Guardianes de Grimorias

Capítulo 1-3

Regresamos a casa con una sensación incómoda. Quizá sugestionados por lo extraño de la situación, pero sentía algo acompañándonos, envolviéndonos en silencio. O al menos así me lo parecía. A su vez podía notar en mamá un nudo de pensamientos haciéndose cada vez más denso.

Ninguno hablaba salvo para pronunciar pequeñas oraciones como cuando decidimos acomodar los sillones en la sala junto con el televisor para distraernos un poco. Aunque no engañábamos a nadie. Ninguno de los dos quería estar solo en medio de la nueva casa, donde hasta el menor paso provocaba un eco de espanto. Estaba seguro que de dormir ahora, mamá se escondería en las cobijas con la esperanza de que el monstruo del armario o alguna creatura no la arrastrara fuera de la cama.

Sabía que mi madre no podría sacar de su mente lo sucedido, al menos no de inmediato. Había varias inquietudes que incluso yo tenía. ¿Qué le había pasado a la anciana? ¿Cómo había adivinado todo de forma tan acertada? ¿Qué había visto para asustarse tanto? Si es que llegó a ver algo en realidad. ¿Quién podría asegurarlo? Bien pudo ser una actuación digna de un premio, algo que no se caería por su propio peso si nos hubiese cobrado por el servicio, cosa que no hizo. Entonces, ¿Con qué objeto habría de molestarse en espantarnos de esa forma?

No podía dejar de darle vueltas mientras veía a mamá dando cada bocado con lentitud, una vez estuvimos sentados a la mesa para cenar. El tintineo de los cubiertos en los platos acompañaba la película que habíamos puesto en la tele. Decidimos sacar de las cajas apenas lo necesario para pasar la noche. La mudanza se mantendría detenida hasta nueva orden.

No quise seguir liándome con lo ocurrido así que terminé la cena. Agradecí la comida y lavé los trastos que había usado. Volví a la sala para quedarme un rato acompañando a mi madre, pero ella al cabo de un corto tiempo se despidió con un beso antes de irse a la cama.

Al cabo de un rato apagué las luces de la sala y me quedé recostado en el sillón pasando canales con el control buscando sin éxito algo interesante que ver. La casa conservaba ese eco de la tarde producto del vacío que aún permanecía. Aunque contábamos con varios muebles y cachivaches, supe después de esta jornada que sería algo complicado llenarla y darle una apariencia no tan vacía. La nueva casa era inmensa.

Los días siguientes transcurrieron con calma y normalidad. Llegado el fin de semana la casa ya se encontraba en orden y con todos los enseres en el lugar en el cual habíamos decidido dejarlos. Mi madre no tardó mucho en decidir distribuciones y organizar con ese sexto sentido del orden y pulcritud que toda mamá posee. Al segundo día de nuestra llegada tuve que meterme al ático, por qué sí, había ático. Saqué todas las cajas que se encontraba allí e hice el mejor esfuerzo por limpiar. Sin embargo, el lugar estaba tan atestado de polvo que a duras penas pude sacar una parte. También había encontrado dos espejos más. Estos con monturas muy similares al de la sala, aunque más pequeños en comparación.

Luego de mostrárselos a mamá y tras contemplar sus arabescas monturas. Tomó uno de los dos y lo colocó en su cuarto mientras que dispuso el restante por el pasillo, adjunto a la entrada de mi cuarto. No quería el espejo dentro de la recámara, pero mi madre insistió que lo tuviéramos cerca en caso de necesitarlo.

Con el inicio de una nueva semana, ambos buscamos retomar nuestras obligaciones lo más pronto posible. Tenía que llevar algunos documentos para poder matricularme y continuar estudiando. Después de todo aún quedaban seis meses para que este periodo escolar terminara y no quería darme el lujo de malgastar más tiempo luego de haberlos pospuesto tanto tiempo.

Las directivas del colegio entendían la situación por la que pasaba con respecto al cambio de ciudad y mi obvio atraso. Así que, con diligencia arreglaron mi ingreso y todo lo referente a las clases y el grupo en el que me integrarían. Para mitad de semana ya era de nuevo un estudiante más. Afortunadamente no tenía que madrugar tanto como en el anterior colegio.

Mi primer día de estudio llegó por fin. Me pareció que las horas se contrajeron y añadieron algo de nerviosismo a mi semblante usualmente calmado. Procuraba mantener el aplomo como recordaba hacerlo por aquellos días en que el colegio era mi habitad natural como la de cualquier joven.

En la mañana disfruté de la calma. Incluso el ambiente que rondaba la casa propiciaba una rutina menos acelerada. Me sentí bien disfrutando de la caminata directo al colegio y el viento que soplaba con suavidad en las mañanas contrastaba con los calurosos recuerdos de mis trayectos encajonado en un autobús.

Me fue natural sentir la ansiedad creciendo como respuesta a mi parsimonioso ritmo. Al ver las puertas del colegio, me di cuenta de que no quería avanzar más. El plantel estaba abarrotado de niños corriendo por todo lado con sus uniformes. Los niños de saco gris y pantalón azul oscuro caminaban si no es que corrían o se empujaban unos a otros, entre las chanzas y los tratos toscos de la juventud. A su vez, entre la multitud, las niñas con falda y saco de colores propios del colegio, avanzaban entre saltos, risillas y brazos entrelazados.

Yo aún no contaba con el uniforme, todavía no estaba listo según las últimas palabras de mi madre luego de que le pregunté por él. No tenía prisa por uniformarme y tampoco es que disfrutara mucho el llevar un atuendo escolar así que ir con ropa común y corriente hacía que me sintiese mejor, pero al introducirme entre la multitud me sentí por completo fuera de lugar.




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