Bloque IV: La Claridad de la Cúspide.
El segundo día amaneció con una luz pálida y enfermiza, filtrándose con dificultad a través de la lona de la tienda principal. No era una mañana hostil, pero tampoco era tranquila. El aire tenía una densidad extraña, como si cada respiración arrastrara consigo un residuo invisible.
El campamento despertó con una eficiencia renovada.
Órdenes claras.
Pasos firmes.
Rutinas retomadas.
Pero bajo esa aparente normalidad, el Eco vibraba como una cuerda demasiado tensada, a punto de romperse.
Lucas salió de la tienda poco después del amanecer. No llevaba la capa completa; solo el broche y la ropa de trabajo. Aun así, al verlo cruzar el campamento, los murmullos se apagaron y los movimientos se ordenaron casi por reflejo.
No era miedo.
Era confianza… mezclada con expectativa.
Lucas empezó su día dirigiéndose a las minas.
La zona de extracción estaba situada a menos de 200 metros del campamento, en una serie de cavernas naturales abiertas hacía generaciones y reutilizadas por el Arcontado por su riqueza en cristales de resonancia.
Esa mañana, el lugar se sentía distinto.
Lucas avanzó entre los recolectores observando en silencio. Las vetas brillaban… pero no como deberían. Los cristales extraídos tenían zonas opacas, sombras internas que parecían moverse cuando nadie las miraba directamente.
—Eso no estaba ayer —musitó uno de los mineros, sin darse cuenta de que Lucas lo escuchaba.
Otro apartó la mano de una caja recién extraída
— ¡Ay¡ — exclamó mientras estaba sacudiéndose la mano como si se hubiera quemado, volteo a ver al otro extractor y le dijo —Susurra, no con palabras… pero se siente — dijo en voz baja.
Lucas se agachó junto a una de las cajas y tomó un fragmento entre los dedos. El cristal estaba frío. Demasiado frío.
Cerró los ojos un segundo.
El Eco respondió… pero no con claridad. Era como escuchar una melodía conocida tocada con instrumentos desafinados, la corrupción creciente dentro de aquella niebla que estaban investigando ya había llegado hasta la mina contaminando la veta, esto era un peligro para los extractores.
—Detengan esta veta —ordenó sin alzar la voz— Nadie la toque sin guantes resonantes.
Nadie cuestionó la orden.
Kaelen llegó corriendo desde la enfermería improvisada, con el ceño fruncido y las mangas manchadas de Eco residual.
—Señor Erodes —dijo sin preámbulos—. Necesité refuerzos.
Lucas giró hacia ella.
—¿Cuántos?
Kaelen apretó los labios antes de responder.
—Tres magos sanadores más… y aun así apenas damos abasto, estamos estabilizando el Eco de los afectados, pero no son heridas físicas.
Xena, que había llegado detrás de Lucas con una tablilla de registros, levantó la mirada de inmediato.
—¿Disonancia? — preguntó Xena.
—Peor —respondió Kaelen —Náuseas, pérdida de equilibrio, episodios de despersonalización. Dos mineros no reconocían sus propias manos. Uno empezó a llorar diciendo que sentía que su Eco “no encajaba en su cuerpo”.
El silencio que siguió fue pesado.
Lucas cerró los ojos un instante.
—¿Extractores de la mina o exploradores? — preguntó Lucas
—Ambos —Dijo Kaelen
—¿Cuánto tiempo de exposición o contacto tuvieron? — preguntó Lucas
—Minutos —musitó Kaelen—. Solo minutos.
— Enterado Kaelen, vamos a ver de inmediato — se dió la vuelta y a toda prisa caminaron hacia aquella enfermería improvisada dónde se atendían los afectados.
Xena se acercó a una de las camillas donde un extractor respiraba con dificultad. Se arrodilló y extendió los dedos, tocando apenas el aire alrededor de su pecho.
—El Eco no está roto —dijo—. Está… creo que lo mejor que lo describe es desplazado. Como si el entorno lo empujara fuera de si, está perdiendo su coherencia.
Kaelen asintió, agotada.
—Eso mismo. Mis hechizos lo regresan… pero vuelve a deslizarse. Como arena entre los dedos.
Lucas se irguió.
—Esto ya no es contaminación pasiva —dijo con firmeza—. La Niebla está interactuando activamente con la materia… y con las personas.
— Xena añade todos los detalles sobre esto al informe que enviaremos está tarde. — Dijo Lucas.
Xena asintió..
Lucas dio un paso adelante y se colocó junto a la camilla del centro. No levantó las manos. No invocó hechizo alguno.
Simplemente estuvo allí.
El aire a su alrededor cambió.
Xena lo sintió primero: las hebras del Eco en el entorno que percibe Xena se tensaron… y luego se alinearon. Como si alguien hubiera corregido un error imperceptible en la trama del mundo.
Kaelen contuvo la respiración.
El minero dejó de temblar.
Su respiración se estabiliza poco a poco, y el sudor frío desapareció de su frente.
Los otros usuarios de magia de sanación que colaboraban con Kaelen vieron con asombro e incredulidad aquello.
—¿Qué… hiciste? —susurró Kaelen.
Lucas abrió los ojos.
—Nada —respondió.
Xena lo miró con una mezcla de admiración y preocupación.
—Eso no es “nada”, señor Erodes — dijo Kaelen con una expresión de asombro.
—Lo sé, en realidad solo mantuve mi Eco en total coherencia —musitó Lucas
—Pero no puedo hacerlo indefinidamente, Kaelen te dejo a cargo de la extracción, limita el trabajo, solo vetas limpias y que nadie trabaje solo. Y si alguien siente el menor síntoma… lo sacas de inmediato.
Kaelen asintió.
—Señor… esto va a empeorar — musitó Kaelen con mucha preocupación y cansancio reflejado en su rostro.
Lucas sostuvo su mirada.
—Sí —dijo sin rodeos—. Por eso necesitamos entenderlo antes de que decida atacarnos.
Xena cerró su tablilla con un gesto lento.
—La Niebla ya no está reaccionando a nosotros —dijo Xena— está probándonos.
Lucas observó la entrada de la cueva, donde las sombras parecían un poco más densas que antes.
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Editado: 28.01.2026