Esta historia, a comparación de las demás, es mi historia. Bueno, una parte de ella es verdad; la otra ya es parte de un sueño frustrado de ser jugador profesional, pero algo así es como me imagino que hubiese sido mi carrera futbolística.
El 13 de junio de 1999 nace en Soacha, Cundinamarca, Cristian Ricardo Roa García. Su amor por el deporte siempre lo llevó consigo y más cuando se trataba de fútbol. Con solo ver un balón, el instinto de tocarlo y patearlo se hacía presente de inmediato, aunque al principio solo corría detrás de la pelota sin mayor táctica.
Fue creciendo y, a medida que lo hacía, su pasión por el fútbol también se multiplicaba. Aunque siempre fue un jugador de campo, un día todo cambió para siempre.
En aquella cancha de concreto del barrio se encontraba Cristian cuando apenas tenía 9 años. Observaba con atención cómo un grupo de jóvenes mayores jugaba un intenso partido de microfútbol. Las ganas de jugar eran tantas que los chicos, al verlo tan pequeño, solo le permitieron ingresar con una condición: debía tapar. Sin dudarlo un segundo, él accedió con tal de estar en el terreno de juego.
Luego de un rato de estar jugando, entre el polvo y el sudor de la tarde, llegaría la jugada que lo cambiaría todo.
Un poco más lejos del área, uno de los jugadores rivales acomodó el cuerpo y sacó un zapatazo teledirigido, directo y con gran fuerza, hacia la portería que custodiaba Cristian. Para aquel niño de 9 años era su primera vez bajo los tres palos; no tenía técnica ni reflejos desarrollados. El balón impactó con una violencia brutal directamente en el rostro del pequeño arquero, reventándole la nariz al instante. La sangre no tardó en brotar. Cualquier otro niño hubiera salido corriendo a su casa jurando no volver a ponerse bajo un arco jamás. Sin embargo, en él, aquel balonazo provocó una sensación distinta: una llama de pura revancha.
Aquel niño, con el rostro manchado y limpiándose con la manga de la camiseta, juró que esto no se quedaba así. A partir de ese momento empezó a entrenar duro, pero esta vez con la mirada fija en el arco.
Junto a su hermano, buscaban colchones viejos o dañados que la gente desechaba por el barrio y los llevaban a su casa para armar su propio centro de alto rendimiento improvisado. Mientras uno pateaba con todas sus fuerzas a corta distancia, el otro se paraba encima del colchón y volaba por los aires buscando alcanzar el balón para realizar atajadas épicas. Durante semanas lo hicieron así, cayendo una y otra vez sobre la espuma gastada, pero fue Cristian quien le fue agarrando un amor incondicional a los guantes.
Después de unos meses de entrenamiento casero, Cristian estaba listo para su revancha. Con un poco más de confianza y los reflejos mucho más afilados, volvió exactamente al mismo lugar donde tiempo atrás había salido derrotado y sangrando. Esperó paciente su momento hasta que acudió de nuevo al llamado del arco. Por segunda vez se plantó bajo los tres palos metálicos. Aunque seguía siendo un niño pequeño frente a una portería enorme, extendió sus brazos y piernas, bajando el centro de gravedad para achicar el ángulo visual del rival.
A los cinco minutos de estar allí, en el otro lado del centro del campo se maniobró una jugada rápida. Un pase filtrado entre los defensas dejó al delantero completamente solo, frente a frente con Cristian. El atacante definió cruzado y a media altura. En cuestión de milésimas de segundo, Cristian recordó cada una de las voladas sobre el colchón de su casa; su instinto lo llevó a impulsarse con fuerza en el momento y lugar correctos. Estiró la mano derecha en el aire y detuvo el balón con una volada estupenda que sacó el aplauso de los presentes. Al caer, el impacto seco contra el pavimento le dejó claro que esa no era la espuma a la que estaba acostumbrado, pero la euforia de sus compañeros amortiguó por completo el dolor del golpe.
Esa no sería la única intervención de la tarde. Momentos más tarde, un balón dividido terminó en los pies del mejor rematador del equipo rival. Sin pensarlo dos veces, desenfundó un disparo potente desde una distancia de más de 15 metros. La pelota llevaba un efecto envenenado que buscaba colarse pegado al poste derecho. En otra maniobra memorable, Cristian leyó la trayectoria, dio dos pasos rápidos de costado y se lanzó cuan largo era, desviando el balón al tiro de esquina con la punta de los dedos.
Aunque su equipo terminó perdiendo el partido, Cristian ganó algo mucho más valioso: el orgullo intacto de haberse reivindicado en su propia revancha. Al finalizar el encuentro, sus compañeros se acercaron a felicitarlo, asombrados de que un niño de 9 años hubiera firmado dos atajadas dignas de un profesional.
Cristian caminó a su casa convencido de que ser arquero era su verdadera vocación y que, a partir de ese histórico día, llevaría siempre consigo el número 13 en la espalda, en honor a la fecha de su nacimiento.
Editado: 15.09.2026