Guardian

PRÓLOGO

En la penumbra de una habitación de hospital, una mujer yacía de rodillas junto a la cuna vacía de su bebé. Su espalda se curvaba hacia adelante, como si el cuerpo entero se rindiera al peso de lo que ya no podía sostener. Las lágrimas le corrían en silencio, profundas y cáusticas sin permitirle emitir ni un solo sonido. Ni un suspiro.

Sasithorn acababa de recibir la noticia: el corazón de su pequeña no fue lo bastante fuerte para resistir la cirugía. Su mente, nublada por el dolor, se aferró a un recuerdo como único refugio. El momento en que mecía a Aylé entre sus brazos, sintiendo su aliento tibio en la piel, escuchando ese murmullo de risa que parecía de otro mundo.

—Todavía somos jóvenes, cariño —susurró Kritsada, su marido, con voz quebrada mientras se arrodillaba a su lado y la atraía hacia su pecho.

El aire en la sala se volvió espeso, como si cada palabra pronunciada pesara toneladas invisibles. Sasithorn no respondió, apenas logró parpadear. Un zumbido le llenó los oídos, sordo, incesante, como una alarma subterránea. Sintió un calor ascenderle por la nuca, una presión en el pecho que la hacía respirar entrecortado. Sus manos temblaban como si ya no le obedecieran.

—No otra vez… por favor… —susurró.

La súplica cortó a Kritsada por dentro. Cada palabra era como una astilla afilada que se le incrustaba en el pecho, una tras otra. Quiso responder, pero el nudo en su garganta no se lo permitió. Solo la abrazó más fuerte. Apoyó su frente contra la de ella, dejando que las lágrimas le cayeran sin vergüenza.

¿Podía acaso culparla? En ninguna manera. Sabía cuánto había luchado. Cuántas veces se había quebrado Sasithorn en silencio tras cada pérdida inexplicable en el séptimo mes. Hasta que llegó Aylé, ese pequeño milagro que nació sin complicaciones, devolviéndole la esperanza. Pero… con solo unos días de nacida, la esperanza se tambaleó: cardiopatía congénita.

El silencio de Sasithorn se tornó más profundo. Su cuerpo dejó de responder, sin previo aviso.

—Cariño… ¡Sasithorn!

Kritsada la sostuvo con ambas manos cuando su cuerpo se desvaneció entre los brazos de él como un muñeco de trapo. El peso muerto lo sacudió más que cualquier palabra. El rostro de ella cayó hacia un lado, los labios entreabiertos. Presionó el botón de emergencia con manos torpes y desesperadas. En segundos, dos enfermeros y la doctora de turno entraron en la sala.

—¡Está teniendo una crisis hipertensiva! —informó la doctora, tras revisar los signos—. Necesitamos estabilizarla. ¡Por favor, salga!

—No… no me pidan eso —murmuró Kritsada sin soltarla.

Pero no hubo elección. Uno de los enfermeros lo apartó con firmeza, mientras la doctora colocaba una pastilla bajo la lengua de Sasithorn y otro preparaba la vía. La subieron a la camilla mientras él, impotente, solo podía mirar a través de la ventanilla de la puerta.

—Por favor… —susurró, con los dientes apretados, la voz estrangulada de dolor—. No me dejes también.

La puerta se cerró con un clic tan seco, tan definitivo, que pareció partir el aire en dos. Kritsada permaneció inmóvil, con la frente apoyada contra el vidrio, como si pudiera sostenerla aún desde el otro lado. Como si al mantenerse ahí, quieto, pudiera evitar que se escapara también.

Solo cuando el pasillo quedó en completo silencio, se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin respirar. Retrocedió un paso. Luego otro. Sus piernas lo guiaron sin rumbo, de un extremo al otro del pasillo, sin verle forma al tiempo ni sentido a la espera. En ese espacio suspendido entre luces frías, donde el dolor de los otros se mezcla con el propio, se dejó caer al suelo, junto a la puerta. Se acurrucó allí, con las piernas dobladas y el rostro hundido en las rodillas.

No lloró esta vez. No tenía lágrimas. Solo dejó que el silencio lo devorara, que la impotencia le aflojara cada músculo hasta que se sintió hecho ruinas. Y en esa quietud que ya no era consuelo, lo entendió. No era solo el miedo de perder a Sasithorn lo que le carcomía por dentro. Era también el peso insoportable de deshonrar el legado que su padre le confió. Su ascenso oficial ocurriría en exactamente nueve meses, una ceremonia ancestral e inquebrantable.

Pero la tradición era clara: el heredero debía presentarse junto a su primogénito, nacido dentro del matrimonio legítimo. De lo contrario sería destituido de su derecho y exiliado, dejando el legado de su familia en mano de otra. Una advertencia sellada en siglos de historia. Una condena si no lograba cumplirse.

La puerta se abrió con un chirrido leve, y la doctora apareció. Se le vía agotada, pero serena. Kritsada se puso de pie de inmediato.

—Tranquilo —dijo ella con voz firme pero cálida—. Tuvo un pico hipertensivo, pero ya está estable. Le estamos administrando un medicamento sublingual para controlar la presión.

—¿Estará bien? —preguntó él, con una urgencia que se le filtró en la voz.

—Ha sido solo una reacción de su cuerpo ante el estrés extremo que está atravesando. Su presión ya es estable, pero vamos a monitorearla unas horas más.

Kritsada cerró los ojos, solo un segundo, como si ese gesto pudiera aliviar el nudo en su pecho. Ya no estaba seguro de poder sostener el peso de todo lo que lo habitaba.

—Por ahora, lo importante es que pueda descansar —informó la doctora, haciendo una pequeña reverencia para retirarse.




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