—¿Ves? —preguntó el pequeño con desparpajo mientras daba vueltas sobre si mismo, su acción solo resaltó la quemadura sobre su hombro. — Estoy bien. Cuando se aparecieron en el salón corrí con Sayer y Alana a sacar las bombas. Kay sacó a Tristan, Casey y los demás.—
Los mencionados asintieron ante el comentario de Gael.
Sus brazos sólo mostraban pequeñas raspaduras.
Sayer señaló a Gael con un gesto acusador desde su camilla. — ¡A este idiota se le cayó una de las bombas de urticaria justo debajo! —
Su ceño estaba profundamente fruncido, miraba a su compañero con desaprobación. — ¡Si no fuera por Hazel en este momento tendríamos ronchas hasta en el culo!—
—Esa boca. —lo reprendí. Con cuidado aparte mis manos del brazo de Alana.
La pobre niña se había llevado la peor parte, mientras los otros tenían algunas quemaduras pequeñas, ella tenía todo el brazo rojo.
El pequeño Sayer me miró enfurruñado.
—¿Qué habilidades utilizaron ellos en el ataque? —Pregunté
—Solo fuego. —respondió todavía molesto.
Volví a extender la crema blanquecina sobre la piel de Alana, ella soltó un pequeño quejido de dolor ante mi toque.
En el momento que el ungüento fue absorbido por su piel, esta empezó a cambiar.
A los segundos la herida pasó de un tono rojo intenso con muchas ampollas a un rosado con algunos puntos rojos.
No podía hacer más sin que se notara.
Hace unos minutos le había dado un medicamento para el dolor, no tardaría mucho en dormirse.
—¿Cómo los golpearon? —la duda era persistente.
Yo les había proporcionado bombas como defensa personal, pero ninguna podía generar moratones como los que exhibían los adolescentes.
Tampoco veía posible que pudiesen salir vivos en una pelea con una persona que controlaba el fuego.
Gael juntó las cejas en un gesto gracioso. —Eso fue obra de la fracción Amaranto, llegaron a los minutos y los sacaron a patadas. —Continuó con su explicación tocando su barbilla. —Aunque también pudo ser por Alana, empezó a tirarles cosas, no sabía que los libros podían usarse como armas.—
La castaña, ante la mención de su hazaña rió de forma adormilada, aparté con ternura uno de los mechones marrones de su cara.
— ¿Cuántos adultos había durante el ataque? —
La carencia de vigilancia en la habitación nos permitía hablar libremente.
Sayer se sulfuro ante mi pregunta. — Solo estaba el idio...—frenó de golpe para corregir la frase. — Solo estuvo el hombre de ojos azules. —
Apreté la mandíbula levemente, esperaba que el muy maldito de Carter no pudiera salir de la enfermería en las próximas dos semanas.
—Le debí romper otro diente —Me lamenté
Gael alzó las cejas incrédulo —¿Peleaste con él? —
—Ustedes son mi fracción, como su tutora puedo penar cualquier ofensa contra ustedes. —
Sayer se recostó cubriéndose con la manta.— No es necesario que hagas eso por nosotros.
Recosté a Alana en la camilla, rogué que esta noche pudiese descansar.
Con el botecito redondo de la crema en las manos me acerqué a Sayer y levante las cobijas para destaparlo.
Con cuidado me senté en la cama y empecé a curar su herida.
Siseo cuando la crema tocó las quemaduras de su brazo, sus ojos se cristalizaron por el dolor, pero no soltó ni una sola de las lágrimas.
A los pocos segundos sus hombros se relajaron de alivio.
— Debiste empezar por el hombro de Gael. — evitó mi mirada.
Con delicadeza esparcí el producto por las zonas enrojecidas de su mejilla. —Gael puede esperar un segundo.—
Frunció el ceño, estaba en desacuerdo con mis palabras, pero no iba a refutarme.
—Puedo aplicarlo solo. —Replicó, alejándose de mi toque.
Claro que podía hacerlo solo.
Todos en esta sala eran capaces de cuidar de sí mismos. Retiré la mano de su rostro.
Sayer era el mayor del grupo, también el más arisco.
Cuando llegó el turno de Gael, este se sentó de forma obediente.
Sus heridas no eran tan serias como las del resto.
En el pasillo empezaron a oírse pasos.
De manera natural los niños se acostaron en las camillas.
Rápidamente escondí la crema en un pequeño bolsillo dentro de mi chaleco.
El envase era pequeño, metalico y compacto, con pequeñas flores grabadas en la tapa.
Un despello de tristeza surgió en mi pecho al verlo casi vacío.
Esto era algo que nadie podría encontrar aquí. Un pequeño tesoro que cuidaba con recelo.
Tristan y Casey fingieron dormir.
Solo cinco de mis estudiantes se encontraban en aquel lugar.
El resto esperaba pacientemente mis indicaciones en el área de los latentes.
Los pasos se detuvieron frente a la puerta.
Cuándo está fue abierta yo me encontraba recostada de la pared con un gesto indiferente.
Un tutor no podía encariñase con una fracción, nuestra misión era guiarlos, evaluarlos y mantenerlos vivos. Cualquier falta al código sería penada.
En la habitación entró una enfermera con las manos repletas de papeles.
—Liliana. — La rubia me miró con seriedad. — Te solicitan en la sala de reuniones.—
¡Carajo!
Con un asentimiento de cabeza me despedí de la enfermera.
Salí sin voltearme a mirar a los niños, las miradas innecesarias eran peligrosas.
Poco a poco mis pasos me alejaron del área médica.
Nuestra sede se encontraba bajo tierra, un sinfín de ruinas antes abandonadas ahora eran nuestro refugio. Dentro de las grutas de Basalto el ambiente era húmedo y oprecivo.
Podía sentir las miradas vigilantes a medida que avanzaba por los desolados pasillos, a esta hora la mayoría de los habitantes de este lugar se encontraba en el comedor.
Mi estómago me resintió, recordándome que no había comido nada decente desde hacía un buen tiempo.
Hice una mueca, debia concentrarme en algo que no fuese el malestar.
Al escanear mi entorno divisé tres figuras, estas me acechaban desde las sombras, sus miradas seguian mis pasos.