrecortaba, y pude escuchar el suave temblor de su voz cuando susurró mi nombre.
—Maritza —dijo, pero no pude responder. Solo lo abracé con más fuerza, enterrando mi rostro en su pecho, tratando de borrar la sensación de vacío que había sentido segundos antes.
—No digas nada, por favor —le rogué, mi voz rota por la emoción—. No quiero despertar… Si es un sueño, como los otros, por favor… No quiero despertar, no quiero perderte —solté, la ansiedad pesando sobre mis palabras.
Sentí sus manos en mi rostro, acariciando mis mejillas suavemente. Su aliento, cálido y reconfortante, se mezcló con el mío, y con un gesto tierno, me obligó a mirar sus ojos.
—No es un sueño… Estoy aquí —dijo con una suavidad que me hizo llorar aún más. Abrí los ojos lentamente, y ahí estaba. Frente a mí, sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que no podía ser más que real. Sus rasgos, esa sonrisa familiar que tanto amaba, me llenaron de una paz que hacía mucho tiempo no sentía.
Mi respiración se calmó un poco, pero el miedo aún se colaba en mis venas. Mi corazón latía rápidamente, un recordatorio constante de lo frágil que era todo esto. Me aferré a él con más fuerza, sin querer soltarlo nunca más.
—Te amo tanto —susurró, y su voz se mezcló con mi llanto. Cerré los ojos por un momento, dejándome llevar por esa sensación cálida, esa promesa que siempre me hacía sentir segura. Pero entonces, la preocupación de repente me invadió otra vez.
—Maldito estúpido, no me asustes así —dije, ahogando una risa entre las lágrimas mientras lo miraba, pero mi tono estaba lleno de ternura, porque no quería perderme ni un solo momento de esta realidad.
Eros sonrió suavemente, pero el brillo en sus ojos se desvaneció al instante, y me besó la cabeza con una dulzura que casi me hizo quebrarme por completo.
—Lo siento tanto —murmuró—. Lamento haberte hecho una apuesta estúpida. No sabes cuánto lamento todo esto —dijo, y su voz traía consigo una carga de arrepentimiento que me hizo sentir que las palabras eran solo eso, palabras. No necesitaba promesas, solo su presencia.
—Ya pasó mucho, Eros —le respondí entre susurros, con una pequeña sonrisa—. Casi ocho años, para ser exactos —le recordé, y él frunció el ceño ligeramente, como si el tiempo no significara lo mismo para él.
—Eso es demasiado tiempo —se quejó, y yo reí un poco, limpiando mis lágrimas.
—No importa, ya estamos aquí, ahora —dije, alzando la cabeza para mirarlo con una pequeña sonrisa. Sentí la calidez de su abrazo envolviéndome, y el miedo empezó a desvanecerse.
—Lo único que importa es que estoy aquí. Y no me voy a ir. —Eso era lo único que quería escuchar.
Al principio, no me di cuenta, pero al poco rato comencé a notar que Eros estaba buscando algo, algo más que su sonrisa. Me miró, preocupado.
—¿Y mi princesa? —preguntó, y eso me hizo girarme de inmediato.
—La vi hace un momento —respondí rápidamente, pero al ver que el cuarto estaba vacío, un toque de preocupación me hizo sentir el vacío de nuevo. Eros también empezó a mirar alrededor, claramente inquieto.
—¿Dónde está? —preguntó, y de repente, la ansiedad volvió a mí.
—Vamos adentro, la buscamos después —dije, pero no estaba segura de qué decir. El viento soplaba con fuerza afuera, y el frío comenzó a calar mi piel. Era como si una sombra helada hubiera invadido la casa, y sabía que algo no estaba bien.
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Editado: 15.07.2026