Guardian

CAPÍTULO 1

Romper un trato es romper un hilo del destino

—Voto sagrado de Elysumar

—Una vez entregues el regalo, no hay vuelta atrás.

—Aprovecha bien el tiempo —advierto besando su mejilla flácida y salgo del coche.

Camino hacia el sujeto encargado del acceso y el bullido de los reporteros agolpados en la entrada no hace más que crecer. Flashes, micrófonos, reporteros…

Zeyned Quispe, de Noticias Internacionales, reportando en vivo desde las afueras de la mansión Thepparit.

Las luces bañan la fachada de la residencia, donde esta noche se celebra la prodigiosa victoria de Yahel Thepparit, quien con apenas diecisiete años, se ha consagrado campeona del Mundial FEI Archen, en la categoría de saltos.

Una hazaña histórica que la posiciona como la jinete más joven en conquistar este título, superando a competidoras con décadas de experiencia. Fuentes cercanas aseguran que el ambiente dentro de la mansión es de absoluta euforia: empresarios, figuras del deporte ecuestre y representantes de la federación internacional se han dado cita para felicitar a la heredera considerada ya una promesa imparable del circuito mundial.

Mientras la música, el champagne y los aplausos llenan la noche, el apellido Thepparit vuelve a ocupar titulares internacionales, consolidando su legado de excelencia y disciplina.

Desde las afueras de la mansión, esto es Noticias Internacionales.

Cada invitado procura no desentonar mientras espera su turno; murmuran nombres, diseccionan protocolos y reparten burlas sobre los presentes e, inevitablemente, sobre mí.

—Nadie parece haberle avisado que esto no es una fiesta de disfraces —susurra una voz a mi espalda.

—No seas tonto, cielo —dice alguien más entre risa—. Es solo una interpretación muy literal de un Rubeus Hagrid indigente.

Más allá de las rejas, las farolas iluminan con una luz cálida las extensas jardineras, y la brisa nocturna apenas logra mover los estandartes violetas que cuelgan de los balcones, solemnes, perfectos.

En uno de ellos se encuentran las siamesas, como la llaman, de esta familia: Yahel y Ágnes. Sentadas sobre la barandilla, con los impecables uniformes de equitación aún puestos, bajo una luna bermeja desproporcionada, casi irreal. Sus manos entrelazadas como una promesa silente, ajenas al espectáculo que se despliega abajo en su nombre.

—Su invita… —El encargado se interrumpe en seco, con el ceño hundiéndose en una mueca de desconcierto.

Sus ojos primero quedan atrapados en los nudos enmarañados de mi cabello; luego, descienden por la espesura de mi barba descuidada que cubre la mitad de mi rostro, para terminar buscando, casi con miedo, mis ojos apenas visibles tras el vello.

—Invitación… por favor —Logra articular, endureciendo la voz para disfrazar su asco.

—Mhm.

Al levantar el brazo para buscar la tarjeta, el hombre retrocede un paso, como si temiera que mi sola sombra fuera contagiosa. Hundo los dedos en el bolsillo de mi camisa polo y saco la tarjeta platinada.

El encargado la toma de mala gana. Me permito una media sonrisa ante su impertinencia; en mi mundo habría ordenado que arrancaran una viga de su propia casa para atarlo a ella y azotarlo hasta las puertas de la muerte, para luego reducir su hogar a escombros y cenizas. Lástima que ninguno de los dos puede ir allá.

Desliza el platino por el escáner oculto en el pórtico. Bajo la luz violeta de la máquina, el sello de la Región Hormiga: cuatro rostros de animales tallados en relieve, custodiando celosamente a una diminuta hormiga en el centro. La verificación se demora, la música apenas un espectro desde aquí, un murmullo de cuerdas y viento que se filtra como un susurro venenoso a través de los ventanales; como si la propia mansión dudara antes de dejar entrar a semejante espina en su costado.

—Bienvenido… Sr. Matousek —dice, con las palabras amargas en su boca.

—Mhm.

Al cruzar el umbral, un golpe de aire cálido, saturado de incienso y tabaco, me envuelve como una mortaja. El ambiente es denso, casi irrespirable: una marea de trajes a medida y peinados ostentosos. Todo en ese lugar encaja con precisión; todo, excepto yo.

El estómago se me contrae, obligándome a detenerme en medio del vestíbulo. Mi instinto me hace esperar el grito de Sasithorn desde el salón por entrar sin anunciarme, o encontrar la silueta de Kritsada en el umbral de su estudio, copa en mano y esa eterna mueca que oscilaba entre el reproche y el alivio. Pero no hay rastros de ellos; solo rostros extraños habitando los restos de la familia Thepparit.

La puerta del estudio de mi padre se abre y el tiempo se fractura. Como si los dieciséis años de exilio nunca hubiesen ocurrido, allí estaba ella: Áyle. Semejante a un destello inigualable entre la multitud. Desde lo alto de la escalinata, su vestido de seda lila se ciñe a su cuerpo con una elocuencia que me roba el aliento. Desciende con una lentitud calculada, cada paso es un compás de una danza de poder. El escote de V realza una elegancia soberana, mientras los bordados dorados de su vestido atrapan la luz de las arañas de cristal, dejando un rastro de ceniza y asombro a su paso.




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