Grutas de Basalto

Capítulo 2

Lo último que me esperaba al regresar de una misión era encontrar mi salón hecho un desastre y a mis alumnos en la enfermería.
Era evidente que ciertos individuos carecían de toda capacidad de raciocinio.
Sentí el pulso latir en mi sien.
Dos de los niños a los que cuidaba apenas tenían seis años y sus caritas llenas de aruños y quemaduras no podían quedar impunes.
Al cruzar el corredor los vítores de los adolescentes en entrenamiento resonaron.
Eran el grupo nuevo. La fracción Ámbar.
Me detuve a unos pasos de la puerta, no por cobardía, ni por retractación. Necesitaba un momento.
Estaba cansada y en aquel momento no tenía la cabeza del todo fría, pero había cosas que debían de resolverse.
Aquí no se llegaba a nada quedándose de brazos cruzados.
Solo un estúpido se mete en una pelea que no puede ganar.
Xain siempre se quejaba de mi impulsividad... y no podía refutarlo.
La vena de la frente seguía latiendo de forma antinatural.
Respiré hondo y al abrir los ojos mi vista era clara y mis extremidades se sentían ligeras, con la mirada fija empujé con fuerza las oscuras puertas de madera atrayendo la atención de la mayoría de los presentes.
El salón estaba abarrotado.
Al entrar nos recibió el olor a sudor y los sonidos amortiguados de los pasos sobre la lona. Los vítores habían parado de golpe.
Los adolescentes nos miraron con curiosidad, los murmullos empezaron a recorrer el salón.
No era la primera vez que me cruzaba con ellos, pero esta iba a ser nuestra primera interacción directa.
Mi ira creció al verlo sobre la plataforma de combate, sin importarle ni un poco la cara casi morada del chaval bajo su brazo, a quien le estaba aplicando una llave al cuello con mucha mas fuerza de la necesaria.
Al deparar en mi mirada esbozó una sonrisa burlona, su lenguaje corporal demostraba que sabía perfectamente porque me encontraba allí.
Eso solo confirmaba mi teoría.
A este loco le gustaba jugar con fuego, apreté la mandíbula.
Conocía a pocas personas que buscaran los madrazos con tanta abnegación.
Oí a más de uno contener la respiración. Miré brevemente a los estudiantes; todos eran adolescentes, muchos no pasaban de los 15 años.
Los escaneé de pies a cabeza, al final aparté la mirada.
La carencia del artefacto metálico en su antebrazo me dejó un sabor agridulce en la boca.
Todos ellos estaban sin los brazaletes inhibidores. La cereza del pastel era que se encontraban bajo la tutela directa de aquel moreno insensato.
En pocas palabras, un mono con muchos cuchillos andaba suelto y a nadie le importaba.
Al ver que mi mirada volvía a caer en él, soltó al muchacho, este se arrastró fuera de su alcance a una velocidad impresionante para alguien que se encontraba a punto del desmayo.
Me aproximé a menos de un metro del moreno ojazul, con toda la elegancia que pude reunir tomé una de las pesadas sillas de madera y me senté justo frente a la lona.
Desde mi posición su piel de un bonito color canela brillaba debido al sudor.
Sentí su pesada mirada seguir cada uno de mis movimientos.
— Hola preciosa. —
—¿Eres idiota? —Pregunté tranquila mientras cruzaba las piernas.
Tenía genuina curiosidad.
—Vaya alguien está agresiva.—
¿Esa era la frase del día?
— A mí me parece que estoy siendo bastante educada.
—¿Qué te trae por aquí? — Sonrió irónico, el movimiento sacudió las pequeñas trenzas de su cabello.
—Nada en especial. — saqué una de las pequeñas dagas y jugueteé con ella. Sabía que esto no era intimidante, quería lograr que me tomara como una broma. —Acabo de llegar de una misión un tanto riesgosa, y me pareció curiosa una situación que aconteció en mi ausencia.
Tal como pensaba, sus ojos escaneaban mis movimientos con burla.
—Me llenan de intriga tus palabras.—
Incliné la cabeza interrogante. —¿Ah sí?
Pasó la lengua por la parte interna de su boca y luego sonrió de lado. — Algo con la suficiente importancia como para traer a la muñequita de azúcar del grupo de mandaderos siempre será algo de interés.
Con fingido desinterés escaneé el entorno, mi vista se detuvo en un grupo de estudiantes con los brazos y el rostro cubiertos de rosetas.
Parpadeé lentamente y luego me volví para responder a Carter.
— Veo que planteas tus opiniones con increíble contundencia, casi parece que posees criterio propio y capacidad de pensamiento. —guarde la daga en la funda de mi uniforme.
Levantó las cejas. — Preciosa. De verdad aprecio tu visita pero creo que deberías volver con tu sección. Este no es lugar para princesas.
No pude ocultar mi asco al verlo escupir fuera de la lona.
— No creo que sea necesario retirarme, es evidente que las princesas abundan en este lugar… Solo alguien sin huevos ataca a traición. —
Mis palabras le parecieron divertidas — He de decir que estoy sorprendido, nunca esperé que tus esbirros estuviesen tan bien equipados. —
Hijo...de puta.
—Utilizaste de diana a mi fracción. —No fue pregunta, fue una sentencia clara y concisa.
Se pasó una mano por la quijada pensativo — Para ser precisos solo fue una pequeña parte de tu fracción. El resto salió corriendo. —
Sus ojos brillaron con burla, como si hostigar solo a una parte de los niños fuese un mérito digno de admirar. —Son bastante escurridizos.
Me levanté del asiento, con pasos lentos subí a la lona.
Sonrió con suficiencia.
Con los brazos extendidos se giró en dirección a los adolescentes — No se pierdan esto. La pequeña estrella de la lona va a intentar pelear contra mi...
Qué bonito espectáculo.
Acercó su rostro al mío, con una de sus manos rodeo mi cuello, y con la otra se adueño de una de mis horquillas. Lo miré serena, por dentro ya me había imaginado al menos cuatro formas de romper esa mano.
— Si hubiese sabido que para traerte solo era necesario tocar un poco a tus subordinados, los hubiese ido a visitar un poco antes.
No vi venir mi movimiento, justo cuándo intentó aplicar fuerza le lancé un derechazo al pómulo.
El dulce sonido de su trasero al impactar contra la lona casi aliviaba el dolor sordo que sentí en la muñeca.
Sacudí la mano, mierda, todavía podía moverla... Debí haberle dado con más fuerza.
Sus ojos claros ardían cuando se giró en mi dirección. Un fino hilo de sangre brotaba de su boca.
Se levantó preparándose para atacar —No sabes en qué te metiste preciosa —su expresión ya no era ni de cerca burlona, lo había enfurecido.
Dio tres vueltas a mi alrededor, al no ver cambio en mi postura, atacó.
Sus movimientos eran bastante limpios, pero priorizaba la fuerza sobre la precisión, he ahí su error.
Me lanzó otro golpe.
Mi ventaja era la velocidad, si no quería terminar en la enfermería más me valía mantenerme en movimiento.
Mientras ninguno de sus golpes me acertara, estaría bien.
Se dio cuenta que atacar como un animal no le serviría, detuvo sus pasos.
Al parecer su cerebro sí era funcional después de todo.
— Es impresionante tu falta de conocimiento sobre tu entorno — Era imposible que no supiese las reglas, las graban en el alma antes siquiera de aprender a andar correctamente.
Atacar a otra fracción estaba estrictamente prohibido.
Esta Regla que aquel insensato se había pasado directamente por la raja. Peor aún, causar daño físico a un no despertado (menores de 12 años) era ponerse un cartel que decía "me sobran los dientes" directamente en la frente.
—Sabes preciosa. Hay a algunos a los que nos dan ciertas libertades. — señaló brevemente a su fracción, la referencia a la falta de sus brazaletes quedó implícita en su gesto.
Luego del despertar los adolescentes eran inmediatamente puestos bajo la contención de los brazaletes inhibidores. No era opcional.
Pero al parecer los superiores tenían cierto favoritismo.
Maldito nepotismo.
El segundo golpe lo acerté justo debajo de sus costillas, con un poco menos fuerza de la deseada, pero, la suficiente para hacerlo trastabillar. Sin darle tiempo de reacción pateé su espalda. Casi logré ponerlo a oler la lona.
Me distancié un poco para estudiarlo.
Era sumamente agresivo y bastante ágil.
Era alto, tal vez un metro ochenta y cinco...casi no utilizaba el brazo derecho para atacar, posiblemente era zurdo, pero no debía de confiarme. Yo era diestra, pero daba unos golpes bastante buenos con la izquierda.
Sus movimientos eran rítmicos y bastante toscos.
Ésta era la primera vez que nos enfrentábamos en combate y estaba bastante segura de que ni siquiera se había tomado la molestia de investigar en donde se estaba metiendo.
Su grupo había llegado hacía casi una semana. Tres fracciones se habían integrado a nuestras filas de la noche a la mañana.
Para tener cinco días en la sede se había ganado el resentimiento de al menos la mitad de las secciones. Me asombraba que a estas alturas todavía conservara la cabeza pegada al cuerpo.
La regla aquí era que los conflictos personales se arreglaban en la arena o en la lona.
En el momento en que se metió con mis niños se condenó a sí mismo.
Esto no se trataba sólo de que fueran mi fracción, tocar a los latentes era uno de los actos más cobardes de este lugar.
El despertar de un elemental ocurría entre los 12 a los 14 años, antes de esto todos eran sumamente frágiles.
Perder a uno no era una opción. No mientras estuviese a mi cargo.
Regresé mi atención al idiota frente a mí, su sonrisa había desaparecido por completo desde haca rato.
Mi fuerza no podía compararse a la suya, cada golpe que me lanzaba buscaba llegar a puntos críticos.
Pero incluso sin ese estúpido brazalete y con apoyo pasaría un momento difícil contra mi. En este lugar el único que podía darme batalla en un combate cuerpo a cuerpo era Zefir.
Logró parar dos de mis golpes de manera asombrosa, casi no evitaba, pero sabía cubrirse, no por nada era un tutor.
Un golpe en las costillas me hizo caer.
Mierda, el maldito tenía fuerza, apreté los dientes hasta sentir sangre.
Me tomó un segundo recuperar la respiración.
Aproveché mi caída para barrer sus piernas y sacarlo del cuadrilátero. Un destello plateado en su brazo llamó mi atención, una sonrisa tiró de mis labios... y no precisamente por ver su cara comiendo el suelo de piedra.
De un salto bajé de la plataforma.
A estas alturas ambos nos encontrábamos sudados.
Gruñó cuando volví a acertarle un golpe en el pómulo. Su rabia había generado pequeños copos de nieve por la habitación. Para ser alguien con rango de tutor, el moreno tenía muy poco control sobre sus habilidades.
Tal como lo había pensado el moreno poseía un poder elemental enorme.
Los copos de nieve explicaban porque Carter todavía se encontraba en una pieza a pesar de haber alborotado tanto el avispero. Había muy pocos manipuladores de hielo. En combate eran la representación mismísima de la muerte. Ahora entendía porque lo cuidaban tanto los superiores.
—¿De qué libertad puede hablar un perro con una correa? —Inquirí señalando su brazo, no podía alardear mientras parcialmente oculto en su ropa se encontraba un brazalete.
Su mirada de rabia no cambió, pero el pequeño jalón que dio a su prenda confirmó que había entendido mi comentario.
Su pequeño gesto me provocaba gracia, pero no disminuía mi rabia —No sé qué es más triste. si tu petulancia infantil o tu carencia de juicio. — Mi comentario dio justo en la diana, su cara pasó a tener un tono rojizo en cuestión de segundos.
No podía alardear de algo de lo que carecía. No mientras su brazo estuviese adornado con la misma argolla plateada que el mío.
Una correa en el más puro sentido de la palabra.
Inhabilitar las habilidades era una de las formas en la que nuestros superiores nos mantenían en control y vigilancia.
Eran como un torniquete que suprimía el poder almacenando la energía.
Los inhibidores eran tan efectivos que convertían un carámbano en apenas una brisa helada.
Justo como estaba pasando en este momento, donde pequeños copos de nieve se arremolinaban al rededor de la cabeza del moreno.
El mío estaba adornado con dos de esas cosas. Una dorada y una plateada.
Lo más probable es que este pequeño espectáculo me trajera repercusiones futuras, pero no podía importarme menos.
Los hilos azulados en los cabellos del moreno empezaron a flotar mientras se tambaleaba, si no fuera por el brazalete inhibidor, a esta altura ya hubiese mostrado un par de alas. Había logrado mi cometido estaba profundamente alterado.
—Tienes muy poco control sobre ti mismo. —Lo vi apretar la mandíbula. —supongo que tu control sobre tu temperamento es proporcional a tu control sobre tus habilidades.-
Arremetió como toro olvidando todo entrenamiento.
Lanzaba golpes con saña, podía evitar la mayoría, pero los dos que me había acertado punzaban, sumándose a el par de puntadas que ya traía de la misión.
Decidí acabar rápido con esto y empecé a asestar golpes cada que veía un hueco en sus erráticos movimientos.
Las extremidades me dolían pero nada que no pudiese manejar.
El salón estaba sumido en un pesado silencio, solo se oían los pasos sobre la piedra y nuestra fuerte respiración.
Tomé impulso y salté. Enrollé mis piernas alrededor de su cabeza, utilizando el movimiento volví a hacerlo comer el piso. Las llaves eran muy efectivas.
No esperé a que decidiera levantarse, lo tomé de las trenzas y le puse la daga en el cuello. Su cara era un mosaico de tonos rojizos.
—la hostia. —un murmullo de asombro se extendió entre los adolescentes.
Oí una risa contenida en alguna parte del lugar.
Ejercí más fuerza en mi agarre sobre su cabeza.
—No sé.. de qué agujero putrefacto te sacaron... pero... Te voy a dejar claro una cosa. — en su cuello empezó a formarse una línea delgada de sangre
Mi voz un poco cortada por el esfuerzo.
Retiré la daga rápidamente de su cuello para luego asestar su cabeza contra la roca una vez más.
Iba a estar aturdido por las próximas horas.
Acerqué mi boca a su oído — la próxima vez... no montaré un puto espectáculo... —sus ojos buscaron desesperadamente algo mientras respiraba de forma brusca.
A pesar de estar aturdido sabía perfectamente que me estaba escuchando.
Su mirada empezaba a llenarse de resentimiento. Mi voz seguía ligeramente ronca. —directamente te cortaré las bolas.. y se las daré a Zefir. —
El mencionado soltó un bufido y salió de la habitación. No tenía pruebas, pero la risa de hacía un rato tenía su nombre grabado.
En algún momento de la pelea habían llegado más personas al salón, actualmente tenía el doble de espectadores que cuando entré, había desde integrantes de mi sección, hasta adolescentes de otras fracciones.
La idea de que esto podía pasar inadvertido se esfumó totalmente.
Me quité de encima del moreno y clavé la mirada en los adolescentes de la fracción Ámbar, algunos me miraron alzando sus cabezas con arrogancia, otros retrocedieron con nerviosismo.
Desde pequeños nos acostumbraban a observar y participar en este tipo de espectáculos.
Cerré los ojos unos segundos al sentir un fuerte dolor en las costillas... 1... 2... 3... inhalé y exhalé hasta recuperar el ritmo de la respiración.
Nadie debía notar debilidad.
Cuando los volví a abrir mi respiración era pausada.
Subí a la lona con calma.
Calculando mis movimientos me senté sobre la plataforma. —Las riñas personales se arreglan en la arena y en la lona. —
Señale las pesadas puertas de madera, mi voz fue lo suficientemente alta para que toda la sala me escuchara. —Los ataques entre fracciones están prohibidos fuera de esta sala.—
Recorrí el lugar con la mirada hasta detenerme en el mismo grupo de antes. Los adolescentes mostraban varios golpes al rededor de sus cuerpos, pero lo que resaltaba era los ronchones rosáceos que mostraban sus brazos.
Esos eran obra de mis pequeños, sin lugar a dudas.
Al reparar en mi mirada penetrante, la mayoría intentó cubrirse.
La picazón rosácea les duraría dos semanas.
Suprimí una sonrisa mientras negaba con la cabeza.
Que pena.
Mis chiquillos todavía no tenían habilidades, ni alas, pero no estaban desarmados. Yo misma les había entregado aquellas bombas de polvo que generaban urticaria.
En un entorno tan podrido como este, saber defenderse era algo más que una necesidad.
—Quiero que les quede claro una cosa. Cualquiera que intente lo mismo que ellos se gana un pase derechito al infierno. —si bien mi advertencia fue hecha con calma, tenía que ser tomada en serio, yo no hacía promesas vacías.
Los vi tragar saliva.
Bien.
Ya que aclaramos eso, vamos a la parte divertida.
—Me alegra informarles que yo, soy su tutora de combate cuerpo a cuerpo. —La mayoría se tensó —Gracias a sus compañeros mañana pasarán tres de las cuatro horas de entrenamiento en las cocinas.
En mi fracción habían 13 niños, todos menores de once años, cinco se encontraban en este momento en la enfermería.
Estaba siendo bastante benevolente.
—Para los que no me conocen, me presento; Soy Liliana, la tutora y protectora de la fracción granate. —
Con un movimiento fluido tomé la solitaria aguja metálica que todavía sujetaba mi cabello y la lancé en dirección al moreno casi inconsciente. El ornamento se enterró en el suelo justo entre las uniones de la piedra, a sólo centímetros de la cara del idiota.
Sin darles otra mirada me encaminé hacia la salida.
Se escuchó un silbido y poco después se armó el revuelo.



#1918 en Fantasía
#1013 en Thriller

En el texto hay: romance, fantasia oscura

Editado: 15.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.