Guardianes de Grimorias

Prólogo

«Nadie nunca es consciente del infierno por el cual pasa el otro». Pensó la anciana mientras vigilaba a la salida del colegio.

Se mantuvo de pie un largo rato hasta el momento en que las puertas del plantel se abrieron y los niños corrieron despavoridos clamando libertad. Algunos salían en compañía, en grandes grupos que departían entre bromas y charlas ociosas. Otros chicos caminaban en solitario, rumbo a sus hogares con calma y una mochila al hombro, o también sujetando la mano de esa primera ilusión amorosa de la niñez. Un escenario variopinto y optimista.

La anciana no estaba allí para envidiar con nostalgia un pasado más activo e inocente. Su visita provenía de un cálculo no muy exacto, siempre buscando que transcurriese más de un año entre cada estancia.

Contaba con poco tiempo, y debía aprovecharlo. Su presencia en ese lugar no pasaría desapercibida de aquellos que la perseguían. Sin embargo, era un riesgo necesario.

Hoy, como todos los años, seguía a aquel chico para ver cómo se encontraba. No tardó en verlo cruzar las puertas del colegio. Lo hacía cruzando entre la multitud de la mano de una niña mucho más pequeña que él. Ella le sujetaba fuerte su mano y ambos caminaban con paso raudo. Ella avanzaba corriendo, intentando seguir el ritmo de su hermano.

Con curiosidad, la anciana los ve girando la vista sobre sus hombros con desconfianza. Se alejan de la multitud de las puertas como si hubiesen cometido un crimen. Para la anciana, sería algo curioso, un cambio peculiar dentro de la conducta de los dos niños. Ya que con cada visita, reafirmaba su opinión acerca de ellos. Eran dos jóvenes tranquilos que crecieron en un hogar amoroso.

Aún así, ella sabía el porqué de tanta prisa.

La pareja comienza a correr tras advertir peligro. El chico tironea del brazo a la pequeña y ambos comienzan a correr. Detras de ellos, un grupo numeroso de jóvenes siguió sus pasos entre gritos y órdenes que auguraban una golpiza.

La anciana se mueve con cierta habilidad y logra alcanzarlos. Los encuentra en un callejón estrecho. Allí los dos hermanos se encuentran atrapados por el grupo que les cierra cada flanco, negando toda posible huida. Instantes después, todo estalla en una gresca injusta.

El chico se interpone entre el camino de los primeros atacantes y su hermana. La cubre con un brazo y la empuja un par de pasos detrás de él. La pequeña niña se cubre con sus manos, como si intentara crear un espacio seguro en una inocente postura defensiva.

Recibe las primeras arremetidas. Los golpes fallan en conectar. El chico esquiva con presteza, con un conocimiento mayor que el de sus agresores. La experiencia hablaba por medio de sus esquives. No pasó mucho para que las circunstancias lo obligaran a responder. El joven lanzó sus puños con un impulso medido y potente.

Una fuerza que no se refleja en su aspecto, hace presencia cuando tumba a dos atacantes. Un tercero les sigue al suelo entre quejidos al llevarse las manos a la boca del estómago.

Aunque algunos lograban conectar en el joven unos cuantos golpes, él se obliga a mantenerse de pie. Los llantos de su hermana le conferían convicción y una fiereza intimidante. Una particularidad nata del ser humano que se menosprecia con frecuencia.

La pandilla de rufianes tampoco entendía el mensaje de aquella mirada. Era un chico determinado a caer, llevándose en el proceso a cuantos pudieran, de ser oportuno.

Sin embargo, la juventud es impetuosa, cruel, y colectivamente estúpida. Ninguno de ellos retrocedió, confiando en la superioridad de los números.

Avasallaron al chico. Todos atacaron al mismo tiempo. La pequeña niña gritó con fuerza.

—¡Michael!

El chico gruño como una bestia. Atacó herido. Su instinto de supervivencia, pero más aún la necesidad de proteger a su hermana, lo hacían peligroso.

Continuaron atacando hasta que Michael se cubrió con los brazos y recibió puños y patadas desde todos los ángulos.

La pequeña lloraba. Y fue este llanto que hizo reaccionar a Michael, quien gruñó de nuevo y se levantó en un instante. Conectando con precisión una lluvia de golpes, recibiendo muchos más. La desigual gresca se resolvió en segundos, con Michael apenas logrando sostenerse.

La pequeña corrió hacia su hermano y lo abrazó, buscando ayudarle a mantenerse en pie, aunque su tamaño no era el suficiente para siquiera ofrecer un apoyo efectivo, para él, fue suficiente como para caminar de nuevo en busca de la salida del callejón. Ambos se apresuraron de nuevo cuando escucharon que algunos de aquella pandilla recobraban el aliento suficiente como para ir de nuevo a por ellos.

Cuánto habría querido la anciana poder ayudar. No hacerlo iba en contra de todo lo que la definía. De todo lo que alguna vez la hizo ser la heredera del legado de su familia. Más no podía hacer otra cosa más que observar. Tenía que saber si se manifestaría algún cambio en el chico, si habría alguna señal de lo que era en realidad. Un desequilibrio que amenace las vidas de inocentes. Algo, cualquier cosa.

Por suerte, nada de esto sucedió en ninguna de las visitas de la anciana.

Fue así que con cierto alivio, se vio determinaba a observar cómo llegaban ambos hermanos a su hogar.

Como cada año que podía visitarlo como una sombra, terminaría volviendo a ese infierno que llamaba hogar, con la esperanza de que las cosas no cambiaran en su ausencia.




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