Guardián de mi abismo

Bienvenidos a Willowbrook

Si quieres un lugar tranquilo, vive en Willowbrook.

Una ciudad naciente, donde no solo tendrás una casa, sino un hogar. Una comunidad donde todos tus vecinos son como tú.

Si quieres estabilidad y calidez, Willowbrook será tu hogar.

Solté una risa baja y amarga que se perdió entre el humo del cigarrillo. Podía sentir como picaba mi garganta, una sensación que años de costumbre no habían logrado eliminar. Cerré los ojos con la satisfacción de un adicto que al fin tiene su consumo diario. Desde el inicio de clases no había podido tener unos segundos de paz.

—Qué estupidez —murmuré, apoyando los codos en la baranda oxidada de la azotea. Ese lugar era impresionante. No podía evitar apreciar la buena compra de este “hogar”.

Abajo, las luces de las casas se apagaban una tras otra, eran como pequeñas velas siendo sopladas, como si la ciudad entera estuviera bostezando antes de dormir. Desde aquí el mundo se veía ajeno y lejano, como otra realidad.

Calles limpias, jardines podados, vecinos que se saludaban con una sonrisa falsa al cruzarse en la acera. Willowbrook se vendía exactamente así: el refugio perfecto para familias cansadas del ruido del mundo. El paraíso naciente de la tierra prometida a los agotados trabajadores que solo buscaban un poco de paz. Sin embotellamientos, sin problemas de impuestos, con una tranquilidad urbana que te acercaba la realidad y al mismo tiempo te alejaba de sus partes oscuras.

Durante un tiempo yo también quise creerlo. Maldita sea, incluso me emocione a plantear la idea de mudarnos.

Hasta que la vida me enseñó que las ciudades “tranquilas” solo esconden mejor sus grietas. Aunque grietas sería una forma tan amable de expresar la realidad. Fue una burbuja explotando y desapareciendo todas mis fantasías ridículas y buenistas. Me había vuelto un Cándido en cierta manera.

Hacía seis meses que el silencio en nuestro departamento ya no era paz. Era un vacío con forma de cuna vacía y de noches en las que Clara se dormía llorando sin hacer ruido. Como si yo no pudiera sentir su mismo dolor. Aunque era cierto, sentía un dolor diferente. Y ahora, esta paz por la que había luchado, solo se movía como una tranquilidad estática, un silencio sepulcral, y una herida que, con una facilidad demencial, parecía sacar grietas tras grietas.

Esa noche, otra vez, la cena había sido un ritual hueco. Ella apenas había tocado la comida, había dicho “estoy cansada” con la voz apagada. La había escuchado hablar en ese tono, el que provocaba, en cualquier hombre de bien y decente, una pesada bola que bajaba por el pecho y llenaba de frustración a cualquiera. Y entonces el ruido de siempre, “no pudiste estar para ella”, “no puedes protegerla”, “no puedes hacer nada”. Al final, ella se había encerrado en el dormitorio antes de las ocho.

Yo no insistí. Ya no sabía cómo llenar ese hueco entre nosotros. A veces me pregunto si alguna vez supe. Antes era mucho más fácil, el silencio siempre había sido roto por una pequeña risa infantil. Por alguna ocurrencia curiosa de la mente inocente de quien no había conocido el mundo. Y ahora, nunca podrá conocerlo.

Por eso estaba aquí arriba, como casi todas las noches. Mi pequeño ritual de supervivencia: un paquete de cigarrillos baratos, el encendedor que siempre fallaba la primera vez, y la vista de una ciudad que se atrevía a llamarse pacífica.

Di una calada profunda y dejé que el humo me quemara los pulmones. El encendedor, entre mis dedos, giraba con maestría que delataba mis años con esa cadena atada a mí salud. El frío nocturno se me metía en los huesos, pero lo prefería al calor artificial y vacío del departamento. Prefería temblar un poco, con ese pijama improvisado, antes de seguir con los ojos puestos en la oscuridad de la habitación.

Entonces la vi.

Una luz naciente en la oscuridad que inundaba la ciudad.

Como una llama entre el alquitrán.

Flotaba entre dos edificios, a unos cincuenta metros de distancia, suspendido en el aire como si la gravedad no se atreviera a tocarlo. El traje era blanco en su mayor parte, con líneas de un azul profundo que parecían tragarse la poca luz de las farolas. Detalles dorados brillaban suavemente en los bordes, como si alguien hubiera bordado estrellas en la tela. La máscara cubría completamente el rostro. Solo se distinguían dos ojos que emitían un leve resplandor dorado.

Lumen.

El héroe de Willowbrook. El ángel guardián que aparecía cuando alguien intentaba robar un banco o cuando un conductor ebrio se salía de la carretera. El que resolvía esos problemas que necesitaban la atención policial inmediata.

La gente lo adoraba.

Los niños querían ser como él.

Los noticieros lo llamaban “la luz que protege nuestra paz”.

Yo solo pude pensar: qué ironía tan perfecta.

—Nos venden una ciudad sin problemas —murmuré, soltando el humo lentamente—, y luego nos dan un dios de pacotilla para que resolvamos los que sí tenemos.

La dependencia de un héroe es tan peligrosa como la dependencia de un Estado. Lo digo en clase todo el tiempo, aunque mis estudiantes apenas despiertan de ese dulce sueño infantil que les vende los colegios.

Al final, terminas esperando que alguien más resuelva tus problemas. Y cuando ese alguien falla… o decide que ya no quiere salvarte, sino poseerte… ¿Qué queda? Solo una jaula más bonita.




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