El hechizo de Nyx no invocó oscuridad, sino una marea de fragmentos plateados y negros que envolvieron el Umbral como un velo desgarrado de la realidad. No hubo sonido, solo un zumbido estático que reemplazó el aire. Bajo el efecto de Destinos Entrelazados, el tiempo dejó de ser una línea para convertirse en un círculo cerrado y agonizante, donde las vidas de Lucas y Nyx comenzaron a superponerse, a sangrar una en la otra.
La Semilla del Rechazo
En una aldea remota de Límine, donde el Eco olía a tierra húmeda y pan recién horneado, un niño de piel pálida y ojos llenos de asombro intentaba transformar una piedra lisa en una flor para su madre enferma. Concentró toda su voluntad infantil. La piedra se retorció con un crujido húmedo, pero no brotó ningún pétalo. En su lugar, se convirtió en una masa grisácea y pulsante de tejido vivo, que latía con un ritmo antinatural y grotesco. Los gritos de horror de su familia perforaron el idilio doméstico. «¡Anomalía! ¡Engendro del demonio!», gritaba su padre, arrojando el horror palpitante al fuego. El pequeño Nyx no entendía; solo veía el asco en los ojos de quienes debían amarlo. Su magia no era una bendición; era un error en el tejido mismo de la creación, y él, la prueba viviente.
Miles de años después, en la Tierra, bajo un cielo plomizo, un joven Lucas Erodes regresaba a casa. Traía en sus manos el primer destello estable de su magia, un orbe de luz suave y constante que había logrado tras semanas de entrenamiento en Límine. Su padre, un hombre alto y frío cuyo linaje de Guardianes pesaba como una losa, lo esperaba en el umbral. No hubo orgullo. Solo un desprecio glacial. “Esa luz no corta, no protege, no sirve para nada, Lucas”, escupió las palabras. “Eres un Erodes. Nos has dado una magia que no sirve ni de apoyo. Una linterna decorativa”. En la penumbra del pasillo, solo los ojos de su madre brillaban con una fe silenciosa y dolorosa, un frágil puente sobre el abismo familiar.
El Peso de la Soledad
Los años pasaron como ráfagas de viento frío que erosionan la roca. Nyx se vio a sí mismo, adolescente y demacrado, vagando por los bosques neblinosos de Límine. Buscaba respuestas en las bibliotecas del Arcontado, cuyos eruditos de distintas especies le cerraban las puertas con miradas de profundo recelo. “La magia de transformación es inútil”, le espetaba un erudito elfo sin siquiera mirarlo a los ojos. “Solo sirve para afearte a ti y a todo lo que tocas”. Cada rechazo era un clavo en su coherencia interna. Sin maestros, sin registros, sin un solo amigo cuya resonancia no se quebrara ante su presencia, el hambre de Nyx por entenderse se transformó en una úlcera purulenta en su alma. El odio externo comenzó a cristalizarse en su Eco, volviéndolo oscuro, denso y quebradizo… listo para la ruptura definitiva.
Lucas, por su parte, se veía a sí mismo en los salones de mármol del Instituto del Arcontado del Eco en Límine. Siempre en una mesa apartada, rodeado de diagramas de fotones y pergaminos de física cuántica que los demás consideraban basura teórica. Las risas burlonas de otros Guardianes resonaban a su espalda. “¿Sigues jugando con tu linterna, Erodes?”, le gritaban mientras demostraban hechizos de fuerza bruta y escudos impenetrables, Lucas era el único que entendía que la magia no es magia, es ciencia que el Eco aún no ha explicado y el resultado de eso se vería tiempo después. Pero a diferencia de Nyx, Lucas no estaba en un vacío absoluto. En la visión, como destellos de luz en la penumbra, aparecieron rostros: el veterano Tomi compartiendo su ración con él sin hacer preguntas; un anciano enano de raíz que fue como un mentor, que en secreto, le pasaba tratados prohibidos de óptica avanzada que la sección de magia del arcontado investigaba en su país; y Xena, asignada inicialmente como la asistente del “Guardián inútil”, pero cuya curiosidad intelectual pronto se transformó en una alianza inquebrantable hasta convertirse en mejores amigos. Lucas eligió el estudio obsesivo sobre el rencor. Cada comentario despectivo no era una piedra para su tumba, sino un escalón, frío y doloroso, en su ascenso casi solitario.
La Bifurcación de la Cúspide
La visión se volvió turbulenta, los fragmentos de memoria chocando como icebergs en un mar negro. Nyx, ya un joven marcado por la amargura, se encontraba al borde de un precipicio en un plano olvidado. Frente a él se alzaba una figura colosal envuelta en podredumbre y susurros: su predecesor en la Ruptura, un señor del caos Elemental de tierra, que era pura entropía consciente.
—¿Por qué luchar contra tu naturaleza? —roncó la entidad, y su voz era el sonido de la materia descomponiéndose—. Si el mundo te llama monstruo, conviértete en el monstruo que lo devore. Es la única verdad que aceptará.
Nyx, cuyo espíritu llevaba décadas agrietándose bajo el peso de ser “el inútil”, cedió. No con un grito, sino con un suspiro de agotamiento infinito. En ese instante cataclísmico, su magia de transformación cambió de objetivo. Dejó de buscar, de manera torpe y desesperada, crear belleza. Comenzó a buscar la corrección. Si la realidad era una farsa injusta, él la reescribiría. Al corromperse, no obtuvo un poder nuevo; simplemente, los diques de su humanidad se quebraron. El humano murió en silencio, y en su vacío, tras la caída de su antecesor, nació el Señor del Caos, Nyx.
En un violento contraste, Lucas aparecía en medio de un campo de batalla arrasado en los límites del Umbral. Su armadura estaba hecha jirones, su luz flaqueaba como una vela en un vendaval. Las sombras se cerraban sobre él. La tentación era dulce y poderosa: podía rendirse, podía dejar que el odio acumulado por su familia, por los detractores, por la incomprensión general, fermentara y lo transformara. Podía usar su comprensión de la luz, no para sostener, sino para incinerar. Pero entonces, en el ojo del huracán, en aquel combate que lo llevo al límite, recordó. No fueron palabras grandilocuentes, sino sensaciones: el toque cálido de la mano de su madre en su hombro, la alegría de su hermano mayor Alaric cuando se veían en la tierra una vez al mes (siendo este el único que lo trataba con respeto y como a una persona normal, pues no sabía y no se había relacionado con su nueva familia, el don o Limine desde que su madre se casó con su padrastro), la confianza silenciosa en los ojos de sus pocos amigos, las risas compartidas con Xena sobre un texto complicado con quien ahora compartía un vínculo profundo. Y sobre todo, una certeza: su magia no era para dominar.
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Editado: 06.06.2026