Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

Epílogo

Bien…— Entré al comedor, cargando el pastel de cumpleaños en mis manos, preparado especialmente para Trixie, que hoy cumplía catorce años. Al entrar, los demás comenzaron a cantar el Happy Birthday. La alegría en el aire era palpable, aunque noté la tristeza oculta en los ojos de Trixie, porque Simón ya no estaba con nosotros. Había una ausencia que se hacía sentir, aunque todos intentábamos ignorarla por ella.

Trixie sonreía con esa chispa que tanto amaba ver, mientras Aria la abrazaba con fuerza. Eros se unió a la escena, abrazando a ambas, mostrando una imagen de familia unida y llena de cariño frente a la mesa, que estaba decorada con globos y serpentinas. A pesar de la felicidad del momento, una sombra de melancolía recorría el rostro de Trixie, como si el vacío dejado por Simón fuera algo que no se podía llenar con una simple celebración.

Dejé el pastel frente a ella mientras todos terminábamos de cantar. Ella rió suavemente, como si estuviera disfrutando, pero sus ojos no se podían esconder, y pude ver cómo brillaban con una mezcla de emociones. Al terminar, Trixie cerró los ojos y pidió un deseo con una expresión pensativa, antes de soplar las velas con toda su fuerza, como si quisiera que el aire llevara consigo todos sus deseos y esperanzas.

— Feliz cumpleaños, muñeca — dijo Eros, acercándose para besar su cabeza con ternura. Su gesto era lleno de amor, y Trixie respondió con una leve sonrisa, aunque la tristeza seguía marcando su rostro.

— Gracias, papi — le respondió ella, y la tristeza que se escondía detrás de su sonrisa no pasó desapercibida. Aria, siendo la observadora que es, notó el cambio en la atmósfera y rápidamente reaccionó. Tomó un poco del baño del pastel y, con una expresión traviesa, lo embarró en la cara de Trixie.

— ¡Feliz cumpleaños, hermana! — exclamó Aria, sonriendo con inocencia. La acción fue tan inesperada y juguetona que, por un momento, la tristeza de Trixie pareció desvanecerse.

— Gracias, hermanita — respondió Trixie entre risas, mientras aprovechaba la oportunidad para llenarle la mejilla de pastel a Aria. Ambas reían con alegría, como si las risas pudieran sanar cualquier herida invisible.

Eros observó la escena y, con su habitual tono cariñoso, dijo:

— Bien, pide un deseo — lo dijo riendo, pero había algo más en su tono, un deseo profundo de ver a su hija feliz. Trixie lo miró un momento, una ligera mueca apareció en su rostro, y suspiró con pesadez. Cerró los ojos, y el tiempo pareció detenerse por un segundo mientras pensaba en ese deseo que pedía al universo.

Después, con una expresión tranquila, sopló las velas del pastel. Los ojos de todos estaban en ella, pero cuando los abrió, había una mezcla de esperanza y algo más en su mirada, algo que quizás ninguno de nosotros entendía completamente.

— Solo espero que se haga realidad — murmuró, sus palabras apenas audibles entre la música de fondo y el bullicio de la celebración. En ese momento, sentí la necesidad de acercarme más a ella. Rodeé la mesa, me acerqué y la abracé por la espalda.

— Se cumplirá, nena — susurré en su oído, intentando transmitirle toda mi confianza. Ella sonrió débilmente, y sentí cómo su cuerpo se relajaba un poco al estar envuelta en mis brazos. Frotó mis brazos que la rodeaban, como buscando consuelo y seguridad.

— Eso espero, gracias, mami — dijo, su voz suave, casi como un susurro lleno de emociones que no necesitaban ser expresadas con palabras. Me aferré a ella con fuerza, sintiendo cómo su pequeño cuerpo se aferraba a los míos, y me di cuenta de que aún temía, de que aún había una parte de ella que no podía dejar ir el miedo, el miedo de perderme nuevamente.

Entonces, en ese momento, Aria rompió la tensión del momento con una pregunta divertida.

— ¿Ya me darán pastel? — preguntó Aria, con una sonrisa traviesa, mientras me miraba expectante. Aunque estaba abrazando a Trixie, no pude evitar mirarla y sonreír. Su energía era tan contagiosa.

— Ven, yo te daré — dijo Martha, tomando el pastel mientras Aria asintió y salió corriendo hacia ella. Hernad nos observó un momento, luego las siguió mientras Eros se acercaba a nosotras. Fue entonces cuando escuché el sollozo bajo de Trixie, un llanto silencioso que me hizo el corazón pesado. Mi instinto maternal me llevó a suspirar profundamente y a tomarla suavemente por los hombros para girarla hacia mí. La mirada de Trixie estaba perdida, evitando el contacto visual. Eros llegó a nuestro lado y, al ver su expresión, frunció el ceño preocupado.

— ¿Por qué estás triste? — le preguntó Eros, con un tono de voz suave y lleno de preocupación. Trixie negó rápidamente, pero con un gesto automático, comenzó a secarse los ojos, como si eso pudiera borrar la tristeza que la invadía.

— Solo… estoy emocionada — dijo, la voz algo temblorosa, como si estuviera tratando de convencernos de algo que no era cierto. Mi intuición me decía que mentía, pero también entendía que no quería abrirse, no quería hablar sobre lo que la estaba atormentando por dentro. La conocía demasiado bien.

— Bien, entonces te daré tu regalo — dijo Eros, tratando de cambiar el ambiente con una sonrisa. Trixie lo miró curiosa, aún secándose las lágrimas.

— ¿Qué? — preguntó, volviendo su mirada hacia él, su tono de voz todavía un poco apagado. Eros, sin decir una palabra más, se dirigió rápidamente hacia la sala a buscar la caja que había preparado para ella.

— Ya lo verás, amor — le dije, besando su cabeza con ternura. Tomé su mano y, aunque ella estaba algo distraída, asintió. Nos dirigimos a la sala, donde sabíamos que Eros ya tenía todo listo. La curiosidad iluminó un poco los ojos de Trixie mientras nos acercábamos, y pudo ver a Eros sosteniendo una caja grande, envuelta cuidadosamente. La caja era pesada y parecía que había algo dentro que la hacía moverse ligeramente.

— Feliz cumpleaños, nena — dijo Eros, con una sonrisa cálida mientras le entregaba la caja. Trixie tomó la caja, y al instante, su expresión se transformó en una mezcla de sorpresa y algo de miedo.




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