Las emociones que nublan el juicio, desaparecieron de su interior eones atrás. Huérfanas fueron extirpadas y escondidas. El tiempo erosionó sus recuerdos y el juicio de ecos proporcionó la mirada imparcial sobre las edades en esta realidad, donde las visiones inconexas de este don, guiaron su intuición y proporcionaron un camino, cual si de una partitura musical se tratara.
Fueron estas visiones las que el carcelero recorrió en su cabeza con rapidez como si le pertenecieran. Como si no fuesen visiones protagonizadas por individuos que no había visto nunca.
Con ambas manos sujetó los brazales de su trono sin añorar el peso de su significado. Poco a poco rescató cuanto detalle le pareció importante entre las imágenes, buscando grabarlos en su memoria y así poder decidir su siguiente movimiento.
—Debemos irnos. Y no te asustes.
—Por qué me asust ¡Ahh!…
Un golpe atronador a varios niveles bajo sus pies estremeció el lugar. Su incondicional mano derecha se tapó la boca. Ella lo miró en alerta. Supo entonces que los reos habían sido liberados.
— ¡¿Qué fue eso?! —Le preguntó la joven. Él no le prestó atención. Estaba perdido en los ecos de su mente—. ¡Por favor, reacciona! —Reiteró ella al asirlo de los hombros. Sus ojos se abrieron y la miraron como si traspasara la silueta de la joven. La única solución efectiva le llegó difusa.
Tal cual como le había dicho su padre que tendría que hacer el día en el que dejara de ser solo un observador. Se levantó de su asiento y bajó los escalones más próximos.
—¿Vamos a pelear? Deja que me encargue. Para eso fui hecha. —dijo la mujer con solemnidad en la voz.
—No hace falta hacerlo. Nuestro campo de batalla no es este.
—¿Entonces vas a abandonar el trono? ¿Así como así? ¡Son tus dominios! —Continuó ella indignada y confusa.
—Es preciso. —Contestó el carcelero sin inmutar su rostro. Este le dio una mirada autoritaria a su compañera, quien asintió a regañadientes.
Sintió alivio conforme se separaba del milenario asiento y el peso de una responsabilidad con la que había cargado por tantos años como para recordarlos enteramente, aunque había momentos en los cuales su única entretención era volver a esos recuerdos tan lejanos que parecían de otra persona. De cierto modo lo eran.
—Andando. —Contestó la mujer abriendo un pasaje difícilmente visible entre las oscuras paredes de la habitación del trono, pensada para momentos así.
Tomaron pasajes secretos. Rutas intrincadas dentro del laberinto que era el palacio hasta el exterior donde fueron abordados por un aroma a sangre espesa y carne quemada. El sonido de la gresca recién iniciada se quedó varios niveles atrás dentro de la estructura mientras, la pareja se escabulló indemne por ahora.
La joven comandante crispó su nariz ante el hedor y la extraña ironía de que aún en aquel reino, algo tan terrenal como la carne pudiese verse afectada.
—Sé que no cuestionas los ecos, pero ¿por qué no defendernos? —preguntó la chica jadeando, producto de la prisa con la que avanzan. El carcelero se mantuvo impávido—. Me has hablado de la importancia del trono, de cuanto hay que defenderlo. ¿Ahora lo abandonamos sin más?
—Siempre hemos sido parte de algo mayor. Cuestionar tu propósito solo te alejará del camino frente a tus pies. —Contestó con una voz fría y sin emociones.
Las entradas habían sido forzadas y la resistencia ofrecida claramente no había sido suficiente en el palacio. La comandante giró su vista al rojo horizonte y las tormentosas nubes negras. Los cuerpos frescos, mutilados y reacomodados en su anatomía de formas creativamente grotescas la crisparon hasta la médula, aunque tampoco era algo extraño de verse en ese paraje.
—Pues vaya camino de porquería el que veo. —Contesta amarga.
Habían contado con la suficiente suerte como para no ser encontrados y tras varias horas el castillo se veía más pequeño y encajado en el horizonte, como una pintura borrosa teñida en negro y carmesí.
El carcelero se perdió una vez más en sus pensamientos hasta lanzar por lo bajo una frase sin contexto alguno.
—¿Qué dijiste?
—Quizá una disculpa, aunque inútil, sea mejor que no decir nada. —Exclamó el carcelero con la vista entre el sendero que comenzaban a caminar.
— ¿A qué te refieres? —preguntó su acompañante. Él negó con la cabeza.
—Solo es algo que deberé hacer. Una de tantas cosas que podrías catalogar como algo malo.
Ella se rió amargamente.
—Vaya novedad.
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Editado: 06.06.2026