“Lucas Erodes no es solo el Guardián más fuerte de la era moderna; es el Pilar de nuestra Era, no por su capacidad destructiva, sino por su resistencia a la corrupción.”
— Extracto de Las Crónicas del Gran Sabio IV
Bloque I: La Sombra sobre Resendar
El viento que soplaba desde el Umbral ya no traía el aroma a pino y resina de las altas montañas de Resendar. Ahora, el aire arrastraba un rastro metálico y frío, una vibración estática que erizaba la piel y entumecía los sentidos. Lucas Erodes permanecía inmóvil en el borde del risco, con la capa ondeando violentamente, observando el desastre desde las alturas.
Bajo sus pies, la Gran Ruta de la Seda —el cordón umbilical de Límine— había desaparecido. Lo que antes era un camino bullicioso de carretas, mercaderes y bestias de carga, ahora era un río de blanco ceniciento. La Niebla no solo cubría el suelo: lo devoraba.
—Esta vez es distinta, Lucas —murmuró Xena. La Hilandera estaba a su lado, con los dedos largos y translúcidos jugueteando nerviosamente con una hebra de energía extraída del aire. Sus ojos plateados escaneaban el vacío—. No son las típicas zonas errantes de Grado 1 que solemos limpiar. Esta… responde. Tiene una frecuencia agresiva. Se expande como si tuviera hambre.
Lucas no respondió de inmediato. Su mirada se detuvo en los restos de una caravana que emergían en el borde de la Niebla: un carro volcado, fardos de seda esparcidos y, lo más preocupante, una bolsa de cuero rota de la que escapaba un brillo tenue. Resones.
Las monedas y billetes, que normalmente vibraban con una luz constante y armónica, parpadeaban de forma errática, como si estuvieran enfermos. A lo lejos, un mercader se alejaba del peligro intentando calmarlos, hablándoles en voz baja como si fueran animales heridos.
Ver el Eco del Resón así de afectado era un mal augurio.
La resonancia corrompida que emanaba de la Niebla debía de ser mucho más poderosa de lo previsto.
El Econtre de Resendar no había exagerado en su petición al Arcontado del Eco. Si aquella ruta permanecía cortada una semana más, el valor del Resón colapsaría. Los mercados de Cáel Resendar ya estaban cerrando, las naves umbrales permanecían ancladas por temor a la disonancia, y el pánico se extendía más rápido que la propia Niebla.
— Así es, esta vez es diferente. Sabes, el mundo no se detiene por la magia, Xena —dijo Lucas con voz grave—. Se detiene cuando el equilibrio del Eco se distorsiona… o cuando las amenazas son lo suficientemente grandes como para pretender destruir Límine, el Umbral y la Tierra. Pero, en este caso, también se detiene cuando el intercambio se rompe. Si Resendar deja de latir, Límine se sumergirá en el caos antes de que la Niebla alcance las ciudades.
Iniciaron el descenso hacia el campamento de avanzada. El camino era un cementerio de comercio: carretas abandonadas, mercancías dispersas, huellas que se perdían en la bruma. El silencio era antinatural; ni aves ni insectos, solo el zumbido sordo de la Niebla a lo lejos.
Al llegar a las empalizadas, el ambiente era de derrota. No parecía un puesto de élite del Arcontado, sino un hospital de campaña.
—¡Erodes! —gritó un soldado de infantería al reconocer el emblema, aunque su voz carecía de fuerza.
Era Tomi, el humano que encabezaba la infantería.
—Hola, Tomi —musitó Lucas.
Pero su atención ya se había desviado.
Cerca de la entrada, Kaelen, la soldado sanadora, estaba arrodillada frente a un grupo de exploradores. Sus manos brillaban con un verde pálido mientras intentaba estabilizar el Eco de un hombre que tiritaba sin sentir frío.
—Magia de sanación… resonancia —murmuró la maga elfa.
—¿Ha ocurrido algún combate? —preguntó Lucas, acercándose—. ¿Qué pasó, señorita Kaelen?
—Estrés por disonancia, señor Erodes —respondió ella sin alzar la vista, con el sudor recorriéndole la frente—. La Niebla no los ha tocado físicamente, pero está erosionando su voluntad. Mis hechizos apenas duran una hora antes de que la vibración externa los rompa. Los soldados humanos están sufriendo más que los demás por su fragilidad ante el Eco disonante y corrompido que emana de la Niebla.
Lucas asintió y dirigió la mirada a Tomi.
—¿Han mantenido los entrenamientos de estabilización?
Xena intervino, sacando de su mochila un texto de las Crónicas del Gran Sabio.
—Recuerden lo que dice el Bestiario de las Crónicas V sobre los humanos —añadió, con cautela—. Sin ánimo de ofender:
“La permanencia de los humanos en Límine conlleva un riesgo inherente. Su naturaleza emocional, intensa y persistente, los vuelve altamente vulnerables a la corrupción. Sin un anclaje adecuado, sin entrenamiento constante sobre su propio Eco y sin una guía firme, los humanos pueden perder la coherencia interna que los sostiene. Algunos terminan cediendo a la disonancia y se convierten en corrompidos; otros no caen de forma inmediata, sino que desaparecen lentamente, erosionados por la Niebla hasta que su resonancia se disuelve por completo.”
—Todos cumplimos con el entrenamiento diario, señorita Xena —respondió Tomi con firmeza—. Verificamos nuestros anclajes y seguimos la guía adecuada. Esta es la primera vez que una zona de Niebla afecta así a mi escuadrón. No somos novatos.
Xena asintió, visiblemente apenada.
—Perdón… no quise ofenderlos.
—No te preocupes —dijo Lucas—. Tomi, cuando Kaelen termine de estabilizar a los más afectados, retíralos del campamento. Para esta misión solo se quedarán los más fuertes y estables.
Tomi asintió y regresó a ayudar a la sanadora.
—A la orden, señor Erodes —dijo Kaelen—. Pero después… me gustaría tomarme la noche libre. Estoy exhausta.
—Tómate mañana libre —respondió Lucas—, pero mantente cerca por si te necesitamos.
Lucas y Xena avanzaron.
Unos metros más adelante, sobre una plataforma de observación, se encontraba Egregor, el soldado enano de raíz especializado en magia de detección. Estaba rodeado de brújulas de cristal y mapas resonantes que vibraban con tal violencia que amenazaban con estallar. Su expresión, normalmente serena, estaba tensa.
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Editado: 07.01.2026