Bloque II: Armonía y descanso.
El sol comenzó a ocultarse tras las cumbres escarpadas de Resendar, tiñendo el cielo de un naranja violáceo que, en otras circunstancias, habría sido hermoso. Sin embargo, bajo la sombra de la Niebla, aquella luz parecía filtrarse a través de un cristal sucio: apagada, distante.
El campamento, que horas antes había sido un hervidero de pánico y susurros, había mutado.
La sola presencia de Lucas Erodes había actuado como un ancla.
Mientras caminaban hacia la zona central, el campamento se desplegaba ante ellos con una organización militar casi perfecta. A la izquierda, el equipo de Análisis trabajaba bajo lámparas de Eco estable, monitoreando la corrupción de la Niebla y la coherencia de la resonancia ambiental. Egregor y su equipo ajustaban las brújulas de cristal, que ahora —casi milagrosamente— habían dejado de vibrar con violencia. Los mapas resonantes seguían activos, pero sus pulsos eran regulares, previsibles.
A la derecha, en la Zona de Recolección, los recolectores movían cajas de suministros con un ritmo constante. Sus rostros aún mostraban cansancio, pero el terror había cedido espacio a una determinación silenciosa. Algunos se detenían apenas un segundo al notar a Lucas pasar; no para saludarlo, sino como si su cuerpo necesitara confirmar que él seguía allí.
Cada pocos metros, los puestos de vigilancia estaban ocupados por soldados atentos que se cuadraban al verlo.
No era solo respeto.
Era alivio.
Cerca de la enfermería improvisada, Kaelen se detuvo en seco.
Observó a sus pacientes con una expresión incrédula. Los cuerpos que durante días habían temblado incluso en reposo ahora descansaban. No había espasmos, ni murmullos incoherentes, ni gritos ahogados por pesadillas. Algunos dormían profundamente, con una calma que ella no había logrado inducir con ningún hechizo.
Kaelen se llevó una mano al pecho, sintiendo la resonancia estable del lugar.
—No han tenido episodios desde hace horas… —murmuró— Y no he reforzado los anclajes desde la mañana.
Su mirada se desplazó, inevitablemente, hacia Lucas.
No había invocado magia alguna.
No había alzado la mano ni pronunciado palabra alguna.
La Luz simplemente estaba allí.
—¿No te parece que todo luce distinto a cuando llegamos esta mañana? —preguntó Lucas sin detenerse, recorriendo el campamento con la mirada.
—Lo es —respondió Xena en voz baja.
Para ella, el cambio no era visual. No lo percibía como orden ni como una calma aparente.
Lo sentía.
Si el campamento entero fuera una red de hebras tensas y vibrantes, la presencia de Lucas era ahora un nudo firme, estable. A su alrededor, las hebras exteriores aún temblaban, algunas desgarrándose lentamente bajo la presión de la Niebla, pero aquel centro no cedía.
—Es el efecto de tu Eco —añadió— No como un hechizo… sino como una presencia constante. Estás filtrando la disonancia del entorno sin esfuerzo consciente. Funciona como un efecto pasivo, ¿verdad?
Lucas asintió con lentitud.
—Al alcanzar la cúspide, mi Eco que produce la magia de Luz Divina se comporta así —explicó—. Pero la Luz no solo ilumina, Xena. Define las formas. Por sí sola no impone nada… pero si ellos pueden ver las formas con claridad, su propio Eco encuentra estabilidad y paz.
Hizo una breve pausa.
—Aunque es una paz prestada.
Xena lo observó con atención.
—Aun así, vale la pena —dijo con suavidad—. Tu magia de Luz divina no deja de sorprenderme, Lucas.
Él no respondió.
Siguieron caminando.
Horas después, cuando el trabajo del día llegó a su fin, los turnos de guardia quedaron establecidos con precisión. Tomi, antes de partir hacia Resendar en busca de refuerzos, se acercó a ellos con el casco bajo el brazo.
—Señor Erodes, señorita Xena —dijo con una sonrisa cansada—. La guardia nocturna está posicionada. Reforzamos el perímetro con cristales de resonancia cargados.
Dudó un instante antes de continuar.
—Por favor… descansen. Aunque se le considere el Guardián más fuerte, no es un dios. Es humano. Y el campamento necesita que usted se mantenga entero.
Lucas apoyó una mano en su hombro, un gesto simple que Tomi guardaría como un tesoro.
—Haz tu parte —respondió—. Nosotros haremos la nuestra.
Tomi respiró hondo.
—No quise faltarle al respeto, señor. Solo… nos preocupa su bienestar. Sabemos que es gracias a usted que el campamento se mantiene estable. Nuestros Ecos han encontrado un ancla en el suyo. No podré cumplir mi encomienda tranquilo si no los veo reposar.
Lucas bajó la mirada un instante.
—Tienes razón —admitió— Perdón si soné brusco.
Miró a Xena.
—¿Tú qué opinas?
—Que necesitamos descansar —respondió sin dudar—. Concuerdo con Tomi, no eres un dios, aunque a veces lo olvides. Y casi no dormimos anoche, tuvimos que madrugar para estar aquí temprano, ¿recuerdas?
Lucas suspiró, algo apenado.
—Está bien… ya entendí —musitó—
La expresión de Tomi se iluminó.
—Excelente. La tienda principal está preparada para ustedes. Desde ahí podrán responder rápido ante cualquier emergencia.
—Gracias, Tomi. Ve con cuidado —dijo Lucas.
—Cuídate —añadió Xena—. Y vuelve entero.
Tomi asintió con una sonrisa sincera y partió hacia las afueras del campamento.
Lucas y Xena caminaron hacia la tienda principal. Al cruzar la solapa de entrada, el sonido metálico del viento y el zumbido distante de la Niebla se desvanecieron, sustituidos por el crujir suave de una estufa rúnica de piedra.
Dentro, el mundo parecía detenido.
Dos camillas de campaña, una mesa cubierta de pergaminos, el aroma reconfortante del té de raíz. La tensión exterior se sentía lejana, amortiguada.
Allí, Lucas ya no era el Pilar.
Era solo Lucas.
Xena dejó su mochila sobre la mesa y soltó un largo suspiro.
—Por fin —dijo—. Había olvidado lo que era no sentir la disonancia taladrándome los sentidos.
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Editado: 07.01.2026