El fragor del combate se disipó. En el Umbral, cicatrizado por el choque de los máximos exponentes de la Cúspide, se instaló un silencio reverencial. No era paz, sino la quietud densa que precede a una verdad largamente oculta. Cualquier otro lugar en Límine se habría desintegrado ante la magnitud del enfrentamiento, pero el Umbral resistía, palpitando bajo sus pies como un testigo herido.
Nyx permanecía suspendido. Su silueta de sombra antigua flotaba sobre la tierra, ondulando con una calma inquietante. Cuando habló, su voz no fue un rugido de destrucción ni una amenaza; fue una confesión filtrada por una frialdad tan imponente como sus hechizos.
—Es… irónico —comenzó Nyx, y cada sílaba resonó con el peso de los milenios—. Que siendo un simple humano hayas llevado una magia considerada inútil a tal nivel. No solo has alcanzado la Cúspide, Lucas Erodes, sino que te has consolidado como el más fuerte sin permitir que la luz te devore. Has mantenido tu forma... tu nombre. Tu claridad.
El núcleo carmesí en su pecho pulsó con un ritmo lento, casi agonizante. Nyx descendió lentamente hasta que sus pies, hechos de sombras entrelazadas, rozaron la superficie etérea.
—Yo lo consumo todo, lo transformo todo... pero cuando era humano, no entendía mi propia naturaleza. Para mí, mi magia no era un don; era una malformación de la existencia. Crecí bajo el peso del desprecio. Vi el miedo en los ojos de mis padres y el rechazo constante de un mundo que solo veía destrucción donde yo, con esperanza, buscaba el cambio. Me dijeron que mi poder solo servía para arruinar lo hermoso, para transformar la vida en algo grotesco. Todo ese odio fue quebrando mi espíritu, pieza por pieza... hasta que solo quedó el deseo de morir; de demostrarles que tenían razón.
El vacío a su alrededor se tensó, como si las memorias lo estrangularan. El Señor del Caos apretó el puño y, por un instante, su figura fluctuó, dejando ver la silueta de un hombre exhausto antes de regresar a su forma corrupta.
—Fue en ese estado de ruina cuando me enfrenté al ser que, en aquel tiempo, ocupaba mi lugar en la Cúspide. No era un Guardián como tú; era un corrompido que se alimentaba del fin de las cosas. Durante años luché por mantener los jirones de quien yo era, pero al final... cedí y no obtuve un nuevo poder al corromperme. Simplemente, perdí mis límites y ahí, envuelto en la corrupción, él me acogió e instruyo como su pupilo por un tiempo, al final comprendí mi magia, y cada día me volví más fuerte. No porque fuera mejor que otros, sino porque ya no quedaba nada dentro de mí que se opusiera al poder. La moral, la identidad, la duda... todo fue devorado. Así llegué a la Cúspide. Así me convertí en el ser más temido durante muchas eras.
Lucas, apoyado en su Espada Sagrada, lo escuchó con una atención que rozaba el respeto. Se limpió un rastro de sangre de la comisura de los labios y exhaló un suspiro cargado de pesadumbre.
—Es una lástima no habernos encontrado antes, Nyx —respondió Lucas con una honestidad brutal mientras su espada desaparecía con un destello—. Quizás en otro contexto habríamos compartido un café mientras discutíamos teorías sobre el Eco. Pero hoy... platicamos como enemigos naturales que comparten un mismo origen en las sendas del poder, hoy mi base está agrietada, debido a la falsedad de mi matrimonio y la falta de verdad en el vínculo con mi esposa, mi Eco no mantiene la coherencia total que obtuve hace un par de años cuando me empezaron a llamar el más fuerte, el pilar de la era. Mi fuerza no es la que debería ser.
Nyx ladeó la cabeza, observando las grietas en el aura plateada de Lucas. Su asombro era genuino.
—Incluso con tu espíritu herido, me has dado la batalla más difícil de mi existencia —admitió con sumo respeto—. Me pregunto... ¿Cómo pudiste sostener tu coherencia? ¿Cómo no te perdiste en el odio cuando todo el mundo te despreciaba por usar una magia que consideraban inservible?
—Fue un camino solitario, pero no vacío —dijo Lucas, con la mirada fija en el horizonte del Umbral—. Fueron tres años continuos de estudio e investigación que nadie más quería hacer. Persistencia cuando mis manos temblaban y una fe inamovible en que mi ser no era un error. Pero sobre todo, Nyx, fue encontrar buenos vínculos. Amigos y aliados que vieron al hombre antes que al arma. Eso es lo que me salvó de ser como tú... aunque hacia el final, el fracaso con mi esposa fuera el golpe que más me debilitó.
Nyx dejó escapar una risa seca, un sonido que pareció agrietar el aire a su alrededor.
—Al menos tuviste un mapa que seguir, Guardián. Existen otros usuarios de la Luz; tenías antecedentes, registros de aquellos que alcanzaron la Senda del Conocimiento. Tenías un legado donde mirarte, aunque no fuera en la Cúspide. Pero mi magia... mi magia nació conmigo aquí en Límine y fue registrada únicamente como una anomalía inútil. "La capacidad de transformar cosas bonitas en feas", decían los eruditos. No existía ni un solo registro de alguien alcanzando siquiera el conocimiento elemental de esa senda. Fui el primer náufrago en un océano de nada. El primer usuario registrado de esta magia... y el último en entenderla y tristemente no fue como humano.
—A pesar de lo que soy… de esta hambre que me empuja a consumirlo todo, amo saber —confesó Nyx, y por primera vez, su voz no sonó gélida, sino cargada de una pasión antigua—. Amo leer, informarme, investigar. Si conservo gran parte de mis recuerdos y mi personalidad después de tantas eras, estoy convencido de que se debe a eso. La corrupción no se llevó todo, puede llevarse la carne y el alma, pero el hambre de conocimiento es algo que la oscuridad no sabe cómo digerir.
Nyx extendió una mano hacia el vacío, y pequeñas partículas de materia se reorganizaron en su palma, formando una figura geométrica compleja que desapareció al instante.
—Descubrí hace un par de décadas que mi magia es única. No es solo rara, Lucas; es absoluta. No pueden existir dos usuarios a la vez de esta facultad. ¿Te imaginas si existieran dos seres capaces de usar la Transformación del Caos como yo lo hago?
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Editado: 06.06.2026